La niñera del Ceo

Lo que no puedo perder

Capítulo 21—

Aiden Blackwood

—Señor Blackwood, renuncio.

Cuatro palabras.

Solo cuatro palabras habían bastado para dejarme completamente inmóvil.

La observé desde el otro lado del escritorio, intentando comprender lo que acababa de escuchar. Destiny tenía los ojos brillantes y las manos entrelazadas frente a su cuerpo. Su voz había temblado ligeramente al pronunciar aquellas palabras, pero su expresión dejaba claro que había tomado una decisión.

Una decisión que yo no estaba preparado para aceptar.

—¿Qué?… —conseguí decir.

Ella negó con la cabeza antes de que pudiera continuar.

—Quiero mucho a Olivia. Es una niña maravillosa y he sido muy feliz desde que llegué a esta casa. Pero creo que lo mejor es que me marche antes de que las cosas se compliquen todavía más—Bajó la mirada durante un instante. Cuando volvió a mirarme, una lágrima ya recorría su mejilla.—Mañana a primera hora me iré.

Sentí una presión desagradable en el pecho.

No podía ser tan sencillo. No podía limitarse a pronunciar aquellas palabras y marcharse de mi vida como si su presencia no hubiera alterado cada rincón de mi casa, como si no hubiera conseguido que volviera a reír en momentos en los que creía haber olvidado cómo hacerlo.

Quise detenerla. Decirle que no tenía que irse, que podíamos hablar, que lo ocurrido en la piscina no significaba que debiéramos renunciar a todo lo demás.

Pero las palabras no llegaron.

Destiny se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se dirigió hacia la puerta.

—Voy a empezar a empacar mis cosas.

La vi alejarse sin encontrar la manera de detenerla. Cuando llegó al umbral, giró ligeramente el rostro, como si esperara que yo dijera algo.

Cualquier cosa.

Abrí la boca.

—Destiny…

Ella se detuvo y yo me quedé en silencio.

No porque no tuviera nada que decir, sino porque tenía demasiado. Porque, por primera vez en años, no sabía cómo ordenar mis pensamientos ni qué hacer con aquello que sentía. Finalmente, ella bajó la mirada y salió del despacho, la puerta se cerró con un sonido discreto y me quedé solo.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí de pie observando esa puerta, los minutos pasaban, pero yo seguía viendo la expresión de Destiny cuando me dijo que se marcharía. Recordaba la manera en que había intentado mantenerse firme, cómo sus labios habían temblado y cómo se había secado las lágrimas antes de abandonar la habitación.

Me irritaba no haber sido capaz de decir nada.

Yo, que podía enfrentarme a una junta de accionistas sin pestañear, negociar acuerdos millonarios y tomar decisiones difíciles sin permitir que las emociones interfirieran, había sido incapaz de pronunciar una frase cuando una mujer me anunció que iba a marcharse.

Una mujer que, en teoría, no debería significar tanto para mí. Ladee la cabeza porque necesitaba salir de aquel despacho. Necesitaba dejar de mirar el lugar donde ella había estado de pie, porque cada vez que lo hacía volvía a escuchar su voz.

Me voy mañana.

Atravesé el pasillo sin un destino claro, hasta que mis pasos me llevaron frente a una puerta que llevaba demasiado tiempo evitando.

La biblioteca.

Me detuve frente a ella.

Durante unos segundos, contemplé el pomo sin tocarlo. Había evitado ese lugar por años, no recordaba la última vez que entré, quizás fue para nuestro aniversario número 6, pero aquel sitio se transformó en un lugar que todos sabían que era prohibido, por esa razón mis órdenes hacia Margaret siempre fueron claras: "mantén limpio y ordenado, pero no permitas que nadie más entre aquí.

La biblioteca era una regla inquebrantable no porque fuera una habitación prohibida por capricho, sino porque aquel lugar guardaba los recuerdos más dolorosos de mi vida.

Los recuerdos de Anne.

Mi esposa.

La mujer a la que había amado con una intensidad que jamás imaginé posible y cuya ausencia había cambiado para siempre la manera en que veía el mundo.

Respiré profundamente y abrí la puerta.

El olor a papel antiguo y madera me recibió de inmediato. La luz de las lámparas iluminaba las estanterías repletas de libros, algunos perfectamente ordenados y otros todavía abiertos sobre las pequeñas mesas donde Anne solía sentarse a leer.

Todo permanecía casi igual. Había conservado aquel lugar como si mantenerlo intacto pudiera preservar también una parte de ella.

Caminé lentamente entre los estantes.

Mis dedos rozaron los lomos de varios libros hasta detenerse sobre una novela de cubierta azul. La reconocí al instante.

Era una de sus favoritas.

Recordé la primera vez que la vi leyéndola. Estaba sentada junto a la ventana, con las piernas recogidas sobre el sillón y una taza de café olvidada sobre la mesita. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y una expresión de absoluta concentración.

Me acerqué para preguntarle qué leía.

Ella levantó la vista, sonrió y me respondió que era una historia sobre un hombre que tenía todo lo que deseaba, excepto aquello que realmente necesitaba.

Yo había soltado una risa.

—Parece una historia bastante deprimente.

Anne había cerrado el libro sobre su dedo para no perder la página.

—Quizá solo necesitas aprender a leer entre líneas, Aiden.

Después me había sonreído de aquella manera suya, con los ojos brillantes y una calidez que parecía iluminar hasta los rincones más oscuros de una habitación.

No sé cuánto tiempo me quedé mirándola aquella tarde.

Probablemente demasiado.

Pero así era Anne. Tenía la capacidad de hacerme olvidar cualquier preocupación con una sonrisa, de transformar un día agotador en algo que merecía la pena recordar.

Su risa era sonora, espontánea. Llenaba los espacios sin esfuerzo y siempre aparecía cuando menos la esperaba. Podía burlarse de mis hábitos de trabajo, de mi obsesión con la puntualidad o de mi incapacidad para disfrutar de una tarde sin revisar el teléfono.




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