Martha le clavó la última horquilla en el tocado de plumas tan cerca del cuero cabelludo que a Lyra se le aguaron los ojos y se agarró del borde del tocador para no soltarle un manotazo.
—Quieta, señorita, que si se mueve se le cae todo. —La sirvienta le bajó la máscara de encaje plateado sobre la cara, le ajustó el borde hasta que le cubrió la frente, los pómulos y la nariz, y le escondió el último mechón castaño debajo de las plumas—. Ya está. No la reconoce nadie.
La puerta se abrió sin que nadie tocara. Vivienne entró con un vestido gris perla cerrado hasta el cuello, el pelo rubio recogido en un moño tan apretado que le estiraba las sienes y los labios pintados de rojo, y Martha soltó el peine y bajó la cabeza. Vivienne rodeó la silla despacio, mirando a Lyra en el espejo de arriba abajo, del tocado a los zapatos.
—Muy bonita. Tu padre estaría orgulloso de ver a su heredera tan arreglada.
—Gracias, Vivienne. —Lyra apretó las manos sobre la falda, debajo del tocador, donde Vivienne no podía verlas, mi padre te pidió que me cuidaras, no que me pusieras correa.
—Recuérdalo bien, la manada no puede permitirse que la hija de Edmund haga el ridículo delante de todo el norte. —Vivienne le puso las dos manos en los hombros, y Lyra sintió las uñas a través de la seda—. Así que Martha va contigo.
—¿También va a bailar por mí?
—Va a mirar. Para bailar te basta con no avergonzar el apellido de tu padre. —Vivienne le apretó los hombros una vez más—. Y no te quites la máscara delante de nadie, que, si alguien te ve la cara, la vergüenza es para la casa Ashford.
Salió dejando la puerta abierta. Lyra se quedó mirando a Martha por el espejo, y la sirvienta se puso a recoger horquillas con las orejas coloradas y sin levantar los ojos, una noche, Lyra, aguanta una noche más, por él.
El baile de la luna llena era la fiesta del año. Todas las manadas del norte se reunían en el mismo salón, y cada quien llegaba con su vestido más ostentoso, aunque el resto del año tuviera que apretarse el cinturón para pagarlo. Las máscaras habían nacido por eso: la gente usaba la fiesta para aparentar, y con la cara tapada nadie sabía quién era quién ni importaba el rango o la manada de cada uno. Esa noche una omega podía bailar con un Beta sin que nadie la mirara mal, y todo el mundo sacaba sus mejores garras.
Lyra llevaba media hora con la misma copa en la mano y Martha pegada al codo, cuando pasó un mesero con una bandeja de rollitos de salmón y la sirvienta giró la cabeza detrás de la bandeja. Lyra dejó la copa en la primera mesa que encontró y se metió entre la gente, tanta vigilancia y se rinde por un rollito de salmón.
Le hormigueaba la nuca desde el atardecer, y ahora le ardía la piel debajo del vestido azul, aunque por los ventanales abiertos entraba el aire frío de la noche. Se frotó el cuello sin dejar de caminar hacia la puerta del jardín, ya cálmate, Nyx, que esto es una fiesta, no una cacería.
Se estrelló de frente contra un pecho duro. La copa de otro invitado se le volteó encima, y una mano grande la atrapó en el aire antes de que el vino le cayera en el escote.
Lyra tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Era el hombre más alto del salón, llevaba un traje negro sin corbata con la camisa abierta en el cuello y una máscara de cuero negro que le tapaba la cara desde la frente hasta el labio superior, y por los agujeros la miraban unos ojos grises que la recorrieron entera, despacio, de las plumas a los zapatos. Dos lobos jóvenes que estaban a su lado dieron un paso atrás sin que él dijera nada, y una loba de vestido rojo se quedó con la frase a medias y la copa a medio camino de la boca.
A Lyra se le aflojaron las rodillas. Algo le tiró del pecho hacia ese hombre con tanta fuerza que tuvo que apoyarle la mano en la camisa para no irse de bruces, y la voz de Nyx le estalló dentro de la cabeza. Él, es, nuestro. No lo sueltes.
—¿Siempre te le tiras encima a los desconocidos o yo tuve suerte? —Él le dio la copa que había salvado y no le soltó los dedos.
—Solo a los que se me atraviesan. —Lyra le arrancó la copa y la mano de un tirón, aunque el olor de ese hombre, a pino mojado y a cuero caliente, se le metió por la nariz y le revolvió el estómago, genial, la primera vez que me escapo en meses y me estrello contra el único tipo del salón que huele a problema.
—¿Cómo te llamas?
—¿No conoces la regla o te gusta romperla?
—Me gusta saber a quién tengo enfrente. —Él bajó la cabeza hasta quedar a un palmo de su máscara, y Lyra vio cómo se le abrían las aletas de la nariz, oliéndola sin ningún disimulo.
—Pues te quedas con las ganas. Esta noche nadie tiene nombre.
—Entonces baila conmigo sin nombre.
Le quitó la copa, la dejó en la bandeja de un mesero y le cerró la mano en la cintura. Lyra abrió la boca para decirle que no, y los pies se le fueron detrás de él hasta la pista.
Bailaron la primera pieza sin hablar. En la segunda vuelta, por encima del hombro de él, Lyra vio a Martha junto a la columna del fondo con un rollito de salmón a medio comer en la mano y los ojos clavados en ellos, vio cómo la sirvienta se fijaba en la mano del hombre en su espalda, en su altura y en el anillo de plata que llevaba en el dedo, moviendo los labios como si se lo estuviera aprendiendo de memoria. A Lyra se le apretó el estómago, y en vez de soltarse se pegó más a él, que mire, total, a Vivienne se lo va a contar igual.
—¿De quién te estabas escapando? —le preguntó él al oído, y el aliento le erizó la piel del cuello.
—De esa sirvienta de la columna, la que no nos quita los ojos de encima. Mi madrastra me la pega como una garrapata. —Lyra soltó una risa corta por la nariz, qué romántico, Lyra, háblale de tu familia al primer hombre que te gusta en años—. Desde que mi padre murió, cree que si me pierde de vista me voy a robar la platería.
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Editado: 14.10.2026