Lyra se quedó en la puerta con los zapatos colgando de la mano y el aire frío de la madrugada metiéndosele por la espalda, por donde el vestido seguía mal atado. Cerró la puerta con el talón y caminó hasta la mesa del fondo como si volviera de un paseo por el jardín.
—Interesante no sé, Vivienne. Me aburrí tanto que me quedé dormida en un banco.
—¿En un banco? —Vivienne dejó la taza en el platillo sin hacer ruido—. Martha, cuéntale a la señorita lo que me contaste a mí.
Martha se retorció el delantal y habló mirando las baldosas. —La señorita bailó dos piezas con un caballero muy alto, señora. Llevaba una máscara de cuero negro y un anillo de plata con sello, y los demás lobos se le apartaban sin que él dijera nada. —Tragó saliva—. Después salieron juntos al jardín.
A Lyra le subió el calor a la cara, tanto salmón y todavía le quedó cabeza para memorizar anillos.
—Te faltó decir de qué color tenía los zapatos, Martha.
Vivienne se levantó, rodeó la mesa y se le acercó tanto que Lyra sintió el perfume de rosas metérsele en la garganta. Le vio las aletas de la nariz moverse despacio, del cuello al escote, y se le encogió el estómago como cuando la regañaban de niña, porque a una loba le bastaba respirar cerca de otra para saber con quién había dormido.
—Hueles a pino mojado. Y a macho. —Vivienne sonrió sin enseñar los dientes—. Qué banco tan concurrido.
—¿Me vas a castigar, Vivienne?
—¿Castigarte? Era un baile, querida, para eso son. —Le acomodó un mechón enredado detrás de la oreja con la punta de los dedos—. ¿Sabes quién era?
—No. Llevaba máscara, como todos. Como manda la regla que tú misma me recordaste.
—Qué lástima. Ve a bañarte, que la hija de Edmund no puede andar por la casa oliendo a perro callejero.
Lyra subió la escalera con la piel de los brazos erizada. En el rellano se detuvo a sacarse una horquilla que se le clavaba en la nuca, y por el hueco de la escalera le llegó la voz de Vivienne, baja y tranquila.
—Averigua quién es, Martha.
—Sí, señora.
Lyra apretó la horquilla hasta que la punta se le clavó en la palma, no me grita, no me castiga y quiere saber su nombre, prefiero mil veces una bofetada.
El agua de la tina salió tan caliente que le dejó la piel roja, y el olor de él seguía pegado a ella igual. Lyra se secó delante del espejo y se apartó el pelo del cuello para mirarse el lado izquierdo. No había marca, solo la piel limpia donde él había rozado los dientes y se había echado atrás, y se tocó ese punto con dos dedos sin saber si le daba alivio o rabia.
Debió marcarnos. La voz de Nyx le sonó dentro de la cabeza, seca y resentida, como llevaba sonando desde el amanecer. Lo dejaste ir.
Ni siquiera sé cómo se llama, Nyx.
Yo sé cómo huele. Con eso basta.
Lyra se asomó a la ventana y miró el bosque que separaba la casa de la carretera del norte. Faltaba un mes para la siguiente luna llena, y ya sabía que iba a ir a ese pabellón aunque tuviera que saltar desde el segundo piso con el vestido entre los dientes.
Los días se le fueron entre las tareas de la casa y Martha pegada al codo, hasta que tres semanas después se despertó en mitad de la noche con un calor extraño en el vientre, como si tuviera una mano tibia apoyada ahí, y con una calma que no era suya bajándole por todo el cuerpo.
Cachorros. La voz de Nyx salió baja, casi tierna, y a Lyra se le heló la sangre. Llevamos cachorros.
No. No, no, no. Se sentó de golpe en la cama y se puso las dos manos sobre el vientre plano, con la respiración atascada en la garganta. ¿Estás segura, Nyx?
Los puedo sentir.
Lyra se quedó sentada en la oscuridad hasta que dejaron de temblarle las piernas, sacando cuentas con los dedos. Un embarazo de loba duraba tres o cuatro meses, en unas semanas se le iba a notar la barriga, y en esa casa todos tenían nariz, empezando por Vivienne, la heredera de Edmund preñada de un desconocido sin nombre después de un baile, me va a exhibir delante de toda la manada y mi padre va a quedar como el que crió a una cualquiera. Antes de que amaneciera metió dos mudas de ropa, las joyas de su madre y todo el dinero que tenía en una mochila vieja, y la escondió debajo de la cama. Si aguantaba hasta la luna llena, él estaría esperándola en el pabellón, y ella ya no tendría que volver a esa casa.
Faltaban tres noches para la luna llena cuando el olor de los huevos fritos la hizo salir corriendo del comedor con la mano en la boca.
Llegó al baño de servicio con el tiempo justo. Vomitó hasta que le dolieron las costillas, agarrada al borde del lavamanos, y cuando sintió que alguien le recogía el pelo detrás de la nuca, se le paró el corazón.
—Respire, señorita, despacio. —Martha le sostenía el pelo con una mano y con la otra le pasaba un trapo húmedo por la frente.
—Suéltame, Martha, ya estoy bien. —Lyra se enjuagó la boca con agua del grifo y trató de enderezarse, con las piernas flojas y el miedo subiéndole por la garganta más rápido que el vómito—. Algo de la cena me cayó mal.
—Usted anoche no cenó, señorita.
En el espejo, Lyra vio que Martha tenía la nariz casi pegada a su pelo y que las aletas se le movían rápido, como a un perro que encuentra un rastro. La cara de la sirvienta se había puesto blanca.
—¿Qué tanto me hueles? —Lyra se dio la vuelta y le arrancó el trapo de las manos, no te pongas nerviosa, idiota, que los nervios también huelen—. ¿Tan mal huele el vómito?
—Nada, señorita. —Martha le soltó el pelo de golpe y se secó las manos en el delantal—. Le traigo un té de jengibre.
Salió antes de que Lyra pudiera contestarle. A Lyra se le erizó la piel de la nuca y le subió por la garganta un gruñido bajo que no pudo contener, y la voz de Nyx le sonó dentro de la cabeza.
Lo sabe.
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Editado: 14.10.2026