No fui a la aldea esa tarde. Me quedé sentada junto al pino viejo mucho después de que el último jinete hubiera desaparecido entre la niebla. El viento se había vuelto más frío, arrastrando consigo el olor a lluvia que tardaría en caer, pero yo no lo sentía. Mi cuerpo aún vibraba con la cercanía de él: el peso de su mirada, el sonido de mi nombre en su boca, esa cuerda invisible que parecía anclada en mi pecho y que se tensaba cada vez que respiraba.
Me abracé a mí misma, temblando no por frío, sino por algo más profundo. En nuestra aldea no se habla mucho de los lazos. Los ancianos dicen que son antiguos, raros, algo que pertenece a las leyendas y no a la gente como nosotros. Que cuando ocurren, cambian todo: lo que eres, lo que sientes, incluso lo que necesitas para sobrevivir. Que te vuelves mitad de alguien más, y esa mitad tiene poder sobre ti que ninguna ley podría justificar.
—Kailani? —la voz de Mara me sacó de mis pensamientos.
Levanté la vista. Mi mejor amiga, Beta como casi todos en el pueblo, subía por el sendero con paso firme. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza gruesa, y en su rostro se dibujó la preocupación al verme en el suelo, con las hierbas esparcidas a mi alrededor. Se acercó rápidamente y se arrodilló a mi lado, poniéndome una mano en la frente.
—Estás helada —murmuró—. ¿Qué pasó? Te busqué en tu cabaña y no estabas.
La miré, y por un momento no supe qué decir. ¿Cómo le explicas a alguien que tu alma acaba de reconocer a un extraño que podría destruirte? ¿Que en un instante, todo lo que creíste saber sobre ti se ha puesto patas arriba?
—Vinieron del palacio —dije finalmente, con voz baja—. El príncipe. Pasó por aquí.
Mara se quedó inmóvil. Su mano dejó de acariciarme el hombro.
—¿El príncipe Darek? —preguntó, casi en un susurro—. ¿Qué hacía aquí? Nadie viene a Valle Escondido. Nadie recuerda que existimos.
—No lo sé. Pero… me vio.
Mara me ayudó a recoger las hierbas, aunque sus movimientos eran más lentos, pensativos. Cuando llegamos a la aldea, el sol ya se estaba ocultando tras las montañas, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Las cabañas de madera se alineaban a lo largo del río, con humo saliendo de sus chimeneas y luces parpadeantes en las ventanas. Un lugar tranquilo, seguro. O eso creía hasta hoy.
Pero al cruzar la entrada del pueblo, sentí que algo había cambiado. No era el aire, ni el viento. Era yo. Cada paso me pesaba más, como si llevara una piedra en el estómago. Sabía que algo se había roto hoy entre los cerros. Algo que no se podía arreglar.
Esa noche no dormí.
Me senté junto a la ventana de mi pequeña cabaña, observando cómo la luna se movía entre las nubes, y cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él: su rostro serio, su mirada oscura, la forma en que su voz se había suavizado al decir mi nombre. Y al mismo tiempo, recordaba lo que las abuelas decían: "El lazo no es un regalo. Es una cadena que llevas en el alma."
En este mundo, los Omegas no deciden su vida. Se nos enseña desde pequeñas a ser agradecidas por quien nos elija. A callar cuando nos manden callar. A seguir cuando nos lleven de la mano. Y un lazo con un Alfa de la realeza… no era amor. Era posesión. Era propiedad. Era perderte a ti misma para siempre dentro de alguien más grande, más fuerte, más poderoso que tú.
Me envolví más fuerte en mi manta de lana. Aquí, en Valle Escondido, nadie me exigía nada. Sabía usar las hierbas, conocía los caminos, sabía cuándo llovería y cuándo el río crecería. Tenía valor por lo que sabía, no por quién debía pertenecerle.
¿Y si él venía por mí? ¿Y si llegaba mañana con guardias y me llevaba a un palacio de piedra fría donde nadie me conociera por mi nombre, sino solo como "la Omega del Príncipe"? ¿Y si el lazo significaba que yo no podría alejarme de él sin enfermar, sin sentir que me faltaba el aire?
Me levanté de golpe, con el corazón acelerado. No podía quedarme esperando a que decidieran mi futuro. Tenía que hablar con alguien que entendiera.
La cabaña de la anciana Elara estaba al borde del pueblo, cerca del bosque. La luz de una vela temblaba tras la ventana cuando llegué. Toqué suavemente en la puerta de madera, y al poco tiempo se abrió, dejando ver a la mujer que había curado a generaciones de nuestro pueblo. Era mayor, con arrugas que surcaban su rostro como mapas de ríos, y ojos claros que parecían ver más allá de lo que decías.
—Entra, Kailani —dijo con voz tranquila, como si me hubiera estado esperando.
Entré y el calor del fuego me envolvió. En el aire flotaba el olor a salvia y cera. Elara se sentó en su silla de madera y me hizo señas para que me sentara frente a ella. No preguntó qué pasaba. Simplemente esperó.
—El príncipe pasó hoy —dije, y mi voz tembló ligeramente—. Y… sentí algo. Cuando lo vi. Algo dentro de mí cambió. Como si una cuerda me jalara hacia él.
Elara asintió lentamente, como si confirmara algo que ya sabía.
—El lazo de almas —dijo suavemente—. Es antiguo, Kailani. Más antiguo que los reyes, más antiguo que nuestras cabañas. Cuando dos almas están destinadas, sus cuerpos lo reconocen antes que sus mentes. Pero no te confundas: el destino no siempre es amable.
—¿Qué significa? ¿Que tengo que irme con él? ¿Que le pertenezco? —las palabras me dolieron al decirlas.
—El lazo es como una semilla —explicó, mirando las llamas del fuego—. Puede crecer y dar sombra y fruto. O puede convertirse en una enredadera que te ahogue. Depende de cómo lo cuiden… y de si ambos quieren que crezca. Tú no eres propiedad de nadie, ni siquiera de quien el destino eligió para ti. El lazo no anula tu voz. Solo hace que escucharlo duela más si no estás de acuerdo.
—Pero él es el príncipe —susurré—. Y yo soy solo una chica de un pueblo olvidado. Su mundo dice que soy algo que se puede reclamar. ¿Cómo puedo luchar contra eso?
—Luchas siendo tú misma —dijo con firmeza, mirándome directamente a los ojos—. El lazo lo une, pero no lo define. Si ese Alfa no respeta quién eres, el lazo se convierte en una jaula. Y una jaula, por dorada que sea, sigue siendo una jaula. Recuerda quién eres, Kailani. Recuerda de dónde vienes. Eso es lo que ningún vínculo podrá quitarte.
Pasaron tres días. Tres días en los que cada sonido de caballos me hacía estremecer, en los que cada extraño que entraba al pueblo me hacía esconderme. Pero él no volvió.
Sin embargo, yo no podía dejar de sentirlo. Era extraño, casi enfermizo: a veces, cuando el viento soplaba del norte, creía percibir su aroma, como si estuviera cerca. A veces sentía un impulso repentino de caminar hacia las montañas, como si algo me llamara desde allá. Y en los sueños, lo veía: de pie frente a mí, extendiendo la mano, y yo quería tomarla aunque supiera que me llevaría lejos de todo lo que conocía.
Mara notó mi inquietud. Se sentó conmigo una tarde junto al río, observando cómo el agua corría tranquila sobre las piedras lisas.
—Estás cambiando —dijo suavemente—. No eres la misma.
—No sé cómo no serlo —admití, abrazándome las rodillas—. Siento como si parte de mí estuviera allá arriba, con él. Y aquí no estoy completa. No tiene sentido, ¿verdad? No lo conozco. No sé qué clase de hombre es.
—Por eso es peligroso —dijo Mara con sinceridad—. El lazo te hace ver lo mejor de alguien antes de saber quién es de verdad. Te hace amar una sombra antes de conocer al hombre.
Sus palabras dolieron porque eran ciertas.
Esa noche, algo cambió en el aire. El viento sopló con más fuerza, aullando entre los árboles, y una tormenta oscura cubrió el valle. Me desperté de golpe, con el corazón latiendo desbocado, y supe. No fue pensamiento. Fue instinto puro.
Está cerca.
Me puse una capa y salí al frío de la noche. La lluvia empezaba a caer, suave al principio y luego con más fuerza, empapando mi cabello y mi ropa. Caminé sin saber hacia dónde, siguiendo esa sensación en el pecho que me jalaba como una brújula invisible. Subí por el sendero del bosque, donde los árboles se cerraban sobre el camino, y allí, entre la bruma y la lluvia, lo vi.
Estaba de pie bajo la copa de un pino grande, mirando hacia el valle. No llevaba su capa real, solo ropas oscuras de viaje, y el viento revolvía su cabello. Parecía cansado, como si no hubiera dormido en días. Y cuando se giró y me vio, no hubo sorpresa en su mirada. Solo… alivio.
—Sabía que vendrías —dijo, y su voz sonó diferente, menos segura que la última vez.
La lluvia caía entre nosotros, convirtiendo el mundo en sombras y agua. Yo no me acerqué, pero tampoco me fui.
—¿Por qué está aquí, Príncipe? —pregunté, y mi voz tembló tanto por el frío como por él—. No hay nada para usted en este valle.
Él dio un paso hacia mí, pero se detuvo cuando yo retrocedí.
—No vine buscando nada, Kailani. Vine porque no podía estar lejos. Porque cada hora que pasaba sin verte sentía como si me arrancaran algo por dentro. —Se pasó una mano por el cabello, frustrado—. Odio esto. Odio no tener control sobre mis propios instintos. Pero… eres tú. Es siempre tú.
—Y qué significa eso para usted? —pregunté, con valentía que no sabía que tenía—. ¿Que soy suya? ¿Que cuando usted diga, yo debo dejar mi vida y seguirlo al palacio?
—No quiero que seas mía porque te lo ordene —dijo con intensidad, dando otro paso, y esta vez no me alejé—. Quiero que estés conmigo porque lo eliges. Pero mi mundo no es como el tuyo. Si se descubre lo que somos el uno para el otro… te usarán. Como moneda. Como herramienta. Mi padre buscará casarnos para sellar alianzas. Los señores del reino te odiarán por no ser de sangre noble. No conoces la crueldad de la corte.
—Entonces déjeme ser —dije, aunque cada palabra me costaba—. Vuelva a su palacio, Príncipe. Y déjeme en mi valle.
Me miró, y vi el conflicto en sus ojos oscuros: el deber luchando contra el deseo, el príncipe luchando contra el Alfa.
—No puedo —susurró, y en ese sonido había algo roto, verdadero—. No sé cómo. Desde que te vi en ese camino… volver atrás no es una opción para mí.
Se acercó más, tan cerca que podía ver las gotas de lluvia en sus pestañas, tan cerca que su aroma me envolvió por completo, ahogando cualquier pensamiento que no fuera él. Levantó la mano, dudando, como si temiera que me apartara, y sus dedos rozaron mi mejilla con una delicadeza que no esperaba de alguien tan poderoso.
—No te pido que confíes en mí todavía —dijo suavemente—. Solo te pido que no me cierres la puerta. Que me dejes intentar ser digno de ti. No como un príncipe. Solo como… él que te busca aunque no sepa por qué.
Mi corazón gritaba que me alejara. Mi instinto gritaba que me quedara. Y en esa noche de lluvia, entre dos mundos que no debían tocarse, no supe cuál de los dos era el peligro real: él… o la parte de mí que ya empezaba a amarlo.
No respondí. No pude. Solo me di la vuelta y regresé a la aldea, dejándolo allí bajo la lluvia. Pero mientras caminaba, sentí que no me alejaba de verdad. Que una parte de mí se había quedado con él, esperando, temiendo, anhelando.
Al llegar a mi cabaña, encontré algo en el umbral. Un pequeño objeto envuelto en una tela suave. Al abrirlo, vi que era un amuleto de plata: una luna creciente tallada con delicadeza, con una piedra azul oscuro en el centro. No había nota. No la necesitaba.
Me lo puse al cuello, y al tocarlo con los dedos, sentí un calor suave que no provenía del metal, sino de algo más profundo.
Una cadena de oro no se siente como una cadena al principio.
Eso pensé mientras miraba por la ventana hacia las montañas oscuras. El lazo no era solo una conexión. Era también una trampa. Y yo acababa de aceptar la llave de la jaula sin saber si algún día tendría el valor de abrir la puerta desde dentro.
Las semanas siguientes fueron una tortura dulce y amarga. Él no venía al pueblo, pero yo sabía que estaba cerca. A veces lo veía entre los árboles del linde del bosque, esperando sin acercarse. A veces encontraba pequeños regalos: hierbas raras que solo crecían en las cumbres altas, frutas dulces que no se daban en nuestro valle, siempre dejados con cuidado, como si temiera invadir mi espacio.
Y cada vez, esa cuerda en mi pecho se tensaba más. Empecé a entender lo que Elara había dicho: el lazo no te quita la voz, pero hace que usarla duela. Decirle que se alejara dolería como perder una parte de mí. Pero dejarlo acercarse significaba entregarle el control sobre mi vida entera.
Una mañana de principios de invierno, llegó la noticia que todos temíamos en Valle Escondido. Mensajeros del palacio. No para buscarme. Sino para anunciar que el príncipe Darek estaba comprometido con la hija de una casa noble del sur. Una Alfa de linaje puro, una unión que sellaría la paz entre dos reinos. Se celebraría la boda en primavera.
Me quedé helada junto al río, escuchando las palabras que cambiaban todo. Él sabía. Lo supo todo este tiempo. Y me buscó igual. Me habló de elección mientras ya tenía una prometida esperándolo en el palacio.
El dolor que sentí no fue solo tristeza. Fue algo físico, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo en el pecho. El lazo se había tensado tanto que amenazaba con romperse… o con romperme a mí.
Me llevé la mano al cuello, al amuleto que brillaba frío contra mi piel. Y por primera vez, entendí la verdad más oscura ,el vínculo no te protege de que te rompan el corazón. Solo hace que duela el doble cuando lo hacen.
La guerra entre lo que sentía y lo que sabía que debía hacer acababa de empezar. Y yo no estaba segura de qué bando ganaría.