Capítulo 23—
Aiden Blackwood
Había negociado contratos millonarios con hombres que habrían vendido su propia alma por una oportunidad de trabajar conmigo. Había despedido ejecutivos que creían indispensable su presencia en mi empresa y había tomado decisiones capaces de alterar el rumbo de Blackwood Technologies en cuestión de minutos.
Sin embargo, allí estaba yo, de pie frente a Destiny Collins, esperando una respuesta que parecía tener más poder sobre mis nervios que cualquiera de aquellas situaciones.
—Por favor, Destiny —insistió Olivia, aferrándose a su mano—. ¡Solo serán dos días! Podemos hacer castillos de arena, recoger conchas y ver las estrellas. ¡Hasta podemos desayunar panqueques!
Miré a mi hija.
Tenía que reconocerlo: si algún día decidía dedicarse a la negociación, tendría un futuro prometedor. Aunque, considerando que su estrategia consistía en poner aquellos ojos enormes y suplicantes, probablemente terminaría dirigiendo el mundo antes de cumplir los veinte años.
Destiny bajó la mirada hacia ella.
—Olivia…
—Por favor—rogó la pequeña y juntó las manos frente al pecho.
Tuve que contener una sonrisa.
Mi plan había comenzado mucho antes de llegar a aquella cabaña. De hecho, la decisión de pasar dos días allí estaba tomada desde el instante en que Destiny había aceptado acompañarnos a la playa. Había puesto manos a la obra para rentar la cabaña por los dos días, en realidad sabía que estaba cruzando una raya que no debía, pero necesitaba arriesgarme si quería estar en un lugar donde pudiéramos hablar sin que nadie nos pudiera interrumpir, y precisamente me refería a mí, no quería que una llamada inoportuna del trabajo lo arruinara todo, y a decir verdad no se lo había contado porque necesitaba que aceptara primero la invitación. Si le hubiera explicado desde el principio que pasaríamos dos noches bajo el mismo techo, probablemente habría encontrado una excusa para quedarse en Nueva York.
Y no podía culparla.
Después de lo ocurrido entre nosotros en la piscina, yo tampoco tenía muy claro cómo comportarme cuando estaba cerca de ella.
Pero necesitaba tiempo y ese lugar era perfecto para entender que estaba ocurriendo entre nosotros, yo quería descubrir si lo que sentía era una atracción pasajera o algo que merecía la pena explorar. Y, sobre todo, necesitaba averiguar si ella sentía algo parecido.
Destiny soltó un suspiro tan largo que por un momento pensé que estaba a punto de rechazar la propuesta.
—Está bien —cedió finalmente—. Nos quedaremos los dos días.
Olivia lanzó un grito de alegría y se abrazó a su cintura.
—¡Sí! ¡Sabía que dirías que sí!
La satisfacción que me recorrió fue tan inmediata que tuve que apretar los labios para evitar una sonrisa demasiado evidente.
Afortunadamente, mi hija estaba demasiado ocupada celebrando su victoria para advertirlo. Destiny, en cambio, levantó la mirada y me encontró observándola, intenté adoptar una expresión neutral, pero no estaba seguro de haberlo conseguido.
—Me alegra que hayas aceptado —le dije.
—Sí —respondió ella.
Solo eso.
Una palabra y una expresión que no se parecía en absoluto a la alegría que yo esperaba encontrar en su rostro.
Miró la cabaña, después el equipaje y finalmente volvió a dirigirse a mí.
—¿Podría saber dónde voy a dormir?
Ahí estaba. La pregunta que, por alguna razón, me hizo sentir como un adolescente que acababa de invitar a una chica a salir por primera vez.
—Por supuesto. Vengan conmigo.
Tomé una de las maletas y abrí la puerta.
La cabaña tenía dos plantas, paredes de madera clara y amplios ventanales que permitían contemplar la vegetación que la rodeaba. El aire olía a madera, sal y a esa frescura particular de los lugares alejados del tráfico y el ruido de la ciudad. La sala estaba amueblada con un sofá color crema, dos sillones y una chimenea de piedra. En una esquina había una pequeña estantería con libros, mientras que la cocina, abierta hacia el comedor, contaba con una mesa de madera para cuatro personas.
No era una mansión, pero sí un lugar cómodo, privado y suficientemente apartado para que nadie viniera a interrumpirnos.
Exactamente lo que necesitaba.
—¡Es preciosa! —exclamó Olivia, entrando detrás de mí.
La guié por las escaleras hasta la primera habitación. Era pequeña, pero acogedora. Tenía una cama individual con un edredón blanco, una cómoda y una ventana desde la que se alcanzaba a ver parte del jardín.
Olivia corrió hacia la cama y se dejó caer sobre ella.
—¡Esta es mía!
—Me alegra que te guste —respondí.
—¿Y Destiny dónde va a dormir?—preguntó con esa curiosidad que amaba observar porque cada vez me daba cuenta que mi hija poco a poco crecía más.
Señalé la habitación contigua.
—Allí.
La habitación de Destiny era un poco más amplia. Tenía una cama doble, una mesita de noche, un armario y una ventana orientada hacia los árboles. Las cortinas blancas se movían suavemente con la brisa que entraba por la rendija abierta.
Destiny se quedó en el umbral, observando el lugar con atención.
—Están bastante cerca —comentó Olivia, asomándose detrás de ella—. ¡Podré ir a verla cuando me despierte!
—Siempre que no decidas despertarla a las cinco de la mañana —dije.
Mi hija me miró con una inocencia que no me convenció en absoluto.
—Yo nunca hago eso—soltó con dramatismo. Destiny giró lentamente la cabeza hacia ella.
—Olivia, esta mañana saltaste sobre mi cama—se quejó con una ceja levantada.
—Pero eso fue porque teníamos que venir a la playa—se excusó y por un instante tuve que aclararme la garganta para que no se me escapara una risa indiscreta.
—Ah, claro. Una emergencia nacional—correspondió. Esta vez si no pude evitar reírme por lo bajo. Destiny me lanzó una mirada fugaz antes de volver a concentrarse en la niña.