El autobús avanzaba por la carretera mientras yo miraba por la ventana, intentando convencerme de que había tomado la decisión correcta.
Había dejado atrás mi pueblo, mi casa y a mi abuela Elena, la única persona que siempre había estado de mi lado. Aunque sabía que no podía seguir viviendo bajo las amenazas de Patricia, una parte de mí se sentía culpable por marcharme.
Saqué mi teléfono del bolso y revisé la última conversación con mi abuela.
Abuela Elena: Mi niña, avísame cuando llegues. No te preocupes por mí. Tú tienes que luchar por tu futuro.
Leí el mensaje varias veces antes de responder.
Yo: Te lo prometo, abuela. Voy a conseguir trabajo y voy a encontrar la manera de pagar tu tratamiento. No voy a rendirme.
Guardé el teléfono y respiré profundamente.
No podía permitirme llorar. Si empezaba, seguramente no podría parar.
—¿Es tu primera vez viajando sola? —preguntó una mujer sentada a mi lado.
Volteé a mirarla. Era una señora de unos cincuenta años, con el cabello recogido y una bolsa de tela sobre las piernas.
—Sí, señora.
—¿Vas a visitar a alguien?
—A una amiga. Voy a buscar trabajo.
La mujer sonrió con amabilidad.
—Entonces te deseo mucha suerte. La ciudad puede ser difícil, pero cuando uno tiene ganas de salir adelante, encuentra la manera.
Le devolví la sonrisa.
—Eso espero.
No le conté que necesitaba dinero para salvar a mi abuela, que había escapado de una casa donde querían vender mi futuro ni que, si regresaba sin conseguir nada, Patricia me lo recordaría durante el resto de mi vida.
Había cosas que prefería guardar para mí.
Después de varias horas, el autobús comenzó a entrar en la ciudad.
Los edificios altos aparecieron frente a mis ojos. Había carros por todas partes, personas caminando deprisa y tiendas que parecían no terminar nunca. Todo era diferente a mi pueblo, donde la gente se conocía y las noticias corrían más rápido que el viento.
Aquí nadie sabía quién era yo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, eso me hizo sentir libre.
Hasta que el conductor anunció la llegada a la terminal.
Tomé mi bolso, revisé que llevara mi currículum y bajé del autobús. Apenas puse un pie en el suelo, el ruido de la ciudad me golpeó de lleno.
Saqué el teléfono y llamé a Sofía.
—¡Julieta! —contestó casi de inmediato—. ¿Ya llegaste?
—Sí. Estoy en la terminal, pero no tengo ni idea de dónde estoy.
Escuché su risa al otro lado.
—Tranquila, mujer. No te muevas de ahí. Voy por ti.
—¿Estás segura? No quiero causarte problemas.
—¿Problemas? Julieta, llevamos años siendo amigas. Además, ¿para qué tengo un sofá si no es para que vengas a ocuparlo?
Solté una pequeña carcajada.
—Está bien. Te espero.
—Y no le aceptes ayuda a ningún desconocido. Ya voy.
Colgué y me senté sobre mi maleta.
Mientras esperaba, observé a las personas que pasaban frente a mí. Algunas se abrazaban después de mucho tiempo sin verse; otras caminaban mirando sus teléfonos, como si el mundo entero pudiera desaparecer y ni siquiera se darían cuenta.
Yo solo quería que mi nueva vida comenzara bien.
No sabía que, a pocos kilómetros de donde estaba, alguien ya había comenzado a mover las piezas de un juego en el que yo no había elegido participar.
—¡Julieta!
Levanté la cabeza al escuchar mi nombre.
Sofía venía corriendo hacia mí con una sonrisa enorme. Llevaba el cabello suelto, unos pantalones vaqueros y una blusa blanca. Cuando llegó, me abrazó tan fuerte que casi me hizo perder el equilibrio.
—¡Por fin estás aquí! —exclamó—. No sabes cuánto me alegra verte.
—A mí también me alegra verte.
Se apartó para observarme.
—Estás más delgada.
—Gracias por el saludo.
—No, en serio. ¿Estás comiendo bien?
—Sofía, acabo de llegar.
—Y ya estoy preocupada por ti. Soy una amiga excelente.
Me reí y ella tomó una de mis maletas.
—Vamos. Mi apartamento no es gran cosa, pero por lo menos tienes dónde dormir mientras encuentras trabajo.
—Te juro que te voy a devolver todo lo que hagas por mí.
Sofía se detuvo y me miró con seriedad.
—No quiero que me devuelvas nada. Solo quiero que estés bien. Y si alguien te hace daño, me lo dices.
Sus palabras me llegaron al corazón.
Durante los últimos días había sentido que estaba sola contra el mundo. Escuchar a alguien decirme que podía contar con ella me dio fuerzas para continuar.
—Gracias —murmuré.
—Ya, no me vayas a hacer llorar. Vamos a buscar un taxi antes de que te pongas sentimental y terminemos abrazadas en mitad de la terminal.
El apartamento de Sofía estaba en un edificio antiguo, en un tercer piso sin ascensor. Era pequeño, pero tenía una sala con un sofá gris, una cocina diminuta y una habitación donde apenas cabían la cama y un armario.
—Bienvenida a mi humilde palacio —anunció, abriendo la puerta.
Entré y dejé mi maleta junto al sofá.
—Es bonito.
Sofía arqueó una ceja.
—No tienes que mentirme. El grifo de la cocina gotea, la ventana hace un ruido horrible cuando llueve y el vecino de arriba parece que entrena para una competencia de muebles arrastrados.
Me reí por primera vez en todo el día.
—Entonces es un palacio con entretenimiento incluido.
—Exactamente.
Me mostró dónde podía guardar mis cosas y después me ofreció un vaso de agua.
—Bueno, ahora cuéntame. ¿Qué pasó después de que hablamos? ¿Tu madrastra volvió a insistir con lo de ese hombre?
Mi sonrisa desapareció.
—Sí. Incluso lo llevó a la casa.
Sofía abrió los ojos.
—¿Qué?
—Quería que cenáramos juntos. Patricia ya le había dicho que yo aceptaría.
—¡Pero esa mujer está loca! ¿Cómo va a decidir con quién tienes que casarte?
—Porque cree que puede controlarme. Y porque sabe que necesito dinero para el tratamiento de mi abuela.