Caminé sin mirar hacia atrás. No porque fuera fuerte. Sino porque si miraba, algo en mí se rompería en mil pedazos y quizás ya no podría volver a armarme.
El camino hacia el bosque era oscuro y silencioso. Las ramas de los árboles parecían inclinarse curiosas al verme pasar, y donde mis pies tocaban la tierra, las hojas se ponían amarillas y caían antes de tiempo. No lo hacía a propósito. Simplemente… el dolor se filtraba por mis manos y mis pasos, y todo lo que me rodeaba lo sentía conmigo.
Me dolía el pecho de una forma que no era solo tristeza. Era como si me hubieran arrancado algo que necesitaba para respirar. Cada paso me alejaba más de él, y cada paso se sentía más pesado que el anterior. ¿No se supone que cuanto más lejos están, más duele el vínculo? pensé, abrazándome a mí misma contra el frío de la noche. Entonces… ¿por qué me duele tanto? ¿Por qué siento como si una parte de mí se estuviera muriendo?
Me detuve en un claro donde la luna se filtraba entre las copas de los árboles. Me senté sobre una piedra cubierta de musgo seco y escondí el rostro entre mis manos. Las lágrimas no querían salir, pero sentía el pecho apretado como si me estuviera ahogando en silencio.
—Pensé que eras diferente —susurré al viento—. Pensé que al menos tú… tú me veías. Pero supongo que todos ven lo que les conviene ver. Soy útil mientras sirvo. Y cuando deje de servir… entonces no soy nadie.
El silencio me respondió. Pero no era el silencio vacío de siempre. Era un silencio lleno. Esperando. Como si el bosque enteo contuviera el aliento esperando que dijera algo más.
—¿Vas a quedarte llorando toda la noche, o vamos a hacer algo de provecho con toda esa pena?
Me quedé inmóvil. No era el viento. No era un animal. Era una voz. Profunda, serena, tan antigua como las raíces bajo mis pies. Y venía de dentro de mí, pero no era mi propia voz.
Levanté la cabeza lentamente. Y ante mis ojos, en la penumbra del claro, algo empezó a tomar forma. No era una sombra. Era luz y oscuridad juntas. Una silueta alta, imponente, de pelaje que brillaba como la noche estrellada, con ojos dorados tan antiguos que parecían haber visto nacer y morir mil mundos. No era solo una loba. Era algo más. Mucho más.
—¿Quién eres? —susurré, sin miedo, pero con el corazón latiéndome con fuerza—. ¿Eres… eres tú? ¿La que siempre he buscado?
La loba caminó hacia mí. Sus pasos no hacían ruido sobre la tierra. Donde ella pisaba, la hierba se levantaba reverente. Se sentó justo frente a mí, y su mirada no era suave ni cariñosa. Era firme. Directa. Como alguien que no necesita adornar la verdad.
—Soy Lunara —dijo, y su voz resonó en mis huesos y en el aire y en la savia de los árboles a la vez—. La que está antes de que hubiera soles ni lunas. La que sostiene la vida y recibe a los muertos. Yo soy el principio y el final. Y tú… eres yo, caminando con pies mortales.
Me quedé sin aliento. Lunara. El nombre sonaba perfecto. Vida y muerte en una sola palabra. Creación y descanso. La diosa que nadie esperaba encontrar en una chica sencilla que solo quería que las flores crecieran.
—Lunara… repetí suavemente—. He esperado tanto tiempo escucharte. Pensé que estabas atrapada. Que no podías salir. Que yo estaba incompleta sin ti.
Lunara movió lentamente la cabeza, y una sonrisa que no era suave pero sí sabia curvó sus labios.
—No estaba atrapada. Estaba esperando. Esperando a que entendieras que no soy tu compañera. Soy tu esencia. No vivo dentro de ti como algo separado. Yo soy lo que eres cuando dejas de intentar ser pequeña para complacer a los demás. Y he permanecido en silencio porque necesitabas aprender esto por ti misma: nadie te completa. Tú ya eras completa. Solo te faltaba creerlo.
—Duele —admití, y por fin las lágrimas rodaron por mis mejillas, calientes y rápidas—. Pensé que el vínculo… pensé que cuanto más lejos fuera, más me dolería. Pero duele más de lo que imaginaba. ¿Siempre será así? ¿Siempre sentiré que me falta algo cuando esté lejos de él?
Lunara me miró con esos ojos dorados que veían hasta lo más profundo de mi alma.
—¿Quién te dijo que estabas marcada? —preguntó con calma, pero con esa firmeza que no acepta dudas—. ¿Quién te dijo que necesitas que alguien te marque para ser suya?
Bajé la mirada, confundida.
—Es lo que siempre se dice. Los alfas marcan a sus omegas. Es el vínculo. Es para siempre. Es lo que une a las parejas. Yo… yo creí que algún día…
—Escúchame bien, Kailani —dijo Lunara, y su voz bajó como un trueno lejano pero poderoso—. Tú no eres una Omega esperando que alguien te reclame. Tú eres la Reina. La Alfa de las Alfas. Y una reina no espera a que nadie la marque. Ella elige. Y ella marca.
Di un paso atrás, asombrada.
—¿Marcarlos… yo?
—Exactamente. El vínculo que todos conocen es una cadena que creen necesaria. Pero tú no necesitas que nadie te ate. Si decides tener compañeros, serán porque tú los eliges libremente. Si decides crear un vínculo, será tú quien lo forme. Y será tan fuerte o tan suave como tú decidas. Podrías tener muchos vínculos si así lo quisieras. O ninguno. Ningún ser en este mundo tiene autoridad sobre tu corazón excepto tú. No eres propiedad de nadie. Eres la dueña de todo lo que eres, de todo lo que sientes, de todo lo que eliges.
Me llevé una mano al pecho, donde el dolor aún latía, pero ahora… ahora había algo más mezclado con él. Una chispa. Una verdad que resonaba tan profundo que dolía admitir que siempre lo supe.
—Entonces… no estoy rota porque no me haya marcado —susurré—. No estoy incompleta porque él no me haya reclamado.
—Nunca lo estuviste —confirmó Lunara—. Y ese dolor que sientes ahora… no es el vínculo rompiéndose. Es tu corazón rompiéndose porque creíste que necesitabas de él para ser valiosa. Y duele soltar esa creencia. Pero sanarás. Y cuando sanes, entenderás que no eres menos porque él no te valorara. Él aún no comprende qué es lo que tiene delante. Y quizás… quizás algún día lo entienda. Pero para entonces, tú ya habrás descubierto que no necesitas que nadie te entienda para ser poderosa.
Miré mis manos. La tierra bajo mis pies dejó de temblar con mi tristeza. Se calmó. Como si supiera que por fin estaba escuchando la verdad.
—¿Y si no quiero que me encuentre? —pregunté, mirando a Lunara a los ojos—. ¿Si lo que más deseo ahora mismo es que no pueda sentirme? Que no pueda seguirme? ¿Puedo… puedo desaparecer de su mundo sin desaparecer de este?
Lunara me observó largo rato.
—Puedo hacer eso —dijo finalmente—. Puedo cerrar tu esencia. Tu olor, tu rastro, tu energía… todo quedará silenciado. Para todos los que no saben buscar con el alma pura, será como si nunca hubieras existido. Como si te hubieras desvanecido en el aire. Pero hay un precio.
—¿Cuál? —pregunté, dispuesta a pagar lo que fuera con tal de no ser encontrada ahora que estaba tan herida.
—Para él… se sentirá como si hubieras muerto —dijo ella con franqueza—. Todo ese vínculo que él cree que existe, toda esa conexión que él siente hacia ti… se cortará de golpe. No te sentirá en absoluto. Y la ausencia de ti le dolerá como una herida que no cierra. Para ti… no sentirás nada de él. Ningún dolor. Ninguna nostalgia que te atrape. Estarás libre de su influencia, de su presencia, de su recuerdo pesando en tu pecho. Pero debes saber esto: puedes revertirlo en cualquier momento. Cuando estés lista. Cuando sientas que ya no necesitas esconderte. Solo tienes que llamarme. Y volverás a estar presente para quien deba encontrarte. Pero mientras esté activo… él sufrirá tu pérdida como la muerte misma. ¿Estás segura de querer hacerle sentir eso?
Cerré los ojos. Pensé en Darek. En los momentos buenos. En cómo me miraba como si realmente viera algo en mí. Y luego pensé en esas palabras que escuché. Una distracción. Algo conveniente. No significa nada. Si no significo nada para él… entonces mi ausencia no debería importarle tanto, ¿verdad? Si solo era útil… entonces debería ser fácil reemplazarme.
—Hazlo —dije, con la voz firme aunque por dentro temblaba—. No quiero que me encuentre. No ahora. No cuando todo lo que me dijo todavía duele. Si me busca que busque a una mujer que ya no está. Que se quede con su vida y yo construiré la mía. Y cuando esté lista… cuando sea lo suficientemente fuerte para verlo sin que sus palabras me lastimen… entonces decidiré si quiero que sepa que estoy viva.
Lunara asintió.
—Que así sea. Cierro tu esencia. Tu luz se guarda dentro de ti. Tu rastro se borra. Tu olor se disuelve. Eres como la sombra de un sueño que nadie recuerda. Pero escúchame bien, Kailani: cuando abres tu poder completo, cuando dejas de contenerlo, las cosas que sientes se vuelven realidades que afectan a todo lo que te rodea. Marchitarse a tu paso no es algo que hagas tú. Es algo que tu dolor comparte con el mundo. Y hacer crecer la vida no es algo que controlas con palabras. Es algo que nace de tu paz interior. Todo lo que eres, el mundo lo siente. Porque tú no estás en el mundo… el mundo está en ti.
Mientras esto sucedía conmigo, a kilómetros de distancia, en el castillo, Darek se derrumbaba.
Corrió por los pasillos, llamándome, buscándome en cada rincón que habíamos compartido. Y cuando no me encontró… cuando incluso Vorath, su lobo, no pudo rastrearme… algo dentro de él se rompió de una forma que jamás imaginó posible.
—No la siento —dijo Vorath, y su voz, que siempre era fuerte y firme, temblaba de pánico—. No hay rastro. No hay olor. No hay nada. Es como si de repente… como si hubiera dejado de existir.
—No digas eso —le suplicó Darek, apoyándose contra la pared de piedra de mi habitación vacía—. No puede haber desaparecido. Solo está escondida. Solo necesita tiempo. Mañana… mañana la encontraremos.
Pero mañana llegó y no hubo rastro. Pasaron las horas y el vacío que yo dejé no se llenó. Y entonces llegó el dolor. No un dolor físico en el cuerpo. Un dolor en el alma. Como si le hubieran arrancado un pedazo del corazón y lo hubieran quemado donde nadie pudiera encontrarlo. Darek cayó de rodillas en el jardín secreto, entre las flores que se marchitaban a su alrededor, y lloró sin lágrimas, con un silencio que gritaba más fuerte que cualquier grito.
—Se fue —susurró Vorath, y por primera vez en su existencia milenaria, el lobo antiguo lloró—. No siento su luz. No siento su calidez. Solo frío. Donde quiera que esté… ya no está con nosotros. Y duele, Darek. Duele como si nos hubieran arrancado el alma misma del pecho.
—¿La perdí para siempre? —preguntó Darek al vacío, mirando la tierra seca donde yo solía sentarme—. ¿Fui tan cobarde diciendo la verdad que la obligué a irse para siempre? Si la hubiera abrazado… si le hubiera dicho que la amaba a pesar de todo… ¿aún estaría aquí?
No había respuesta. Solo el viento moviendo las hojas secas. Y esa sensación de vacío absoluto que solo quienes han perdido algo irreemplazable conocen.