Martha se quedó en el invernadero esperando a que la señora terminara de quitarse los guantes, y Vivienne, en vez de despedirla, abrió el cajón de la mesa de las macetas y sacó un frasquito de vidrio oscuro con un tapón de corcho.
—¿Le prometiste un té de jengibre?
—Sí, señora.
—Ponle esto. Tres gotas, ni una más, que no quiero que pierda a los cachorros. —Vivienne le puso el frasco en la palma de la mano y le cerró los dedos encima—. Con miel, para que no le note el amargo.
Martha bajó los ojos a la etiqueta escrita a mano. Era matalobos, y le tembló la mano al guardárselo en el bolsillo del delantal.
Lyra estaba sentada en el suelo de su cuarto con la mochila abierta entre las rodillas, contando por tercera vez las monedas, cuando oyó pasos en el pasillo. Empujó la mochila debajo de la cama con el pie y se subió al colchón justo antes de que se abriera la puerta.
Martha entró con una taza de porcelana de borde dorado y la dejó en la mesita de noche sin mirarla a la cara.
—¿Lo preparaste tú, Martha?
—Sí, señorita. Con miel, como le gusta.
—¿Y por qué no me miras?
—Porque tengo mucho trabajo abajo. —Martha se secó las manos en el delantal y caminó hacia la puerta—. Tómeselo caliente, que así asienta mejor.
Lyra esperó a que saliera para acercarse la taza a la nariz. Olía a jengibre y a miel, nada más, y las náuseas le volvieron a subir por la garganta, así que se lo tomó en tres tragos largos, si me lo tomo me aguanta el estómago hasta la noche, y esta noche me largo. Dejó la taza en el platillo, y en ese momento sonó el clic de la llave en la cerradura.
Se tiró de la cama y corrió a la puerta. Giró la manija una vez, dos veces, y le dio con el hombro hasta que le dolió.
—¡Martha! ¡Abre la puerta, Martha!
Nadie contestó. Las piernas se le aflojaron de golpe, como cuando una se levanta muy rápido después de pasar el día en cama, y tuvo que agarrarse del marco para no caerse. Debajo de la miel, la lengua le supo amarga, y el calor que llevaba semanas sintiendo en el vientre se le enfrió de repente.
Nyx. Nyx, ¿estás ahí?
La voz de Nyx le llegó débil, como si le hablara desde el fondo de un pozo. Matalobos. Nos dio matalobos.
Lyra se escurrió hasta el suelo con la espalda contra la puerta y se tapó la boca con las dos manos para no gritar, estúpida, te tomaste el té de la mujer que te vigila y encima le agradeciste la miel.
Vivienne abrió la puerta al anochecer. Llevaba un vestido negro de cuello alto y el pelo rubio suelto sobre los hombros, y detrás venían dos guerreros de la manada que se quedaron en el umbral con los brazos cruzados. Ninguno de los dos miró a Lyra, que seguía en el suelo junto a la cama porque no había tenido fuerzas para subirse, y Martha se quedó atrás, en el pasillo, con la cabeza gacha.
—Levántate, querida, que pareces un perro apaleado.
—¿Qué me echaste en el té, Vivienne?
—Lo justo para que no se te ocurra transformarte y saltar por la ventana. —Vivienne se agachó, metió la mano debajo de la cama y sacó la mochila, y la vació sin prisa sobre el colchón—. Dos mudas de ropa, el dinero de tu mesada y las joyas de tu madre. ¿Pensabas irte con tan poco? No te alcanzaba ni para una semana.
—Esas joyas son mías.
—Tu madre ya no las necesita, y tú tampoco, porque no vas a ir a ningún lado. —Vivienne le pasó la mochila a uno de los guerreros. Después se quedó mirando el vientre de Lyra, y le vio mover despacio las aletas de la nariz—. ¿De quién es?
—De nadie.
—Los cachorros no se hacen solos, Lyra. ¿Quién es el padre?
—No lo sé. —Lyra apretó los dientes y la miró a los ojos, aunque le temblaban las manos sobre las rodillas—. Llevaba máscara. Igual que yo.
—Qué romántico. Te abriste de piernas para un hombre sin cara la primera noche que te dejé salir sola.
—Mi padre te habría sacado de esta casa por lo que me estás haciendo.
—Pero tu padre está bajo tierra, querida, y la que manda aquí soy yo. —Vivienne se enderezó y se alisó la falda—. Nadie fuera de esta casa va a saber que estás preñada. Vas a comer, vas a dormir y vas a tomarte el té que te suba Martha. Si te portas bien, a lo mejor dejo que esos cachorros nazcan.
A Lyra se le cortó el aire. Vivienne se dio la vuelta hacia la puerta y se detuvo junto a Martha sin bajar la voz.
—En tres noches es luna llena. Vuelves al baile y te escondes en el jardín hasta el amanecer. Un macho que deja su olor así de pegado en una loba vuelve a buscarla.
—Sí, señora.
La puerta se cerró y la llave giró dos veces. Lyra se puso las dos manos sobre el vientre y se quedó mirando la madera, va a ir a buscarlo, va a estar esperándome y en vez de mí va a encontrar a Martha detrás de un arbusto.
Las tres noches pasaron con el té amargo subiendo tres veces al día y la voz de Nyx cada vez más lejana, hasta que la luna llena salió redonda y enorme por encima del bosque. Lyra arrastró una silla hasta la ventana, que habían clavado con tablas desde afuera, y se quedó mirando la luz que se colaba por las rendijas, pensando en el pabellón de piedra y en el hombre que a esa hora la estaría esperando sin saber siquiera cómo se llamaba.
Kieran llegó al pabellón antes de que la luna terminara de subir, y por primera vez en su vida llegó a ese baile sin máscara. Llevaba la camisa negra arremangada hasta los codos, el anillo de plata con el sello de Ironfang en el dedo y el pelo oscuro todavía húmedo, porque se había metido al río para no presentarse oliendo a la sangre de los rebeldes de la frontera.
Ya viene. La voz de Thorn le sonaba impaciente dentro de la cabeza, y a Kieran le hormigueaban las palmas de las manos. Ya viene, la huelo cerca.
Eso dijiste hace una hora.
Se sentó en el escalón de piedra con los codos sobre las rodillas. Oía la música del baile a lo lejos, las risas del salón y los pasos de las parejas que salían al jardín, y cada vez que alguien se acercaba levantaba la cabeza. Ninguna era ella. La luna llegó a lo más alto, empezó a bajar, y el olor que buscaba no llegó.
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Editado: 14.10.2026