La mujer no cayó al suelo.
Eso fue lo primero que mi mente registró.
Sus manos atravesaron la superficie del cuadro como si la pintura fuera agua espesa. Luego los brazos, los hombros, el rostro.
No rompió el lienzo.
Lo deformó.
Salió de él.
Beatriz retrocedió hasta chocar con la pared.
Yo no pude moverme.
La mujer vestía de blanco.
No un vestido de novia idéntico al mío, sino uno antiguo, de mangas ajustadas y cintura alta. La tela parecía húmeda.
Su cabello oscuro estaba pegado a las mejillas.
Parecía tener treinta años.
Quizá menos.
Su rostro no era el mío.
Tampoco el de Lucía.
Pero reconocí algo.
La había visto.
En la galería.
Tercer retrato desde la entrada.
—Mercedes —susurré.
La mujer levantó la cabeza.
Beatriz me agarró del brazo.
—No digas su nombre.
Demasiado tarde.
Mercedes abrió los ojos.
Negros.
No por el color.
Por la ausencia de reflejo.
—Clara.
Su voz no sonó como una voz humana.
Llegó desde la galería entera.
Desde las paredes.
Desde los cuadros.
Desde el suelo.
Yo retrocedí.
—¿Qué quiere?
Beatriz no respondió.
Mercedes dio un paso.
No dejó huella.
Sus pies no tocaron del todo la alfombra.
—Clara —repitió.
—No la escuches.
—Estoy intentando.
La mujer levantó una mano.
La piel parecía real.
Demasiado real.
En la muñeca llevaba una pulsera de perlas.
La misma que había visto en el armario.
—Siete —dijo.
Beatriz se quedó inmóvil.
—¿Qué significa?
Mercedes me miró.
—Siete.
Después señaló mi retrato.
No.
No el mío.
Las capas debajo.
Los nombres.
—Siete esposas —murmuré.
Beatriz apretó mi brazo.
—No cuentes.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque la casa responde a las repeticiones.
—Eso no significa nada.
Mercedes volvió a hablar.
—Siete.
El aire se enfrió.
Los cuadros de la galería crujieron.
Uno.
Dos.
Tres.
Todos al mismo tiempo.
—Amalia —dije sin pensar.
El primer retrato tembló.
Beatriz me sacudió.
—Cállate.
—Lucía.
Otro.
—Teresa.
Otro.
—Claudia.
Los lienzos vibraron.
—¿Qué haces? —preguntó Beatriz.
—Quiero saber cuántas fueron.
—Ya lo sabes.
—No.
Miré los marcos.
—Siete retratos.
—Clara.
—Pero Elena no está.
El cuadro de Mercedes se oscureció.
La figura delante de nosotros sonrió.
—Ocho —dijo.
Sentí un escalofrío.
—Elena fue la octava.
Beatriz negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
Mercedes giró lentamente la cabeza hacia el extremo de la galería.
Donde no había cuadro.
Al menos yo creía que no.
Me acerqué.
—No.
Beatriz intentó detenerme.
Aparté su mano.
Había una franja de pared entre dos marcos.
Nada más.
Pero la luz de la lámpara caía de forma extraña.
Como si la pared tuviera profundidad.
Pasé los dedos.
Tela.
Pintada del mismo color que el muro.
Un lienzo oculto.
Tiré de una esquina.
Beatriz me agarró.
—Déjalo.
—¿Por qué?
—Porque no pertenece a las esposas.
—Entonces ¿a quién?
Mercedes empezó a reír.
La risa hizo vibrar los cristales de la galería.
Tiré más fuerte.
La pintura exterior se agrietó.
Debajo apareció un marco estrecho.
Mucho más antiguo.
Sin placa.
El retrato estaba ennegrecido por humo o barniz.
Apenas se distinguía una figura.
Una mujer.
No llevaba vestido de novia.
Estaba sentada en una silla.
Y detrás de ella aparecía la casa.
Todavía sin las alas añadidas.
Más pequeña.
Más austera.
Ella tenía una mano sobre el vientre.
La otra sujetaba una llave.
—La primera —dije.
Beatriz cerró los ojos.
Mercedes dejó de reír.
—No era esposa.
Recordé las palabras bajo las capas de pintura.
ERA LA DUEÑA.
—¿Era suya la casa?
—Sí.
Beatriz ya no intentó ocultarlo.
—¿Cómo se llamaba?
—No.
—Lucía lo descubrió.
—Y mira lo que ocurrió.
—No sé qué ocurrió.
—Porque sigues viva.
La miré.
—¿La mató la casa?
—No.
—¿La familia?
Beatriz se quedó callada.
Eso bastó.
—¿Quién la mató?
—No sabemos si murió.
—Todos usáis esa frase.
—Porque en esta casa morir y desaparecer no siempre son lo mismo.
Mercedes se volvió hacia Beatriz.
Su expresión cambió.
La calma desapareció.
—Mentira.
Beatriz palideció.
—No.
—Mentira.
—Mercedes.
La mujer levantó una mano.
Todas las velas se apagaron.
La galería quedó a oscuras.
Escuché a Beatriz respirar.
Después otra respiración.
Más cerca.
Y otra.
Luego una mano fría me tocó la mejilla.
No grité.
—Clara —susurró Mercedes junto a mi oído—. No fueron siete.
Sentí sus labios a centímetros.
—Fueron nueve.
Las luces volvieron.
Mercedes había desaparecido.
En la pared, el retrato oculto era visible por completo.
Y al lado del marco había aparecido una placa.
No decía un nombre.
Solo una fecha.
1846
Un año antes del matrimonio de Amalia.
Adrián llegó dos minutos después.
No pregunté cómo supo que algo había ocurrido.
Entró en la galería corriendo.
Se detuvo al verme.
Luego vio el cuadro oculto.
—¿Qué hiciste?
—Nada que tu familia no hiciera primero.
Beatriz estaba apoyada contra la pared.
—Mercedes salió.
Adrián la miró.
—¿Qué?
—Del retrato.
—Eso nunca ha pasado.
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Editado: 03.10.2026