La Omega Del Norte

El sueño de raíces y sombras

El sueño no empezó como los demás.
No había cielo ni suelo. No había sol ni luna. Solo… un silencio espeso, vivo, que respiraba. Y en medio de todo ese vacío suave, yo estaba de pie, descalza, sobre tierra oscura y tibia que latía bajo mis pies como un corazón dormido.
Di un paso. Luego otro. No sabía hacia dónde iba, pero mis pasos no eran míos del todo. Algo me guiaba. Algo que conocía este lugar mucho mejor que yo.
Entonces, la niebla se apartó lentamente… y vi el castillo.
Pero no era el palacio que conocía. No con sus paredes lisas de piedra gris, sus torres ordenadas, sus ventanas cuadradas y frías. Este era el mismo edificio, sí, reconocí la silueta, la forma de las almenas, la torre oeste donde estaba mi jardín secreto… pero estaba devorado.
Enormes enredaderas de hojas oscuras, casi moradas, trepaban por sus muros como venas verdes que bombeaban vida a una piedra que no debía vivir. Raíces gruesas como troncos de árboles antiguos rompían los cimientos, envolvían las columnas, abrazaban las torres hasta casi ocultarlas bajo una marea de follaje. Flores de pétalos negros y brillantes como aceite se abrían entre las grietas, soltando un polvo que brillaba en la penumbra. Y por todas partes… ojos. Cientos de ellos, dibujados en los patrones de las hojas, en las vetas de la madera, en el centro de cada flor. Observándome. Esperándome.
Me acerqué, sin miedo aunque debería haberlo sentido. Algo me decía que este poder era mío. Que yo lo había soñado aquí. Que yo lo había llamado sin saberlo.
—¿Qué son? —susurré, extendiendo la mano hacia una enredadera que se mecía sin viento.
La planta se inclinó hacia mí como si me saludara, y de entre sus hojas brotó una voz, suave como el susurro de muchas hojas a la vez:
—Somos lo que reprimes. Somos lo que temes. Somos la otra mitad de tu don, Kailani. La que nadie te ha enseñado a ver.
Entré al castillo. Las puertas se abrieron solas ante mí, girando sobre goznes de madera que no crujieron. El gran salón donde el Rey solía sentarse en su trono… estaba irreconocible. Los suelos de mármol estaban levantados en olas de tierra y raíces. Las velas habían sido reemplazadas por flores que emitían una luz tenue y verdosa. Y en el centro de la sala, donde solía estar el trono de piedra, crecía un árbol colosal que atravesaba el techo y se perdía hacia lo alto, con ramas que se entrelazaban como dedos pidiendo algo al cielo.
Caminé entre los escombros y la vegetación, y cada paso que daba, sentía algo nuevo despertar dentro de mí. No era la calma que siempre conocía. Era algo más pesado. Más antiguo. Una fuerza que no pide permiso. Que no negocia. Que simplemente… es.
—¿Por qué me muestran esto? —pregunté, y mi voz resonó en toda la sala como si el aire mismo la repitiera.
Una de las enredaderas que colgaban del techo descendió lentamente hasta quedar justo frente a mi rostro. Tenía espinas largas y afiladas que brillaban como cristal oscuro.
—Porque crees que tu poder es solo dar vida. Que ser suave significa ser débil. Que florecer es todo lo que puedes hacer. Pero la naturaleza tiene dos caras, hija de la tierra. Da… y quita. Construye… y destruye. Y tú has olvidado que donde cae un bosque entero, también nacen semillas que esperaban siglos para ver la luz.
La enredadera se apartó, y vi lo que había detrás de ella. Imágenes. Como espejos flotando en el aire. Vi cómo esas mismas plantas envolvían los muros del palacio y los hacían añicos con una presión lenta e imparable. Vi cómo las raíces rompían cimientos que llevaban siglos en pie. Vi cómo un campo de flores blancas se tornaba oscuro y marchito en cuestión de segundos, secando la vida de todo lo que lo rodeaba. Vi puentes de madera pudrirse en minutos, hierro oxidarse como si hubiera pasado milenios, y tierra fértil convertirse en polvo estéril que el viento se llevaba sin dejar rastro.
Di un paso atrás, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—Yo no quiero destruir —dije, con la voz temblorosa—. Yo solo quiero cuidar. Solo quiero que todo crezca y esté bien.
—¿Y si el mal no muere con bondad? —preguntó el bosque entero a una sola voz—. ¿Y si hay cosas que solo ceden ante algo igual de fuerte que ellas? Ser buena no te protege de quienes no tienen bondad. Ser fuerte… sí.
Caminé más profundo en el sueño, y llegué a una sala que reconocí al instante: era mi propia habitación en el palacio. Pero allí, en el rincón donde yo solía poner mis pequeñas plantas, había algo distinto. Una figura hecha de ramas y raíces retorcidas, sentada en el suelo, encogida sobre sí misma.
Me acerqué con cautela. La figura no se movió, pero sentí que sabía que estaba ahí.
—¿Quién eres? —le pregunté suavemente.
La criatura de madera y corteza levantó la cabeza. Y aunque no tenía rostro, supe que era yo. Sus formas eran las mías. Su postura era la mía. Y cuando habló, su voz resonó en mi propia garganta:
—Soy la parte que temes. Soy la mano que puede derribar lo que ha crecido torcido. Soy la tormenta que limpia el bosque enfermo. Y me has tenido encerrada porque crees que soy oscuridad. Pero no soy oscuridad. Soy equilibrio.
—Si te suelto… ¿qué harás? —pregunté, sintiendo cómo el miedo empezaba a mezclarse con algo más: comprensión.
La figura se puso de pie. Era más alta que yo. Más fuerte. Las ramas que le servían de brazos se alzaron lentamente, y al hacerlo, brotaron flores en sus dedos… y espinas en sus antebrazos.
—Haré lo que nacimos para hacer. Proteger lo que es nuestro. Y si alguien se interpone… si alguien intenta arrancar nuestras raíces… entonces sí, Kailani. Entonces destruiremos lo que deba caer para que lo nuevo pueda nacer. No soy tu enemiga. Soy tu escudo cuando las palabras no basten.

Entonces el sueño cambió. De repente, ya no estaba sola con el castillo y las voces. Vi escenas como si estuvieran ocurriendo justo frente a mis ojos:
Vi a Seraphina vertiendo ese líquido oscuro en mi jardín. Vi cómo la tierra se quemaba. Vi cómo las plantas gritaban en un lenguaje que solo yo podía escuchar.
Vi al Rey hablando con personas que no conocía, diciendo que debían "asegurar mi linaje", que mi poder debía ser "aprovechado antes de que yo comprendiera su verdadera magnitud". Vi papeles con sellos que no entendía, contratos que me reducían a algo que no era mío.
Vi a Darek, solo en su habitación, hablando con Vorath, preocupado porque sentía que algo en mí estaba cambiando. Vi cómo su lobo, en su forma sombría, miraba hacia donde yo estaba con una mezcla de asombro y temor, porque incluso él no podía medir cuánto poder dormía en mí.
Y entonces… llegó la imagen que me heló la sangre.
Vi a mi aldea. Mi hogar. Las cabañas de madera, el río donde jugaba de niña, el claro donde solía hablar con los árboles. Y vi soldados vestidos con los colores del palacio marchando hacia allá con antorchas en la mano. Escuché lo que decían: "Si no se puede controlar lo que ella es… hay que eliminar todo lo que la nutre. Cortar la raíz para que no crezca una amenaza."
—¡No! —grité, y mi voz sonó como el crujir de mil árboles sacudidos por una tormenta—. ¡No ellos! ¡Ellos no tienen nada que ver con esto!
La figura de raíces a mi lado extendió una mano y la imagen se detuvo, congelada como una pintura sobre hielo.
—Entonces elige —me dijo—. ¿Dejas que corten tu mundo porque te niegas a usar toda tu fuerza? ¿O aceptas que hay una tormenta dentro de ti que nadie ha enseñado a respetar? El don no es solo dar vida, Kailani. Es decidir qué vive y qué muere. Y esa decisión… es la que te convierte en poderosa o en víctima.




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