Capítulo 19—
Destiny Collin's
Lo primero que hice al salir del baño fue comprobar que Olivia seguía ahí, y en efecto ahí se encontraba. La niña estaba sentada en mi cama, con las piernas cruzadas y su muñeca favorita entre los brazos. Me observaba con esa expresión tan particular que tenían los niños cuando percibían que algo andaba mal, pero todavía no sabían cómo formular la pregunta sin meterse en problemas.
—¿Estás bien, Destiny?—empezó y mi corazón dio un pequeño salto.
—Perfectamente —respondí demasiado rápido.
Olivia ladeó la cabeza.
—¿Entonces por qué tienes esa cara?—cuestionó
—¿Qué cara?
—Esa—Señaló mi rostro con el dedo, como si estuviera identificando una mancha en una pared.
Me llevé una mano a las mejillas. ¿Qué se suponía que debía estar haciendo mi cara? ¿Sonreír? ¿Llorar? ¿Pedir una ambulancia para mi dignidad?
—Cariño, ven aquí un momento—me armé de valor, Olivia dejó la muñeca sobre la cama y se acercó. Me agaché frente a ella, sujetándola suavemente por los hombros.—Vamos a hacer un trato, ¿de acuerdo?—añadí de la manera más natural que pudo salirme aunque tuve que hacer un gran esfuerzo para eso, ya que debido al evento ocurrido con su padre yo estaba a un "bu" de desmayarme.
Sus ojos se iluminaron con interés.
—¿Un trato de secretos?
—Algo parecido. —Inspiré despacio, buscando la forma de explicárselo sin que aquella conversación terminara en una investigación infantil—. ¿Qué te parece si olvidamos que esto pasó? Por mi paz mental.
Olivia parpadeó.
—¿Olvidamos que te caíste en la piscina?
—Exactamente—contesté y ella arrugó el entrecejo.
—¿Pero cómo vas a olvidar que te caíste si yo me acuerdo?
Cerré los ojos durante un instante pidiendo paciencia. Aquella niña podía desarmar cualquier argumento con una sola pregunta.
—Bueno, tú puedes recordarlo en silencio. Muy, muy en silencio.
—¿Como cuando papá dice que no quiere comer más pastel, pero después se come otro pedazo?
Abrí los ojos.
—¿Tu padre hace eso?
—Sí. Margaret dice que no debería comer tantos dulces.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme. Lo último que necesitaba era pensar en Aiden Blackwood comiendo pastel, con esa expresión arrogante que parecía decirle al mundo que hasta los postres estaban bajo su control.
—Está bien, cariño. Entonces, ¿tenemos un trato?
Olivia me ofreció su manita.
—Tenemos un trato.
Se la estreché solemnemente.
—Gracias. Me acabas de salvar la vida.
—¿De verdad?
—Metafóricamente, mi princesa. Metafóricamente.
Ella pareció aceptar la explicación, aunque no estaba segura de que hubiera entendido algo más allá de que acababa de participar en una conspiración de adultos. Luego se llevó una mano al estómago.
—Tengo hambre.
Por supuesto. El mundo podía estar desmoronándose a mi alrededor, pero Olivia tenía prioridades. Y una de ellas era desayunar.
—Entonces tendremos que bajar—expresé con un nudo en el estómago al pensar en esa idea.
—¡Sí! ¡Quiero panqueques!
Su entusiasmo habría sido contagioso si mi cerebro no estuviera ocupado reproduciendo, una y otra vez, la imagen de Aiden dentro de la piscina.
Su mano apartando el mechón mojado de mi rostro, la mirada fija en la mía, aquella voz más grave de lo habitual cuando me preguntó si estaba bien. Y, sobre todo, la manera en que se había acercado.
No había llegado a besarme. Eso era importante. Muy importante.
Pero... Había un conflicto interno muy peligroso, era que yo habría querido que lo hiciera. Durante un instante, había querido olvidarme de que era mi jefe, de que vivía bajo su techo y de que cada decisión que tomara podía afectar a la niña que acababa de sellar un pacto conmigo.
Y luego había huido como si hubiera visto un fantasma.
Un fantasma de ojos grises, hombros anchos y una capacidad absolutamente indecente para hacerme olvidar mi propio nombre.
Me incorporé de golpe porque no podía pasar todo el día pensando en mi jefe y en su voz tan hipnotizante que me transportaba a otro planeta...
Y, desde luego, no iba a pensar en sus ojos.
Rayos, definitivamente estaba totalmente perdida.
—¿Destiny?—la voz de la niña le hizo aterrizar y la miré.
—¿Sí, cariño?
—¿Vamos?
—Claro. Vamos a desayunar.
Me repetí que podía hacerlo. Solo tenía que comportarme con normalidad, bajar las escaleras, sentarme a la mesa y comer algo. Sería fácil, después de todo, yo era una mujer adulta. Una que había escapado de una piscina porque casi besaba a su jefe.
Pero adulta al fin y al cabo.
Respiré hondo, tomé la mano de Olivia y salimos de la habitación.
Las escaleras de la mansión nunca me habían parecido tan largas.
Bajamos despacio, mientras Olivia me contaba una historia sobre una compañera de su clase que había llevado una mochila con orejas de conejo. Yo asentía en los momentos adecuados, aunque mi mente estaba demasiado ocupada preparándome para encontrarme con Aiden.
Me lo imaginé sentado a la cabecera de la mesa, con una taza de café en la mano y el periódico abierto frente a él. O quizá revisando su teléfono, como siempre, tal vez levantaría la mirada al verme y diría: Buenos días, señorita Collin's.
O peor aún: quizá no diría nada. No estaba preparada para ninguna de las opciones.
Al llegar al comedor, descubrí que la silla de Aiden estaba vacía.
Me detuve un instante.
La sensación que me recorrió fue tan contradictoria que preferí no analizarla. Una parte de mí sintió alivio; otra, una decepción tan pequeña como inoportuna. Perfecto. Ahora también estaba decepcionada porque el hombre que me había hecho huir de una piscina no estaba presente para hacerme huir de la mesa.
Mi cerebro necesitaba vacaciones.
—¿Dónde está papá? —preguntó Olivia.
Margaret se encontraba junto al aparador, colocando una fuente de panqueques sobre la mesa. El aroma a mantequilla y vainilla llenaba el comedor, mezclándose con el del café recién preparado. Había fruta cortada en pequeños recipientes de cristal, tostadas calientes y una jarra de jugo de naranja.