Siempre supe lo que era. O mejor dicho, siempre me dijeron lo que era.
—Eres una Omega, Kailani —me repetían desde que era pequeña, como si fuera una etiqueta cosida a mi nombre, algo que no podía quitarme ni aunque quisiera—. Eres suave. Eres pequeña. No levantas la voz. No desafías a quienes son más fuertes que tú. Tu lugar es donde puedas cuidar, sanar, estar en paz. No donde haya que luchar.
Y yo asentía. Aprendía las reglas como se aprende el camino a casa: de memoria, sin cuestionarlas demasiado. Los Alfas son el cielo y el trueno. Los Betas son la tierra firme bajo los pies. Y los Omegas… somos el suelo donde todo se asienta. Importante, sí. Necesario, sin duda. Pero siempre en silencio. Siempre esperando a que alguien más nos guíe.
Pero había algo que nunca encajaba del todo.
Mientras las demás niñas de mi aldea empezaban a sentir ese cambio interior, esa voz que despierta poco a poco, esa conciencia que dice yo estoy aquí contigo, yo… yo seguía esperando. Cerraba los ojos en la oscuridad de mi cabaña, ponía la mano sobre mi pecho y escuchaba con todas mis fuerzas, esperando oír algo que no fuera mi propia respiración. Algo que me dijera: hola, soy yo. No estás sola dentro de ti.
Pero el silencio era siempre mi única respuesta.
—¿No la has sentido todavía? —me preguntó una vez Mara, cuando teníamos quince años, con esa mezcla de curiosidad y lástima que dolía más que una burla—. Dicen que es como tener una hermana que vive en tu interior. Que te habla cuando tienes miedo. Que sabe cosas que tú aún no has visto.
—No —le respondí, mirando mis manos vacías—. No siento nada. Solo yo.
—Quizás llega más tarde —dijo ella, aunque su voz sonaba insegura—. O tal vez… tal vez no todos los Omegas tienen una.
Nadie lo decía en voz alta, pero yo lo sentía en las miradas que me cruzaban en el pueblo. Si no tienes a tu loba, entonces eres menos completa. Estás rota. No eres realmente lo que se supone que debes ser. Un Omega sin su bestia es como un pájaro sin alas: sigue existiendo, pero le falta la parte más importante de sí mismo.
Yo era la chica incompleta. La que nunca despertó a su otra mitad. La que caminaba por el mundo entera por fuera, pero con un espacio vacío y oscuro en el centro del alma.
Con el tiempo aprendí a no hablar de ello. A sonreír y asentir cuando los demás hablaban de sus instintos, de sus transformaciones, de esa voz que les aconsejaba en momentos difíciles. Aprendí a fingir que yo también la tenía, que yo también escuchaba sus consejos, que no me sentía como la única persona en el mundo que vivía sin saber lo que era tener a alguien más dentro de su propia piel.
Pero si no tenía a mi loba… ¿de dónde venía todo lo demás?
No recuerdo cuándo descubrí que podía hablar con las plantas. Simplemente siempre supe que lo hacía. Cuando era pequeña y lloraba porque me sentía sola, me iba al bosque y me sentaba entre los helechos. No les decía palabras con la boca. Les hablaba con algo más profundo. Con el mismo silencio en el que esperaba encontrar a mi loba. Y ellos respondían.
Si estaba triste, las flores abrían sus pétalos un poco más, como si me sonrieran. Si estaba enojada, las hojas se ponían rígidas y las hierbas se erguían a mi alrededor como si compartieran mi furia. Si estaba tranquila, el aire olía más dulce y las raíces bajo mis pies parecían latir al mismo ritmo que mi corazón.
Era mi secreto más grande y precioso. El lugar donde no me sentía rota. Donde yo tenía voz, y las cosas vivas me escuchaban.
—¿Qué eres tú? —me preguntaba a mí misma al ver cómo una flor marchita revivía al contacto de mis manos—. Si no tengo loba… ¿entonces qué soy?
Nadie sabía responderme. Las abuelas decían que era una gracia de la tierra. Que algunos nacían con manos verdes y corazón paciente. Pero yo sentía que era algo más. Que esa conexión, esa capacidad de hacer florecer y de marchitar, no era algo que yo tenía. Era algo que yo era. Como si la naturaleza misma hubiera decidido instalarse en mi pecho en lugar de esa bestia que todos esperaban encontrar ahí.
A veces, en los momentos de mayor calma, cuando estaba rodeada de árboles antiguos y tierra húmeda, creía sentir algo. No una voz. Más bien una sensación. Una presencia muy lejana, como alguien que intenta hablar desde el otro lado de un río ancho y oscuro. Algo que me llamaba, pero que no lograba cruzar hasta mí.
—¿Estás ahí? —le preguntaba en mi mente, con la esperanza latiéndome suavemente—. ¿Eres tú, mi loba? ¿Por qué no vienes? ¿Estás atrapada?
Y la tierra respondía con un temblor suave bajo mis manos. Las hojas susurraban con el viento. Pero ella… ella nunca llegaba lo suficiente para que yo la conociera.
Los libros del palacio han confirmado lo que siempre supe en el fondo: en este mundo, todo se clasifica. Todo tiene su lugar, su valor, su renglón. Y según todas las páginas que he leído aquí en la biblioteca real, yo estoy en el escalón más bajo.
"Los Omegas ocupan el rango más bajo de la jerarquía. Su propósito principal es la estabilidad emocional y la procreación. Poseen instintos agudizados pero escasa capacidad de liderazgo o confrontación. Su fuerza radica en su fertilidad y su naturaleza pacífica."
Leí esas líneas una y otra vez, buscando algo que me describiera. Pero en ningún lado decía: hay Omegas que pueden hacer crecer un bosque con una sola mano. En ningún lado decía: algunos pueden sentir lo que siente cada ser vivo que crece de la tierra. En ningún lado decía: y a veces, el poder que llevan dentro es tan grande que ni ellas mismas se atreven a creer que les pertenece.
Me reí, con una risa suave y triste, cerrando el libro pesado sobre la mesa. Si solo supieran. Si el Rey supiera que la "herramienta" que tiene encerrada en su palacio podría, si quisiera, hacer que las enredaderas rompieran estas paredes de piedra. Que podría secar cada fuente, marchitar cada jardín, hacer que el suelo se abriera bajo sus pies. Pero no lo hago. Porque no quiero destruir. Quiero crear. Y esa es la diferencia entre su poder y el mío.
Un día, mientras estaba en el jardín trasero del palacio, observando cómo las rosas se abrían ante mis ojos sin que yo hiciera más que desearlo, escuché esa sensación otra vez. Esa presencia familiar que siempre estaba justo fuera de mi alcance. Esta vez fue más fuerte. Más clara.
—¿Eres tú? —pregunté, cerrando los ojos y apoyando la frente contra una flor recién abierta—. ¿Por qué no te dejas ver? ¿Tienes miedo de mí? ¿O tengo yo miedo de ti?
Y por primera vez, sentí una respuesta que no venía de las plantas. Venía de dentro. Una emoción pura: no miedo. Anhelo. Una nostalgia inmensa, como si lleváramos separadas toda una vida y no supiéramos cómo volver a encontrarnos.
—Estás aquí —susurré, con lágrimas que se me escapaban sin querer—. No estoy loca. Realmente estás aquí, pero algo te impide salir. Algo te mantiene encerrada.
Sentí un impulso de dolor tan agudo que me llevó la mano al pecho. Sí. Algo la tenía prisionera. Y yo no sabía qué era. Solo sabía que cuanto más usaba mi poder sobre las plantas, más cerca la sentía. Como si cada brote que hacía nacer fuera una lluvia pequeña que caía sobre el río que nos separaba, llenándolo poco a poco para que pudiera cruzar nadando hacia mí.