La novena esposa

1. La mujer del velo

La mujer que ajustó mi velo dijo que en aquella casa ninguna esposa envejecía.

Lo hizo mientras clavaba la última horquilla en mi cabello, con la misma serenidad con la que podría haber comentado el tiempo.

—Es una de las ventajas de casarse con un Valcárcel.

La miré a través del espejo.

Tenía unos sesenta años, quizá más, aunque en aquella habitación la edad resultaba difícil de calcular. La luz de noviembre entraba filtrada por cortinas color marfil y suavizaba las arrugas, los bordes, incluso el polvo. Todo parecía cubierto por una delicada capa de tiempo muerto.

—Espero que el secreto esté incluido en el contrato —dije.

La mujer no sonrió.

Hasta entonces yo había supuesto que pertenecía al personal de la casa. Llevaba un vestido negro de cuello alto, sin uniforme, sin joyas salvo un broche de plata en forma de rama seca.

Más tarde sabría que se llamaba Beatriz Valcárcel y que era la tía de mi futuro marido.

En aquel momento solo sabía que sus dedos eran fríos.

—Los contratos de esta familia incluyen más cosas de las que conviene leer el día de la boda.

Me giré.

—Lo he leído entero.

Esta vez sí sonrió.

Fue peor.

—Eso creen todas.

Durante un instante permanecimos mirándonos.

Después bajó el velo sobre mi rostro.

El tul convirtió la habitación en una fotografía antigua.

Mi vestido tampoco ayudaba.

Yo había pedido algo sencillo. Sin cola, sin bordados, sin aspecto de princesa sacrificada en un altar familiar.

Habían ignorado mis preferencias.

El vestido que me esperaba al llegar aquella mañana a la mansión Valcárcel tenía mangas largas, pequeños botones forrados desde la muñeca hasta el codo y una falda demasiado pesada para noviembre. La seda era de un blanco gastado, casi crema.

No parecía nuevo.

Cuando pregunté por qué no habían usado el vestido acordado con la modista, me dijeron que Adrián prefería mantener ciertas tradiciones.

Adrián.

El hombre al que iba a casarme dentro de once minutos.

Habíamos hablado cinco veces.

Tres en presencia de abogados.

Una durante una cena en Madrid en la que no consiguió terminar su copa de vino.

Y otra, a solas, en la terraza de un hotel.

Fue allí donde me preguntó si estaba completamente segura.

No fue una pregunta romántica.

Sonó como una advertencia.

Yo necesitaba el dinero.

Esa era la parte que volvía sencillo todo lo demás.

Ciento ochenta mil euros.

Cincuenta mil después de la ceremonia.

El resto, cuando se cumpliera un año exacto de matrimonio.

Sin hijos.

Sin relaciones íntimas obligatorias.

Sin derechos sobre su patrimonio.

Un divorcio discreto una vez finalizados los doce meses.

Mi función consistía en vivir con Adrián en la propiedad familiar, acompañarlo en actos públicos y comportarme como su esposa cuando hubiera alguien observando.

A cambio, podría conservar la casa de mi madre.

También podría pagar la deuda que mi hermano había dejado antes de desaparecer de nuestras vidas con una mujer, dos maletas y una capacidad extraordinaria para convertir sus problemas en los problemas de los demás.

Durante los últimos ocho meses había trabajado de día, traducido expedientes legales por la noche y aprendido exactamente cuántas llamadas puede hacer un banco antes de que la palabra embargo deje de parecer administrativa y empiece a sonar personal.

Ciento ochenta mil euros solucionaban todo.

No necesitaba enamorarme de Adrián Valcárcel.

Ni siquiera necesitaba comprenderlo.

Solo debía permanecer casada con él trescientos sesenta y cinco días.

Había aceptado empleos peores por mucho menos.

—Es hora —dijo Beatriz.

Me levanté.

La falda arrastró sobre la alfombra.

En el espejo quedé convertida en una mujer que no reconocía.

Treinta años.

El cabello oscuro recogido.

La boca demasiado pálida.

Una joya que tampoco había elegido rodeándome la garganta.

Toqué el colgante.

Una piedra verde oscura montada en oro envejecido.

Me la habían entregado aquella mañana dentro de una caja forrada de terciopelo.

«Pertenece a la familia», había explicado Beatriz.

—¿Tengo que llevar esto?

—Solo hoy.

—Parece antiguo.

—Lo es.

—¿De quién era?

Beatriz recogió un pliegue de mi falda.

—De una esposa.

—Eso ya lo había deducido.

Sus ojos se levantaron hacia los míos.

Grises.

Calmos.

—No preguntes demasiado por las esposas anteriores, Clara.

Fue la primera vez que algo dentro de mí se tensó.

No miedo.

Todavía no.

Más bien esa pequeña alarma que aparece cuando alguien intenta convertir una pregunta normal en una falta de educación.

—¿Por qué?

—Porque hoy deberías pensar en tu propio matrimonio.

—Mi matrimonio es un contrato mercantil con flores.

—Para ti.

La observé.

—¿Y para quién no?

Beatriz abrió la puerta.

—Baja. Adrián te espera.

La mansión Valcárcel estaba construida para hacer sentir pequeñas a las personas.

No necesitaba columnas desproporcionadas ni salones dorados.

Lo conseguía mediante silencio.

Había habitaciones enormes donde apenas se escuchaba nada, pasillos en los que los pasos parecían ocurrir demasiado lejos y techos tan altos que la voz perdía fuerza antes de llegar a ellos.

El edificio original databa del siglo XVIII. Adrián me había contado que distintas generaciones habían añadido alas, galerías, patios interiores y una biblioteca que ocupaba dos plantas.

La familia lo llamaba simplemente la casa.

Nunca la mansión.

Nunca la finca.

La casa.

Como si no existiera ninguna otra.

Seguí a Beatriz por un corredor que no había visto durante mi visita anterior.




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