La Nueva Era

Prólogo

La arrastraron por un largo pasillo oscuro, y aunque hacía todo lo que podía para zafarse, ellos parecían tener la fuerza suficiente para sujetarla durante ese tramo.

 

Pensaba escapar, como fuese y sin importar lo que eso costara. Al fin de cuentas, era inmortal y nadie podía lastimarla. O eso creían todos, incluso ella.

 

La tela que tenía en la cabeza le dejó ver una débil luz al final del pasillo. Pensó que le había llegado la hora de morir, cuando recordó que las personas que volvían de la muerte, hacían alusión a "la luz al final del pasillo".

 

La empujaron con violencia contra una pared y comenzó a reírse, aunque eso podría haberle abierto la frente y roto algún dedo. Después, le pegaron en el rostro con algo duro, y finalmente se dignaron a sacarle el saco mugroso de su preciosa cara.

- Por fin, imbécil- ella escupió en la cara de quien tenía mas cerca y éste la pateó.

Toda esa violencia era en vano, su cuerpo estaba diseñado para ser maltratado una y mil veces, pero nunca sufria daños. En cambio, en otros tiempos, ella hubiera formado un bollo con su cuerpo y aceptar el dolor que todos los golpes le traían, para ver si la sagrada muerte se acercaba.

Subió la mirada y vió a alguien debajo de la lamparita vieja. El olor que había en ese lugar le traía recuerdos de cuando estaba realmente viva, o de cuando lo intentaba.

Luci la miró desde una distancia considerable y se comunicó con el hombre a su lado. No podía ver bien con tanta oscuridad, pero podía jurar que también lo conocía a él.

- Tráiganla hacia acá- ordenó el hombre señalando sus pies.

Los brazos de la chica fueron nuevamente tomados con fuerza y la empezaron a mover hacia el centro. Esta vez, ella usó un segundo de descuido por parte de los matones, y los bloqueó a ambos, logrando así escaparse.

Corrió en dirección a la salida, sintiendo que el aire fresco la rodeaba, cuando un dolor punzante en la nuca la hizo caer de cara al suelo. Sabía lo que ese dolor significaba, y de eso no podía escapar.

- Ven, Mae- indicó la mujer desde adentro de su cabeza. El cuerpo de ella se levantó, giró, y caminó hacia la mujer de rojo.

Maldito cerebro insolente que se dejaba controlar por una cualquiera.

- Luci- consiguió formular con el control mental que la mujer le aplicaba.

La miró, y después el hombre frente suyo le llamó la atención. Por fin se dejaba ver bajo la pequeña luz, y automaticamente una de las cejas de ella se elevó.

- Que sorpresa- dijo sintiendo como su pecho ardía- y no una agradable.

- Me alegra verte Mae- los pelos blancos de su cabello brillaban mas con la luz.

- Te dignaste a volver? La verdad, es increíble- el sarcasmo se resbalaba por su lengua como si fuera saliva.

- Si- sonrió él mostrando sus nuevas arrugas- te estuve buscando durante mucho tiempo y, finalmente... te encontraron.

Ella se giró a mirar a los grandotes que lo acompañaban. Entonces no había estado paranoica, alguien si la habia estado siguiendo. Sonrió internamente y volvió la atención a él.

- Porqué me estuviste buscando? Y cómo es que sigues vivo, si pasaron algo así como unos trescientos años.

-Eso, mi amor- ella saco la lengua, haciéndole saber que le daba repugnancia- cuando la nueva era comenzó, yo ya estaba todo arrugado y viejo, y un dia, por las leyes de la vida o como quieras llamarlo, morí, pero lograron revivirme.

"Esa vez decidí que sería la última, y empecé a averiguar mis opciones. Por eso tu amiga está aquí- codeó a Luci y este blanqueó los ojos- hice un pequeño pacto y también estuve bebiendo sangre de niños, mas meterme con la magia negra... y aquí estoy"

Ella iba a hablar, pero sabía que ahora venía el pero de su relato.

- Pero no fué suficiente. Tuve que viajar de un lado al otro del mundo para que la policia no me encierre, y en uno de mis viajes alguien dijo que para volverse inmortal, debes beber la sangre de un inmortal- justo cuando ella creía haber conocido a todos los dementes del mundo, él se volvía a presentar y probaba que estaba equivocada.

- De un inmortal?- respondió con sorna.

- Tu sangre, Mae- asintió él y sacó una daga de su bolsillo.

Ella escuchó su respuesta y se carcajeó. Hasta creyó que estaba llorando de la risa, porque ese idiota no podía estar hablando en serio.

Le ofreció el brazo, arremangándose la campera negra y le guiñó un ojo.

- Inténtalo las veces que quieras, hace mucho tiempo que no veo mi propia sangre- el hombre no lo pensó dos veces.

Apoyó el cuchillo afilado sobre su piel blanca como porcelana e hizo un corte. Como no salía nada, ella bostezó y el comenzó a hacerle múltiples cortes en el brazo, comportándose como un enfermo.

Nada sucedía y, cuando por fin se dió por vencido, ella le sacó la daga de la mano y, con el mango, le pegó en la garganta, hundiéndole así la tráquea.



Andrómeda

Editado: 17.03.2018

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