La oportunidad que cambió mi vida

Capítulo 2: No voy a vender mi vida

Julieta no pudo dormir aquella noche.

Después de hablar con Sofía, se quedó sentada en la cocina, mirando la pequeña hoja donde había escrito todos los lugares en los que podía buscar trabajo. La idea de irse a la ciudad le daba miedo, pero quedarse en aquella casa empezaba a ser insoportable.

No tenía dinero suficiente para pagar el tratamiento de su abuela, tampoco un empleo estable y, para empeorar las cosas, Patricia estaba dispuesta a utilizar aquella necesidad para obligarla a casarse con un hombre al que ni siquiera conocía.

Se pasó las manos por el rostro y soltó un suspiro.

—Tiene que haber otra manera —murmuró.

—¿Otra manera de qué?

Julieta se sobresaltó.

Su hermanastra, Camila, estaba parada en la entrada de la cocina. Llevaba un pijama de satén y sostenía su teléfono mientras la observaba con una sonrisa burlona.

—¿Qué haces despierta a estas horas? —preguntó Julieta.

—Eso debería preguntártelo yo. Aunque, viendo esa cara, supongo que sigues llorando por lo mismo de siempre.

Julieta recogió la hoja de la mesa.

—No estoy llorando.

—Claro que no. Tú nunca lloras. Solo te pasas el día poniendo esa cara de víctima para que todos sientan lástima por ti.

—Camila, no tengo ganas de discutir.

—Pues qué mala suerte, porque yo sí tengo ganas de hablar.

Camila entró en la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de agua. Después se sentó frente a Julieta, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Me enteré de que mi mamá te hizo una propuesta.

Julieta apretó la hoja entre sus dedos.

—No es asunto tuyo.

—¿Cómo que no? Estamos hablando de un hombre con dinero que podría resolver todos tus problemas.

—Tus problemas no son los míos. Y mi vida tampoco es asunto tuyo.

Camila dejó la botella sobre la mesa y soltó una carcajada.

—¿De verdad crees que puedes conseguir algo mejor? Mírate, Julieta. No tienes dinero, no tienes un trabajo y ni siquiera puedes pagar los medicamentos de tu abuela.

Aquellas palabras le dolieron más de lo que quería admitir.

No porque fueran una sorpresa, sino porque Camila sabía exactamente dónde hacerle daño.

—Por lo menos yo no necesito que alguien me pague las cosas para sentirme importante —respondió Julieta.

La sonrisa de Camila desapareció.

—¿Qué acabas de decir?

—Lo que escuchaste.

—Ten mucho cuidado conmigo.

Julieta se levantó de la silla.

—No, Camila. La que debería tener cuidado eres tú. Estoy cansada de que me trates como si fuera menos que tú solamente porque nací en una familia que no tiene tu dinero.

—Mi familia sí tiene dinero. Tú eres la que sobra aquí.

Julieta sintió un nudo en la garganta.

Durante años había escuchado comentarios como aquel. Camila siempre encontraba una manera de recordarle que aquella casa no era suya, que debía agradecer cualquier cosa que recibiera y que su presencia resultaba una molestia.

Pero aquella noche no tenía fuerzas para soportarlo.

—Pues tranquila, porque no pienso quedarme aquí para siempre.

Camila la miró de arriba abajo.

—¿Adónde vas a ir? ¿A vivir debajo de un puente?

—Eso no te importa.

—¿Vas a escaparte con algún hombre? Porque, si es así, avísame. Tal vez pueda recomendarte a alguien que tenga más dinero que el viejo con el que mamá quiere casarte.

Julieta se acercó a ella, indignada.

—¡No vuelvas a hablar así de mí!

—¿O qué?

Antes de que Julieta pudiera responder, una voz interrumpió la discusión.

—¿Qué está pasando aquí?

Patricia apareció en la puerta de la cocina.

Camila cambió de expresión inmediatamente.

—Nada, mamá. Julieta está de mal humor otra vez.

—Ella empezó —protestó Julieta.

Patricia la miró con fastidio.

—No me interesa quién empezó. Son casi las dos de la mañana y no pienso soportar sus discusiones.

—Yo tampoco quiero discutir —dijo Julieta—. Solo quiero que me dejen tranquila.

Patricia cruzó los brazos.

—Entonces deja de comportarte como una niña malagradecida y acepta la propuesta que te hice.

Julieta respiró hondo.

—Ya te dije que no.

—¿Y qué piensas hacer para pagar el tratamiento de tu abuela?

—Voy a trabajar.

—¿Dónde?

—No lo sé todavía, pero voy a encontrar algo.

Patricia negó con la cabeza, como si estuviera escuchando la idea más absurda del mundo.

—No tienes experiencia suficiente para conseguir un buen empleo. Y aunque lo consiguieras, tardarías meses en reunir el dinero que necesitas.

—No voy a casarme con un desconocido para solucionar mis problemas.

—¡Ese hombre está dispuesto a darte una vida que jamás podrías conseguir por tus propios medios!

—¡Yo no quiero su dinero!

—¡Entonces no vengas a llorar cuando tu abuela necesite algo que no puedas pagar!

El silencio que siguió fue tan pesado que Julieta sintió que le faltaba el aire.

Miró a Patricia, intentando comprender cómo podía hablar de una mujer enferma con tanta indiferencia.

—¿De verdad serías capaz de dejarla sin ayuda solo porque no quiero casarme?

Patricia no respondió inmediatamente.

Después se acercó a ella y bajó la voz.

—Escúchame bien, Julieta. Ese hombre tiene dinero suficiente para pagar el tratamiento de tu abuela, comprarle una casa y darte todo lo que necesites. Solo tienes que aceptar.

—¿Y si después quiere obligarme a hacer cosas que no quiero?

—Es tu esposo. Tendrás que aprender a cumplir con tus obligaciones.

Julieta sintió un escalofrío.

Ahora entendía por qué Patricia insistía tanto.

No le importaba su felicidad. Ni siquiera le importaba si aquel hombre la trataba bien. Para ella, Julieta era una pieza que podía utilizar para conseguir lo que quería.

—No voy a hacerlo —repitió.

Patricia la miró con frialdad.

—Está bien. Pero no vuelvas a pedirme ayuda.




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