La novena esposa

CAPÍTULO 11: El ala oeste

—¿Dónde está mi madre?

La voz de Adrián cambió.

Nunca lo había oído hablar así.

No había miedo.

Solo una rabia tan contenida que parecía más peligrosa.

Ernesto lo observó desde el extremo de la galería.

—No dramatices.

Adrián cruzó el espacio entre ambos.

—¿Dónde está?

—Muerta.

—Eso ya lo sé.

—Entonces la pregunta sobra.

—¿Murió aquí?

Ernesto miró hacia mí.

—Clara, deberías descansar.

—No voy a irme.

—Esto no te concierne.

Me reí.

—Mi retrato se está pintando solo en esta pared. Me concierne bastante.

Ernesto apretó los labios.

Adrián se puso delante de él.

—Me dijiste que murió en una clínica.

—Murió enferma.

—Eso no responde.

—Tenías ocho años.

—¿Murió aquí?

Silencio.

—Padre.

—Sí.

Adrián retrocedió un paso.

Solo uno.

Pero fue suficiente para ver el golpe.

—¿Dónde?

Ernesto miró hacia el ala oeste.

—No.

Adrián negó con la cabeza.

—No.

—Ella quiso entrar.

—No.

—Ya estaba enferma.

—No.

—Tu madre creía que podía averiguar qué le ocurrió a Lucía.

—Cállate.

—Adrián.

—He dicho que te calles.

El bastón de Ernesto golpeó el suelo.

—Y yo te digo que dejes de comportarte como un niño.

Adrián lo agarró por la solapa.

Beatriz apareció.

—Suéltalo.

—¿Tú lo sabías?

Ella no respondió.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Adrián soltó a su padre.

Se volvió hacia Beatriz.

—¿Durante todos estos años?

—Sí.

—Me dijiste que había muerto en Madrid.

—Murió aquí y la llevaron después.

—¿Por qué?

—Para evitar preguntas.

Adrián la miró como si no la reconociera.

—¿Qué le pasó?

Beatriz cerró los ojos.

—Entró en el ala oeste.

—¿Por qué?

—Porque escuchaba a Lucía.

Silencio.

—¿Mi madre oía voces?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la boda de Lucía.

—Pero ella no era esposa incorporada.

—No.

—Entonces ¿por qué la casa la afectó?

Beatriz no contestó.

Ernesto sí.

—Porque tu madre era Valcárcel por matrimonio.

Me giré.

—¿También la reconoció?

—No de la misma manera.

—¿Entonces?

El anciano me miró.

—La casa utiliza lo que tiene.

Adrián golpeó la pared con la palma.

—Basta de hablar como si fuera una criatura.

Ernesto no se inmutó.

—Tú eres el único que aún necesita fingir que no lo es.

—¿Qué le pasó a mi madre?

—Encontró algo.

—¿Qué?

—Una habitación.

Beatriz se acercó.

—Ernesto.

—Ya da igual.

—No.

—Todo ha empezado.

Él me miró.

—Y esta vez terminará.

—¿Qué habitación? —pregunté.

Ernesto sonrió.

—La habitación de los nombres.

No necesitábamos permiso para entrar en el ala oeste.

Al menos yo no.

Adrián tenía otra opinión.

—No vas.

—Sí.

—Acabas de escuchar lo que le pasó a mi madre.

—Precisamente.

—Clara.

—Tu madre encontró la habitación de los nombres. Lucía buscaba un nombre. Mercedes me ha dicho que faltaba una esposa. Todo conduce allí.

—También conduce a desapariciones.

—Quedarme fuera no está funcionando.

Eso lo dejó sin respuesta.

—Mi retrato avanza —continué—. Recuerdo lugares que nunca he visto. La casa usa mi voz. Irme quizá no detenga nada. Así que voy a averiguar qué ocurre antes de que empiece a olvidar mi propio apellido.

Adrián me miró durante varios segundos.

—No puedo perder a otra persona ahí dentro.

Fue la primera vez que no utilizó ninguna distancia.

Ni otra esposa.

Ni otra mujer.

Otra persona.

—Entonces ven conmigo.

—Eso no lo hace mejor.

—Lo hace menos estúpido.

—Un poco.

—Me conformo.

La entrada principal al ala oeste estaba detrás de una puerta doble en el segundo piso.

Había pasado frente a ella varias veces sin verla.

No porque estuviera oculta.

Porque parecía parte de la pared.

La madera tenía el mismo color.

Sin tiradores.

Solo una cerradura antigua.

Adrián llevaba tres llaves.

Ninguna funcionó.

—Pensaba que estaba cerrada.

—Lo está.

—Entonces ¿cómo entraba la gente?

—A veces se abre sola.

—Fantástico.

—Clara.

—Estoy controlando los nervios.

Puse la mano sobre la puerta.

Adrián me sujetó.

—No.

—La del dormitorio se abrió para mí.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—Si quiere que entre, ahorraré tiempo.

—No sabes si quiere que entres.

—¿Qué otra interpretación tienes?

Adrián no respondió.

Toqué la madera.

Fría.

Nada.

Cerré los ojos.

No sabía qué esperaba.

Quizá una visión.

Una sensación.

Un recuerdo prestado.

No ocurrió nada.

Entonces dije:

—Quiero entrar.

La cerradura hizo clic.

Adrián soltó una maldición en voz baja.

La puerta se abrió.

El aire olía igual que el pasillo oculto.

Humedad.

Rosas secas.

Cera.

Entramos.

La temperatura descendió inmediatamente.

El corredor era largo.

Mucho más de lo que permitía la arquitectura exterior de la casa.

—Esto no cabe —murmuré.

—Lo sé.

—La fachada termina veinte metros antes.

—Lo sé.

—¿Desde cuándo sabes que la geometría de tu casa es imposible?

—Desde que tenía diecisiete.

—Y aun así te quedaste.

—No siempre tenemos un lugar mejor al que ir.

La frase me recordó por qué yo había aceptado el contrato.

Seguimos.

Había puertas a ambos lados.

Todas cerradas.

En algunas, pequeños números.

Ningún nombre.

—¿Habitaciones?




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