Hay rincones en este palacio que parecen no pertenecer a nadie. Pasillos que se bifurcan hacia la sombra, escaleras que terminan en puertas que nadie usa, patios traseros donde la hierba crece sin que nadie la corte, como si el tiempo se hubiera olvidado de correr por allí.
Yo los encontré poco a poco, como quien encuentra un secreto que las paredes mismas le han susurrado. El palacio no es solo piedra y torres. Tiene memoria. Y tiene vida. Bajo mis pies, donde nadie más mira, la tierra me habla. Me dice dónde está blanda, dónde está seca, dónde hay semillas esperando solo que alguien les diga que pueden despertar.
Esa mañana, después de que Seraphina me lanzara esa mirada cortante en el jardín principal y se marchara con la cabeza alta como si el mundo entero debiera apartarse a su paso, no regresé a mi habitación. Seguí el rastro que la tierra me mostraba: un sendero de tierra compactada que rodeaba la torre oeste, cubierto de hojas secas y ramas caídas, que llevaba hasta una puerta de madera medio podrida escondida entre hiedra salvaje.
La abrí con cuidado. Chirrió, un sonido largo y olvidado, y al cruzar el umbral… sentí que había entrado en otro mundo.
Era un jardín pequeño, rodeado de altos muros de piedra cubiertos de enredaderas marchitas. En el centro, una fuente de piedra seca, con una figura rota que alguna vez debió ser un ciervo o un lobo. Y alrededor… todo estaba muerto. Rosas secas, arbustos sin hojas, tierra agrietada y gris. Como si nadie hubiera puesto amor en este lugar en décadas. Como si alguien lo hubiera abandonado a propósito, dejando que el invierno se lo llevara todo.
Me senté en el borde de la fuente fría y abracé mis rodillas. Aquí, entre lo que nadie quería, no tenía que ser fuerte. No tenía que demostrarle a nadie que merecía estar aquí. Aquí podía ser simplemente… yo. La chica que no tenía loba. La chica que hablaba con las plantas. La que sentía que el mundo entero esperaba algo de ella y no sabía si sería capaz de entregarlo.
—¿Por qué están tan tristes? —susurré, extendiendo la mano hacia una rama seca que colgaba casi tocándome la cabeza—. ¿Quién los dejó solos?
No esperé respuesta. Solo… puse mi palma sobre la tierra agrietada a mis pies. Cerré los ojos. Y respiré hondo.
No intenté obligar a nada a crecer. Simplemente… envié calma. Envié calor. Envié esa parte mía que siempre guardo para lo que sufre en silencio. Le dije a la tierra: No tienes que estar sola. Estoy aquí.
Al principio nada pasó. Entonces, muy despacio, sentí algo. No con mis ojos. Con mis huesos. Con la sangre que recorría mis venas. Un latido lento y profundo que subía desde las raíces más antiguas de este lugar. Un eco que respondía al mío.
—¿Qué haces aquí?
Me sobresalté y retiré la mano de golpe, abriendo los ojos de par en par. Darek estaba en la puerta, con el sol de la tarde entrando a su espalda, dibujando su silueta contra la luz dorada. No se veía enojado. Se veía… asombrado. Como si hubiera encontrado algo que creía perdido para siempre.
—Yo… no sabía que este lugar le perteneciera a alguien —dije, poniéndome de pie rápidamente, sintiéndome descubierta—. La puerta estaba abierta y… vi que necesitaba ayuda.
Darek entró al jardín, caminando despacio como si temiera que el lugar fuera a desaparecer si hacía un movimiento brusco. Pasó la mano por el borde de la fuente seca y luego miró a su alrededor, a los arbustos muertos, a las enredaderas sin vida.
—Este era el jardín de mi madre —dijo en voz baja, con una ternura que nunca antes le había escuchado—. Ella amaba este lugar. Lo llenaba de flores que no deberían crecer en nuestro clima, de hierbas que traía de viajes lejanos, de árboles que ella misma plantaba con sus propias manos. Cuando… cuando ella murió, mi padre ordenó que lo cerraran. Que nadie entrara jamás. Dijo que le recordaba a lo que había perdido. Pero creo… creo que era él quien no soportaba ver que algo seguía vivo aunque ella ya no estuviera.
Se volvió hacia mí, y sus ojos oscuros estaban brillantes, como si estuviera sosteniendo las lágrimas con todas sus fuerzas.
—Nadie ha pisado este lugar en dieciséis años. Nadie excepto tú.
Me quedé quieta, con las manos entrelazadas frente a mí, sintiendo la emoción que emanaba de este lugar antiguo y querido.
—Lo siento —dije suavemente—. No sabía que era un lugar sagrado para ti. Me iré ahora mismo.
—No —dijo rápidamente, dando un paso hacia mí—. No te vayas. Por favor. Es solo que… nunca he visto que nadie más entendiera este lugar como tú lo haces. Mi madre tenía algo parecido a lo que tienes tú. No sabía controlarlo tan bien, pero… las plantas siempre la escuchaban. Decía que no las obligaba a crecer. Que simplemente les recordaba que estaban vivas.
Se acercó un poco más, y esta vez no retrocedí.
—Ella era Omega —confesó, y pareció que esas palabras pesaban mucho al salir—. Mi madre era una Omega. Y mi padre le ocultó eso al reino entero. Porque un rey casado con una Omega se considera débil. Se dice que está bajo la influencia de su pareja. Así que todos creían que ella era una Beta. Solo yo sabía la verdad. Y solo yo sabía por qué siempre estaba tan triste… por qué siempre se sentía como si no perteneciera a este mundo de piedra y sombras.
Mi corazón dio un vuelco lento y pesado. Su madre era como yo. Y ella también… ¿no tenía a su loba? ¿O también la tenía atrapada?
—¿Ella… podía sentir a su loba? —pregunté, casi sin atreverme a escuchar la respuesta.
Darek miró hacia los muros del jardín, hacia las ramas secas que se mecían suavemente con el viento.
—Ella decía que su loba dormía. Que estaba profundamente dormida dentro de ella y que no sabía cómo despertarla. Pero que en su lugar, la tierra le hablaba. Que las raíces eran su voz y las hojas sus oídos. Y que algún día… alguien nacería que podría despertar lo que ella no pudo.
Se volvió hacia mí, y en su mirada había algo que me hizo sentir que me desnudaba el alma.
—Cuando te vi aquí, con las manos en su tierra… sentí como si ella misma estuviera aquí, de pie entre nosotros. No sé quién eres realmente, Kailani. Pero cada día que pasa estoy más convencido de que llegaste aquí por una razón que ninguno de los dos comprende todavía.