No recuerdo cuándo aprendí su voz. Solo sé que siempre ha estado ahí, al borde de mis pensamientos, como un segundo latido en mi pecho. Más antiguo que mis nombres, más fuerte que mis títulos, más real que cualquier corona que alguna vez me hayan puesto sobre la cabeza.
Él se llama Vorath.
Y no soy yo.
Es una conciencia distinta que comparte mi carne y mi sangre. A veces somos uno y lo mismo; a veces somos dos habitando el mismo cuerpo, mirando el mundo con ojos que ven cosas diferentes. Yo veo deber, sacrificio, equilibrio. Él ve instinto, verdad, supervivencia. Yo llevo la corona; él lleva la naturaleza de lo que soy. Y desde que vi a Kailani en ese camino de tierra, con la cesta de hierbas entre los brazos y el sol de la tarde en su cabello revuelto… Vorath ha estado despierto, hambriento, y casi fuera de mi control.
Estaba de pie junto al ventanal de mi habitación, mirando cómo la nieve empezaba a cubrir los jardines del palacio, cuando su voz resonó dentro de mi cabeza, grave y profunda, como el trueno que retumba en las montañas mucho antes de que llegue la tormenta.
—La buscas.
Cerré los ojos y apoyé la frente contra el cristal frío.
—No la busco. Sé dónde está. Y sé que no debo ir —respondí en silencio, solo para él.
—Yo la huelo. Y huelo lo que es. Ella es tierra que da vida. Semilla que florece. Las demás son piedras secas a su lado. Tú la mantienes lejos. Eso es crueldad, no sabiduría.
—Es protección. Si la encuentro, si cedo a lo que pides… la romperemos. Ella es frágil, Vorath. Libre. No es de las cosas que se atan con cadenas.
—No es una cadena. Es un lazo. Es casa. Es volver a donde perteneces y saber que ella está ahí esperando. Tú llamas eso cautiverio. Yo lo llamo estar completo.
Me giré y caminé con paso pesado hacia la chimenea. El fuego ardía, pero no me calentaba. Nada me calentaba desde aquel día.
—Ella no nos pertenece. Ninguna persona pertenece a otra, aunque el destino diga que sí. Y hay algo más… algo que la hace diferente, especial. Lo he sentido en su aroma. En la forma en que la tierra parece responderla. Si la reclamo sin pensar… la estoy poniendo en peligro por ser quien es.
—Entonces protégela siendo suyo. No siendo su carcelero. Hay diferencia, aunque tú te escondas detrás de tus reglas.
Me detuve, con los puños cerrados a los costados. No podía discutir con él. No cuando cada palabra suya tocaba la verdad que yo intentaba ocultarme a mí mismo.
Me desperté sudando, con el corazón golpeando contra mis costillas como si quisiera salirse. La habitación daba vueltas. El aire se sentía demasiado espeso, demasiado caliente, como si el invierno hubiera desaparecido en una sola noche para dejar lugar a un calor sofocante que venía desde dentro.
El celo de un Alfa no es como el de un Omega. No es espera. Es caza. Es necesidad. Es el cuerpo entero gritando que necesita a su pareja, ahora mismo, sin demora. Y en este estado, todo se intensifica: los olores se vuelven abrumadores, los sonidos demasiado agudos, los instintos demasiado poderosos para razonar.
Me arranqué la capa y la tiré al suelo, respirando entrecortadamente. Podía oír el latido del corazón de cada guardia al final del pasillo. Podía distinguir cada aroma que se filtraba por debajo de la puerta: cera, leña, piedra húmeda… y muy débil, muy lejano, el aroma de ella que aún parecía impreso en mis sentidos.
Vorath se agitaba, emergiendo a través de mí como una marea que sube sin que puedas detenerla.
—Ella es diferente. Su olor… es más fuerte. Más rico. Más vida.
—Es porque es Omega —jadeé, aunque sabía que era algo más—. Se dice que en este mundo, cada casta lleva su propósito. Los Betas son equilibrio, estabilidad, el pueblo que sostiene todo sin buscar dominar. Los Alfas… somos fuerza, protección, liderazgo. Pero a veces… somos demasiado. Demasiado intensos, demasiado consumidores. Por eso las Alfa mujeres… son pocas, y rara vez tienen descendencia. Su propia fortaleza se vuelve contra ellas. Su cuerpo no está hecho para crear vida, sino para dirigirla.
—Y los Omegas…
—Los Omegas son el milagro que este mundo olvida valorar —continué, con la voz baja y pesada—. Son la raíz. Donde los Alfas construyen muros, ellos construyen hogar. Y su cuerpo… es la tierra más fértil que existe. Más que cualquier Beta, más que cualquier Alfa. Un Omega puede concebir donde otros no pueden. Puede sostener la vida con una facilidad que asombra. Es como si la naturaleza misma les hubiera dado lo que le negó a los demás: la capacidad de multiplicarse, de florecer, de no extinguirse jamás.
—Ella lleva esa abundancia en la sangre. Si la tomamos… la vida responde a ella. Crece en torno a ella.
—Por eso hay tanto peligro —dije, sentándome con dificultad en el borde de la cama—. Los que gobiernan saben esto. Saben que una Omega fértil es valiosa. Que puede dar linaje fuerte, muchos herederos, poder asegurado por generaciones. No me buscan a mí por mí. Me buscan por lo que puedo asegurar. Y si descubren lo que ella es… no la verán como persona. La verán como semilla preciosa que deben cultivar, controlar, usar. Y su don… eso la hace aún más única, más codiciada.
—¿Su don?
—He visto cómo la hierba se inclina hacia ella. Cómo las flores se abren cuando pasa. Cómo lo marchito vuelve a crecer en sus manos. No es magia de cuentos. Es algo que corre por sus venas, algo que habla con la tierra misma. Puede hacer brotar vida donde solo hay sequía… o dejar que todo se vuelva polvo si así lo desea. Es vida y muerte en manos de una sola persona. Y eso… eso es algo que los reyes querrán controlar a toda costa.
—Entonces somos su escudo. Nadie la tocará. Nadie la usará.
—Eso intento creer —susurré, abrazándome a mí mismo mientras el calor del celo me recorría entero—. Pero a veces me pregunto… ¿soy su protección… o soy la jaula más dorada de todas?
Me puse de pie de golpe, caminando de un lado a otro de la habitación como una bestia enjaulada. Mis dientes dolían. Mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos sin que apenas lo notara. Todo en mí gritaba que corriera hacia el bosque, hacia el valle, hacia ella. Que la tomara, que la llevara conmigo, que la marcara para que nadie más pudiera siquiera acercarse.
Eso era lo peor: no era solo deseo. Era posesión instintiva. La biología armada con poder, tal como dicen que es la oscuridad de nuestro mundo. Y yo tenía miedo. No de ella. De mí mismo. De lo que Vorath podría hacerme hacer si soltaba las riendas.
—El miedo te hace débil. El miedo te aleja de lo que necesitas para estar completo.
—El miedo me mantiene cuerdo —respondí, deteniéndome frente al espejo—. Mírame. Soy capaz de destrozar todo lo que amo si pierdo el control. ¿Qué clase de compañero soy para alguien tan especial como ella?
En el reflejo, mis ojos cambiaron. Por un instante, el color oscuro se tornó dorado en los bordes, las pupilas se alargaron, y vi su sombra tras la mía: alto, pelaje oscuro como la medianoche, ojos que brillaban con inteligencia antigua. Vorath, mirando a través de mí, juzgando mis debilidades con una paciencia que yo no tenía.
—No eres solo destrucción. Eres también refugio. Cuando la tormenta llegue, ella no buscará al hombre que duda. Buscará al lobo que no teme enfrentar el viento. Aprende a ser ambos. No uno luchando contra el otro.
Cerré los ojos y respiré hondo, intentando encontrar ese equilibrio. No era fácil ser dos naturalezas en un solo cuerpo. A veces sentía que me partía por la mitad: por un lado, el príncipe que debía casarse con una Alfa de linaje para asegurar la paz del reino; por el otro, el hombre que soñaba con una Omega del valle que hablaba con las plantas y olía a tierra mojada y lluvia.
—¿Sabes lo que significa, verdad? —le dije en voz baja—. Si la reclamo como mía, el mundo entero sabrá que renuncio a una unión política por una chica sin título. Me llamarán loco. Débil. Y a ella… la culparán de todo. Dirán que me hechizó, que me usó, que es una plaga que debemos extirpar.
—Que digan lo que quieran. La verdad no vive en sus bocas. Vive en la tierra que ella hace florecer. En el aire que respiras cuando estás cerca de ella. Si te importa más lo que digan que lo que sientes… entonces sí, eres débil. Pero no me arrastres a mí a tu cobardía.
—No es cobardía. Es responsabilidad. Tengo un pueblo que depende de decisiones que duelen. No puedo huir solo porque mi corazón me grita que corra hacia los cerros.
—Un rey sin corazón es solo una estatua de piedra. Y las estatuas no aman. No protegen. Solo están ahí hasta que se caen en pedazos.
Cuando la vi entrar por la puerta de mi habitación, con el frío del invierno aún en su ropa y esa expresión de valentía temblorosa en sus ojos, Vorath rugió dentro de mí. No fue un sonido que saliera de mi garganta. Fue una vibración que sacudió cada parte de mi ser.
—Aquí está. Nuestra.
Pero entonces ocurrió algo que no esperaba. Ella se detuvo junto al jarrón seco que había en la mesa, algo que había estado muerto desde antes de que yo naciera. Pasó su mano sobre las ramas secas, sin tocarlas del todo, y… vi cómo brotaba un brote verde. Pequeño, tímido, imposible en pleno invierno. La vida respondía a ella como responde a la lluvia.
—Ella ordena a la tierra y la tierra obedece —dijo Vorath, con un asombro reverente—. No es solo una chica. Es el corazón del bosque caminando entre nosotros.
—Sal de aquí —le dije, con la voz quebrada, retrocediendo hasta chocar contra la pared, manteniendo la distancia como si ella fuera fuego y yo cera—. Por favor, Kailani. Vete. No sabes lo que soy ahora mismo. No sabes lo que despiertas en mí.
Ella no se fue. Se quedó ahí, pequeña pero firme, con el corazón latiéndole visiblemente en el cuello, y acercó su mano a una rama muerta del jarrón. Las hojitas verdes se desplegaron ante mis ojos, frescas y vivas.
—No soy solo lo que parezco, Darek —dijo suavemente—. Puedo hacer crecer. Y también puedo hacer marchitar. Si alguien intenta usarme… si alguien intenta lastimarme… no soy tan frágil como crees. La tierra puede dar alimento… y también puede devorar lo que la pisotea.
Vorath se calmó, solo un instante, confundido. Nadie le hablaba así a una bestia. Nadie se paraba frente a él sin huir. Nadie le mostraba que también tenía poder propio.
—Ella tiene dientes. Y raíces profundas. No es nuestra posesión. Es nuestra igual. Nuestra compañera.
—Eso es lo que me aterra —admití en un susurro que solo él escuchó—. Que la ame tanto que deje de ver que no me necesita. Que su mundo sea tan completo sinmigo como conmigo.
—Entonces sé digno de que te elija. No porque la necesites. Porque ella te eligió a ti.