La noche del Jade

Hoguera

Frente a la multitud que clamaba por mi vida, me sentí más resuelta que nunca, porque a pesar de estar condenada a la hoguera, mis motivos eran más respetables de lo que jamás habían sido, aquellos que alguna vez llamé amigos ahora pedían quemarme a gritos. Para ellos no fue difícil de creer el hecho de que fuese una bruja, después de todo, siempre había sido una alborotadora y liberal, por lo que, cuando se encontraron las pruebas de que yo era una, nadie lo dudó.

Cerré los ojos calmadamente, yo no tenía nada que perder, ni familiares que llorarian por mi, mejor aún, no había nadie lo suficientemente cercano a mi que pudiese hablar a mi favor, para asegurar que las pistas que dejé deliberadamente apuntando hacia mi, de hecho, no tenían ninguna relación conmigo.

A excepción de una persona.

Mi dulce amada, la única por la cual estoy dando mi vida al morir de esta forma tan cruel, y también la real bruja detras de la sospecha del pueblo.

Hace mucho que sabía que era una bruja ¿como no lo iba a saber? Si yo era la única que pasaba tanto tiempo con ella y la conocía de la forma que lo hacía para saber que ocultaba algo. Cuando la descubrí me sorprendí bastante, y ella, parecía iba a morir del susto.

No había que ser listo para adivinar lo que estaba haciendo frente a un caldero, velas y el signo de pentagrama tan temido. Ella trató de, enseguida, negar que era una bruja y que solo pasaba por aquí cuando vió todos estos materiales pertenecientes a alguien más, sin embargo, yo ya sabía la verdad, la había observado hace mucho tiempo por curiosidad y sabía que ella pasaba por aquí bastante seguido, justo después de que desaparecia del pueblo.

Había sido bastante impactante, pero luego le prometí bajo lo que más quería que no se lo iba a decir a nadie, su secreto estaba a salvo conmigo. Yo no podría actuar en su contra, la amaba demasiado como para causarle cualquier daño a propósito.

Por lo tanto, cuando supe que los pueblerinos tenían pruebas de la existencia de una bruja escondiéndose en las sombras del pueblo, ya sabía que hacer. A través de chismes me informé de los sospechosos, entre ellos también estaba mi amada y era la que más sospechas tenía consigo.

Rápidamente empecé a pasar más tiempo sola, trabajando en dirigir las pistas hacia mí, con los chismes me iba informando de quienes eran las actuales sospechosas, la chica que servía en la taberna, la hija de la costurera, la esposa del señor Tawn y mi amada.

En unos pocos días había logrado que las sospechas también me apuntaran a mí, y de lo que escuchaba a escondidas de los chismes, porque las otras señoritas ya no querian acercarse a mi, mi amada y yo ahora éramos las únicas sospechosas.

Con unas pocas pistas aquí y allá finalmente ellos decidieron que sin ninguna duda yo era la bruja y, sin siquiera pensarlo, se juntaron alrededor de mi casa, irrumpiendo y sacándome a rastras hacia la hoguera.

Observé con morbo como el señor Tawn, el encargado de hacer los honores, se acercaba con una antorcha hacia la paja debajo de mi, encendiendola. Ahora solo me quedaban unos pocos minutos de vida ¿Cuanto tiempo se necesitaba para morir quemada?

A pesar de mi miedo, me mantuve firme y sonreí, esperaba estar haciendo un buen trabajo imitando el porte de una verdadera bruja, actuando altiva y orgullosa, tal como habia visto como era mi pareja.

Yvonne, espero que ya estes empacando tus cosas y puedas salir de aquí.

Las llamas comenzaron a rodearme lentamente, cada chispa parecía burlarse de mi mortalidad. Sentí el calor subir desde mis pies hasta mi rostro, era insoportable, pero no podía dejar de pensar en ella.

"Yvonne" murmuré, dedicandole mis ultimas palabras.

No importa lo cruel que fuera mi final, si mi sacrificio le daba una oportunidad de vivir, todo valía la pena. Amarla habia sido como ver el mundo por primera vez: cada pequeño gesto suyo, cada sonrisa, cada mirada, me habia hecho sentir completa, como si hasta entonces hubiera vivido a medias.

Conocía sus secretos, sus miedos, y aun así, no pude evitar rendirme a su ser, a ese lado oscuro y misterioso que los demás temían.

Si alguien merece vivir en este mundo, es ella.

Cerré los ojos, rogandole a cualquier divinidad que me escuchara, que la dejara ir y allanara su camino para que pudiera escapar ilesa. Pero de pronto, entre el rugido del fuego y los gritos de la multitud, algo cambió. Una voz resonó, tan familiar que me hizo abrir los ojos de golpe.

"¡Deténganse!"

Yvonne estaba allí, entre la multitud, su rostro pálido de terror al verme atada a la hoguera. Sus ojos se clavaron en los míos y pude ver el horror y el dolor que la consumían.

"¡Por favor, no hagan esto!" gritó, luchando para abrirse paso entre los aldeanos. Cada palabra suya era un golpe directo a mi corazón.

No, esto no debía de suceder. Ella no debía estar aquí. Mi sacrificio habría sido en vano si ella habia decidido arriesgarse de esta manera.

"¡Vete, Yvonne!" grité con todas mis fuerzas, mi voz quebrándose entre el humo y el calor. "No te acerques ¡Por favor!"

Pero Yvonne no parecía escuchar. Su amor y su culpa brillaban en su mirada mientras se acercaba más y más, ignorando las manos que trataban de detenerla. El tiempo parecía detenerse.

¿Que haría ella ahora? ¿Que haría yo si no podía salvarla?

De pronto el rugido de las llamas fue reemplazado por un silencio ensordecedor. Algo cambió en Yvonne mientras seguía avanzando hacia mí, su mirada ya no mostraba solo miedo o amor, sino algo más profundo, algo aterrador.

El aire a su alrededor comenzó a vibrar, y el cielo se oscureció repentinamente, como si una tormenta hubiera surgido de la nada. La multitud retrocedió, sus gritos de júbilo se trahnsformaron en susurros de miedo.

"¡Alto!" ordenó, su voz resonando como un trueno. "¿Se atreven a condenarla por algo que no hizo? ¿Se atreven a lastimar lo único que amo?"




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