Isabella.
—¡Konrad! ¿Qué demonios estas haciendo en mi cama, en la habitación que según tú y yo compartimos? —grité con el alma rota y la voz temblando de rabia.
Los dos se sobresaltaron. Él se incorporó de golpe, intentando cubrirse, mientras que la chica, con una descarada mueca de fastidio, se cruzó de brazos sobre las sábanas y me miró con desprecio.
—Ay, por favor, no hagas drama —escupió ella con burla—. Eres una insípida, una aburrida que ni siquiera lo complace. ¡Solo te la pasas trabajando metida en ese maldito escritorio de la editorial y en tus historias de novela web que a nadie le importan!
—¡Cállate! ¡Lárgate de mi vista, maldita cínica! —le grité, sintiendo que el aire me faltaba.
Esperaba que él sintiera vergüenza, que al menos intentara disculparse, pero en lugar de eso, el hombre al que le había entregado dos años de mi vida se acomodó la cobija con total frialdad y me soltó el golpe final:
—La que se tiene que ir de aquí eres tú, Isabella. Este apartamento lo he estado pagando los últimos meses. Ya me aburriste, te he amado, pero siento que ya no puedo estar más contigo. Así que vete.
Lo miré con asco, una mezcla de repulsión y furia absoluta recorriendo mis venas.
—Eres un asco de persona… ¡Quédate con ella! Y tú, te lo regalo —espetó con desprecio, mirándolo de arriba abajo—. Aunque, viéndolo bien, eso que tienes ahí no debe medir ni el tamaño de mi dedo meñique. ¡Maldito estúpido! ¿Cómo fuiste capaz de hacerme esto?
—¡Qué demonios me dices Isabelle!
Salí de allí a toda prisa azotando la puerta. Apenas puse un pie en la calle, unas náuseas terribles me revolvieron el estómago y un dolor de cabeza punzante, insoportable, me estalló en las sienes. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había terminado en esta humillación tan vil ? Mi cabeza empezó a doler con más fuerza. Tomé un taxi y pedí que me llevara a la antigua mansión de mi padre, esa modesta casa que nos había quedado como único refugio después de que su gran imperio textil quebrara y lo perdiera todo.
—Sapo horrendo, ustedes son los insípidos— hable para mi misma.
Entré en silencio y me encerré en mi habitación. Lloré un poco, pero no por él; lloré de rabia contra mí misma por ser tan estúpida, por haber confiado ciegamente en una supuesta compañera leal y por creer que tenía al lado a un hombre que me amaba y me esperaba. Fui una tonta, una ilusa absoluta, me limpie las lágrimas y me dije a mi misma qué fue lo mejor, casi no estábamos en buenos términos.
A la mañana siguiente, mi madre apareció en la puerta de la habitación y me preguntó si no iría al literato y por la noche invitara a mi novio. No pude ni quise responderle; solo alcancé a murmurar que estaba ocupada con el trabajo y salí corriendo hacia el literato.
Ni siquiera había terminado de marcar mi hora de entrada en el reloj digital cuando el director me llamó de inmediato a su oficina. Al entrar, vi que no solo estaba él; también estaban presentes la empresaria y varias de las escritoras más importantes de la casa.
Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, el jefe me lanzó un fajo de papeles directamente a la cara.
—¿Qué es esto, Isabella? —bramó furioso—. ¿Cómo fuiste capaz de hacer semejante robo?
Me quedé estupefacta, con la boca abierta, sin poder creer lo que mis oídos estaban escuchando.
—¿De qué habla? Yo no he hecho nada… — me defendí.
—¡No mientas! —me interrumpió a los gritos, arrojando más documentos sobre el escritorio—. ¡Aquí está la prueba! Hay un cheque con tu nombre, un dinero destinado a los autores por los libros que tenías que entregar y que jamás llegaron a la imprenta. ¡Te robaste el dinero para darte la gran vida, comprarte tus cosas y pagar las deudas de la quiebra de tu padre!
—¡Estás totalmente equivocado, señor! ¡Eso es una mentira absurda! —grité fuera de mí, apretando los puños con rabia e indignación—. Yo jamás tocaría un centavo ajeno.
—¡No estoy equivocado! —replicó con desprecio—. Eres una maldita ladrona. Incluso le diste varios cheques firmados por ti a tu cómplice osea a tu novio, porque todas llevan tu rúbrica. Con razón el tipo renunció ayer. Te vas a ir a la cárcel a pagar por tus robos y por echar a la borda cinco años de empeño en esta editorial.
No podía creer todo lo qué estaba escuchando.
—¡Usted está loco! ¡Yo no voy a ir a la cárcel por algo que no hice! —le contesté temblando de la impotencia —Jamás yo hice eso, donde está el maldito de Konrad él debe darle la cara.
—¿Loco? No, la que está loca si creía que iba a salir impune eres tú —escupió con odio—. A partir de ahora estás despedida. Jamás volverás a trabajar en la industria, me encargaré personalmente de que tu nombre quede borrado y vetado de cualquier libro en edición. ¡Lárgate de mi vista ahora mismo! Di gracias a Dios qué no te vamos mandar a prisión, sin embargo tu liquidación quedará para pagar a los afectados.
Negué sin poder creerlo.
—Señor Antonio, usted no puede hacerme esto sin investigar a fondo.
—Que más investigación si hiciste el gran robo de tu vida, ahora buscas culpables dónde no las hay — mencionó una de las empresarias ejecutivas.
Las escritoras me miraron con asco y decepción, negando con la cabeza mientras recogían sus cosas. Me echaron de la peor manera posible, pisoteando mi honor, mi dignidad y mis años de esfuerzo.
Salí a la calle con las lágrimas desbordándose por mis mejillas. Tomé un Uber y le pedí que me llevara directamente a la dirección que le di. Y es al apartamento de ese maldito. Necesitaba una explicación, necesitaba entender qué clase de monstruo me había destruido la vida. Pero al llegar, me encontré con que él ya se había marchado sin dejar rastro. Quien abrió la puerta fue la maldita de Claudia.
—¿Qué haces aquí? —me dijo con una sonrisa cínica, recostada del marco de la puerta
—No te vengo a buscar a ti. Donde demonios esta Konrad.—quise saber entrando al sucio apartamento.