Capítulo 20—
Destiny Collin's
Si alguien me hubiera preguntado de qué trataba la película que llevaba casi una hora viendo con Olivia, mi respuesta habría sido sencilla.
No tenía la menor idea.
Había una princesa, de eso estaba segura. También había un castillo, una canción que Olivia parecía conocer de memoria y un dragón que, según ella, era mucho más simpático de lo que parecía. Sin embargo, yo llevaba tanto tiempo mirando la pantalla sin procesar absolutamente nada que habría podido aparecer un dinosaurio conduciendo un autobús y probablemente tampoco me habría sorprendido.
—¡Destiny! ¡Mira! ¡Ahora va a saltar!
Parpadeé y volví la cabeza hacia el televisor.
La princesa acababa de saltar desde una torre hacia un puente de piedra. Un segundo después, el dragón extendió las alas y la atrapó antes de que cayera al vacío.
—¡Guau! —exclamé, con un entusiasmo tan falso que hasta yo me habría abofeteado—. ¡Qué salto!
Olivia se volvió hacia mí lentamente.
Sus ojos se estrecharon.
—No estabas mirando.
—Sí estaba mirando.
—¿Entonces por qué no sabes qué pasó?—cuestionó cruzándose de brazos. Abrí la boca, la cerré y volví a abrir.
—Porque estaba… pensando en el significado profundo de la película—solté la mejor excusa que se me ocurrió para ese momento y Olivia me contempló con absoluta seriedad.
—La princesa quiere salvar a su familia—respondió a forma de regaño.
—Exactamente. —Asentí como si acabara de descubrir el secreto de la existencia—. Un tema muy profundo.
—Y el dragón está enamorado de una dragona.
Mi expresión se congeló.
—¿Qué?
—¡Sí! Mira, mira, ahí está la dragona—señaló y volví los ojos hacia la pantalla, donde un dragón rosa acababa de aparecer entre unos árboles.
Perfecto.
Hasta los dragones tenían una vida sentimental más organizada que la mía.
Olivia se acomodó contra mi costado y apoyó la cabeza en mi brazo. Su pequeño cuerpo desprendía ese olor dulce a champú infantil y galletas que ya comenzaba a asociar con la tranquilidad de la casa. Una de sus manos descansaba sobre mi rodilla mientras la otra sujetaba un puñado de palomitas.
Me quedé observándola.
Era tan fácil querer a aquella niña.
Tan fácil que daba miedo.
Desde que había llegado a la mansión, Olivia se había convertido en una parte importante de mis días. Sus preguntas interminables, sus ocurrencias, sus abrazos inesperados y sus pequeñas conspiraciones habían terminado ocupando un espacio en mi corazón que yo ni siquiera sabía que estaba disponible.
Y ahora estaba pensando en irme.
Apenas unas horas antes, Margaret me había dicho que debía marcharme antes de que alguien saliera lastimado. Después, Aiden se había ido de la casa con la excusa de resolver algo importante. Y yo había pasado el resto del día intentando convencerme de que lo ocurrido en la piscina no significaba nada.
Pero si no significaba nada, ¿por qué me dolía tanto?
¿Por qué seguía recordando el instante en que Aiden se había acercado a mí?
¿Por qué me había resultado tan difícil imaginarme sentada a la mesa sin él?
Y, sobre todo, ¿por qué una parte de mí sentía que estaba perdiendo algo que ni siquiera había llegado a tener?
Me froté las sienes.
Aquello era ridículo.
No podía enamorarme de mi jefe. Ni siquiera sabía si me gustaba de verdad o si simplemente estaba confundiendo la cercanía, la convivencia y aquellos momentos inesperados con algo más profundo.
Aiden era un hombre complicado, reservado y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida. Yo era una mujer que había terminado dentro de una piscina por no saber caminar con dignidad frente a él.
No éramos precisamente una combinación prometedora.
—Destiny.
La vocecita de Olivia me devolvió al presente.
—¿Sí, cariño?
—¿Estás triste?
La pregunta me golpeó con más fuerza de la que esperaba. Miré sus ojos grandes, atentos, demasiado perspicaces para una niña de su edad.
—No, mi princesa. Solo estoy un poquito cansada.
Olivia pareció considerar mi respuesta. Después me ofreció una palomita.
—Toma. Esto te va a ayudar—extendió con una sonrisa y yo la acepté dedicándole un gesto amable.
—Gracias. Es justo la medicina que necesitaba.
—Papá dice que las palomitas no son medicina—respondió ella en sin dejar de mirar la pantalla mientras las figuras seguían moviéndose.
—Tu papá no sabe de lo que habla—añadí y Olivia soltó una risita. Yo también intenté hacerlo.
Pero la verdad era que no podía concentrarme en nada.
La tarde avanzó lentamente.
Cuando la película terminó, Olivia quiso ver otra. Después cambió de opinión y decidió que prefería dibujar. Me pidió que le ayudara a pintar un castillo, luego quiso enseñarme una colección de muñecas que tenía en su habitación y, finalmente, se sentó en la alfombra a organizar sus juguetes por colores.
Yo la acompañé en cada actividad, sonreí cuando correspondía y celebré sus pequeños logros con el entusiasmo que merecía.
Sin embargo, mi mente permanecía en otro lugar.
A ratos pensaba en las palabras de Margaret. En otros momentos recordaba la expresión de Aiden cuando me había mirado en la piscina. Después me preguntaba si él también estaría pensando en lo ocurrido o si habría conseguido olvidarlo mientras resolvía sus asuntos.
Lo peor era que no podía preguntárselo. Ni siquiera sabía cómo mirarlo a los ojos sin recordar lo cerca que habían estado sus labios de los míos.
Cuando el sol comenzó a descender, tiñendo de naranja los ventanales de la mansión, Olivia guardó sus lápices y se levantó de un salto.
—¡Vamos a pasear!
—¿Por dónde?
—Por la casa—respondió ella con naturalidad.
Miré alrededor.
Vivíamos en una mansión con suficientes habitaciones para que una persona pudiera desaparecer durante tres días y nadie notara su ausencia.