El invierno cayó sobre el valle como una losa de hielo. Los árboles perdieron sus hojas, el río se cubrió de una capa fina de escarcha cada mañana, y el viento dejó de ser un susurro para convertirse en un aullido que recorría las calles de la aldea al atardecer. Pero nada dolía tanto como el silencio que había dejado él.
Las noticias del compromiso del príncipe Darek llegaron a oídos de todos. Se decía que la dama provenía de las Tierras del Sur, de linaje antiguo, una Alfa de cuna que había sido criada para gobernar a su lado. Una unión perfecta, decían los mensajeros que pasaban de vez en cuando por el camino real. Equilibrada. Adecuada. Nadie mencionaba a una chica de cabellera revuelta y manos manchadas de tierra que vivía escondida entre los cerros. Nadie sabía que existía. Y eso, debería haberme aliviado. Sin embargo, cada amanecer me encontraba mirando hacia el camino que subía al palacio, esperando algo que no debía desear.
El amuleto de plata pesaba en mi cuello como una promesa rota.
—No deberías llevarlo —dijo Mara una tarde, mientras limpiábamos hierbas secas junto al fuego—. Si alguien lo ve… si preguntan de dónde lo sacaste…
—Nadie lo pregunta —respondí, aunque sabía que no era del todo cierto—. Y nadie me lo ha visto.
—No me refiero a eso, Kailani —suspiró, dejando su trabajo para mirarme con seriedad—. Me refiero a lo que representa. Es una cuerda. Y él la tiene del otro extremo. Mientras lo lleves puesto, él sabe dónde estás. Siente dónde estás. ¿No lo has sentido? ¿Esa sensación de que alguien te observa aunque estés sola en tu cabaña?
Me quedé en silencio. Lo había sentido. Varias veces. Al despertar en mitad de la noche, con el corazón acelerado, con la impresión de que alguien estaba allí, respirando en la oscuridad conmigo. Y en las mañanas, cuando el sol apenas asomaba, esa extraña punzada en el pecho, como si una presencia se alejara lentamente hacia el norte.
—Es solo mi imaginación —murmuré, pero aparté la mano del amuleto como si quemara.
—El lazo funciona así —dijo Mara con suavidad—. Cuanto más fuerte se vuelve, más se entrelazan sus sentimientos. Su dolor es tu dolor. Tu miedo es su miedo. Y si él sufre… tú también lo harás, aunque estés a kilómetros de distancia. Es una cadena invisible, Kailani. Y la llave la tiene él. No tú.
Esas palabras me acompañaron toda la noche. Me senté frente al pequeño espejo de madera sobre mi mesa y desaté el cordón de cuero. La luna de plata brilló bajo la luz de la vela, hermosa y fría. Quitéme el amuleto y lo dejé sobre la mesa. Al instante sentí una punzada aguda en el centro del pecho, tan fuerte que me doblé sobre mí misma. Era como si me arrancaran una costilla. Como si el aire de repente fuera demasiado delgado para respirar.
—No puedes romperlo sola —me dijo Elara, cuando acudí a ella al amanecer, pálida y temblando—. El lazo no es algo que lleves puesto. Es algo que llevas en la sangre. Quitarte el amuleto no lo corta. Solo… lo oculta.
—¿Y qué hago entonces? —susurré, con lágrimas que no logré contener—. ¿Esperar a que se case con otra y yo me consuma de este lado? ¿Dejar que sufra cada vez que él la toque?
La anciana me tomó de las manos. Sus dedos estaban arrugados y cálidos.
—Te dije antes: el lazo no te quita tu voz. Pero tampoco te da la libertad de elegir por él. Darek tiene que elegir. Y hasta que no lo haga… tu única obligación es sobrevivir. A ti misma te debes eso, Kailani. No te pierdas en su sombra.
La primera vez que sentí que algo iba mal fue una semana después. Me desperté gritando, con el sabor de la sangre en la boca, como si yo hubiera recibido un golpe. El dolor fue tan intenso que me arrodillé en el suelo, respirando entrecortadamente, esperando que pasara. Al amanecer, corrí a buscar noticias al centro de la aldea. Nadie sabía nada. Pero esa noche, cuando miré hacia las montañas donde se alzaba el palacio, vi una columna de humo oscuro elevarse lentamente contra el cielo estrellado.
Al día siguiente llegaron los rumores. Algo había ocurrido en el palacio. Un enfrentamiento. Nadie daba detalles claros, pero los mensajeros que pasaban por el pueblo hablaban en voz baja, con miradas inquietas. Decían que el príncipe había salido herido. Decían que había sido atacado. Decían que… había perdido el control de su instinto Alfa y que nadie se atrevía a acercarse a él.
Cada versión era diferente, pero todas me hacían el corazón latir con violencia contra las costillas. El dolor que había sentido aquella noche no había sido mío. Era suyo.
Pasaron tres días sin que supiera qué hacer. No podía ir al palacio. No podía presentarme ante las puertas reales y decir: "Vengo porque siento que duele". Me tomarían por loca. O peor. Me tomarían por algo que le pertenecía y que había escapado de su lugar. Pero cada hora que pasaba, esa punzada en el pecho se hacía más aguda, más insistente. Como si él me llamara, no con palabras, sino con el alma.
Una noche, cuando la luna estaba llena y blanca sobre el valle, no pude resistir más. Me puse mi capa más gruesa, recogí algunas hierbas curativas en una bolsa de tela, y salí de mi cabaña sin mirar atrás. Sabía que era una locura. Sabía que ponía en peligro todo: mi seguridad, mi hogar, mi libertad. Pero cuando el lazo te jala con tanta fuerza, no hay razón que lo detenga. Solo puedes correr hacia lo que te atrae, aunque sepas que podrías caer en el abismo.
El camino al palacio parecía mucho más largo de lo que jamás había imaginado. Subí durante horas, entre senderos helados y bosques silenciosos donde el único sonido era mi propia respiración y el crujir de la nieve bajo mis pies. La noche era profunda cuando llegué a las puertas principales. Eran enormes, de madera oscura reforzada con hierro, flanqueadas por dos torres que se alzaban hacia las nubes. Había guardias apostados, altos y silenciosos, con capas pesadas y lanzas en las manos.
Me escondí entre las sombras, con el corazón golpeándome contra la garganta. No podía entrar por ahí. Nadie me dejaría pasar. Pero recordé los mapas dibujados en polvo que había visto en la casa de Elara, los caminos antiguos que los constructores del palacio habían usado y que ahora casi nadie recordaba. Rodeé los muros altos, buscando entre la nieve y las sombras, hasta que encontré lo que buscaba: una entrada pequeña, casi oculta por hiedra muerta y rocas caídas. No estaba cerrada con llave, solo con una barra de madera que pude mover con esfuerzo contenido.
Caminé por pasillos estrechos y oscuros, iluminada solo por la luz pálida que se filtraba por las rendijas. El palacio olía a piedra fría, a cera quemada y a… algo denso y perturbador. Feromonas saturadas, tan fuertes que me dolió la cabeza al respirarlas. Era él. Estaba cerca. Y su dolor llenaba cada rincón como una niebla espesa.
Seguí ese rastro hasta llegar a una puerta al final de un largo corredor. No había guardias afuera. Nadie quería estar cerca de lo que había dentro. Empujé la puerta lentamente y entré.
La habitación era grande, con altos ventanales cubiertos por pesadas cortinas de terciopelo oscuro. En el centro, junto a una chimenea que apenas mantenía unas brasas encendidas, estaba él. Pero no era el príncipe que yo había visto en el camino. Estaba desaliñado, con el cabello revuelto y una venda sucia rodeando su brazo izquierdo. Se había sentado en el suelo, lejos del fuego, encogido como si el calor le quemara. Y cuando levantó la cabeza y me vio, sus ojos oscuros no mostraron alegría. Mostraron… terror.
—Vete —dijo, con la voz rasposa y rota—. Por favor… Kailani, vete. No deberías estar aquí.
Me quedé donde estaba, con la mano aún sobre el pomo de la puerta.
—Sentí que necesitabas ayuda —dije suavemente.
Él soltó una risa amarga y carente de toda alegría. Se llevó la mano sana al rostro y se pasó los dedos por el cabello, desesperado.
—No entiendes. No sabes lo que soy. Lo que puedo hacerte… —se interrumpió, respirando con dificultad. Sus pupilas se dilataban y se contraían como si luchara por mantener el control—. Esto es lo que ocurre cuando un Alfa pierde el dominio de sí mismo. Me convierto en… algo que no piensa. Solo siente. Solo quiere poseer. Si te acercas demasiado… no puedo garantizar que te dejes ir igual que llegaste.
—No vine porque crea que eres perfecto —dije, y di un paso hacia él, lento, para que pudiera verme venir—. Vine porque sé que hay alguien más dentro de ti que esa bestia a la que temes.
—Esa "bestia" es la que te quiere —dijo con intensidad, y su voz tembló entre la advertencia y la súplica—. No por tu mente. No por tus palabras. Por tu olor. Por lo que eres. Si te acercas, no será yo quien te reciba. Será el instinto. Y una vez que ceda… no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos. Te convertiría en mía. Y te mantendría a mi lado, no porque lo desees, sino porque mi biología me lo exigiría. ¿Eso es lo que quieres? ¿Ser cuidada… o ser prisionera?
Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier tormenta. Él no me estaba rechazando. Me estaba protegiendo de sí mismo. Y eso… eso era más peligroso que cualquier amenaza. Porque me hacía querer quedarme, aunque todo dentro de mí me gritara que huyera.