La oportunidad que cambió mi vida

Capítulo 4: La llamada que lo cambió todo

El primer día en la ciudad no había salido como yo esperaba.

Había imaginado que, al llegar a la empresa, alguien me haría algunas preguntas, revisaría mi currículum y quizá me daría una oportunidad. Sin embargo, solo había dejado una hoja de papel en recepción y salido por la misma puerta por la que había entrado.

Aun así, intentaba mantener la esperanza.

—Deja de mirar el teléfono cada dos segundos —dijo Sofía mientras caminábamos por la acera—. No te van a contratar en cinco minutos.

—No estoy esperando que me contraten en cinco minutos.

Ella me miró de reojo.

—Julieta, llevas diez minutos revisando la pantalla.

—Estoy esperando una llamada importante.

—¿De la empresa?

—No. Del hospital.

Sofía dejó de sonreír.

Desde que habíamos salido del edificio, yo intentaba no pensar en mi abuela, pero el miedo seguía ahí, instalado en mi pecho. No sabía si había dormido bien, si había comido o si el dolor había empeorado durante la noche.

—¿Quieres que nos sentemos un momento? —me preguntó.

Negué con la cabeza.

—Prefiero llegar al apartamento. Quiero buscar más ofertas de empleo.

—Está bien, pero primero vamos a comer algo. No has probado nada desde el desayuno.

—No tengo hambre.

—Pues yo sí. Y no pienso permitir que te desmayes el primer día que estás aquí. Bastante tengo con pagar el alquiler como para tener que llevarte al hospital.

La miré con indignación fingida.

—¡Qué amiga tan considerada!

—Soy una mujer práctica.

No pude evitar reírme.

Fuimos a una pequeña cafetería que quedaba cerca de una avenida. Pedimos dos empanadas y jugo. Mientras comíamos, Sofía me mostró algunas páginas donde publicaban ofertas laborales.

—Mira esta —dijo, acercándome el teléfono—. Buscan una asistente administrativa para una empresa de seguros.

Leí los requisitos.

—Piden experiencia.

—¿Y tú tienes experiencia?

—No suficiente.

—Entonces buscamos otra.

Pasamos casi una hora revisando ofertas. En algunas pedían años de experiencia; en otras, estudios que yo todavía no había terminado. En una incluso solicitaban un nivel de inglés que estaba muy lejos del mío.

Cada vez que encontraba una oferta que parecía adecuada, aparecía algún requisito que me dejaba fuera.

Empecé a sentir que la ciudad me estaba cerrando las puertas antes de darme la oportunidad de entrar.

—¿Y si no consigo nada? —pregunté finalmente.

Sofía dejó el teléfono sobre la mesa.

—Entonces seguimos buscando.

—¿Y si pasan las semanas?

—Seguimos buscando.

—¿Y si se me acaba el dinero?

Ella guardó silencio durante unos segundos.

—No voy a mentirte, Julieta. Las cosas pueden ponerse difíciles. Pero no estás sola. Mientras encuentras algo, puedes quedarte conmigo.

La miré con los ojos húmedos.

—No quiero aprovecharme de ti.

—Y yo no quiero que te sientas una carga. Somos amigas. Si algún día estoy en tu situación, espero que hagas lo mismo por mí.

No supe qué responder.

Solo asentí y terminé mi jugo, intentando convencerme de que todavía quedaban oportunidades.

No sabía que la primera de ellas estaba a punto de llegar de una manera que jamás habría imaginado.

Cuando regresamos al apartamento, me quité los zapatos y me senté en el sofá. Tenía los pies adoloridos y la cabeza llena de preocupaciones.

Sofía se fue a su habitación para cambiarse de ropa, mientras yo sacaba mi cuaderno y anotaba las empresas a las que podía enviar mi currículum.

De repente, mi teléfono comenzó a sonar.

Al ver el número desconocido, sentí que el corazón me daba un salto.

Contesté inmediatamente.

—¿Aló?

—Buenos días. ¿Hablo con la señorita Julieta?

Me incorporé en el sofá.

—Sí, con ella.

—Le llamamos de Grupo Montenegro. Hemos recibido su currículum y queremos invitarla a una entrevista mañana por la mañana.

Me quedé completamente inmóvil.

¿Había escuchado bien?

—¿Una entrevista? —pregunté, como si necesitara confirmar que no estaba soñando.

—Así es. ¿Tiene disponibilidad para presentarse mañana a las nueve?

—¡Sí! Claro que sí. Muchas gracias por la oportunidad.

La mujer me indicó que debía llevar mi documento de identidad y una copia de mi currículum. Después me dio el nombre del departamento al que debía dirigirme y confirmó la hora.

Cuando terminó la llamada, me quedé mirando el teléfono con una sonrisa que no me cabía en la cara.

—¡SOFÍA!

Mi amiga salió de la habitación con el cabello todavía mojado.

—¿Qué pasó? ¿Te llamó el hospital?

—¡Me llamaron de la empresa!

—¿Qué empresa?

—¡Grupo Montenegro! ¡Quieren hacerme una entrevista mañana!

Sofía abrió la boca y después lanzó un grito de emoción.

—¡No te lo puedo creer!

Se acercó corriendo y me abrazó.

—¡Te dije que tenías que intentarlo!

—¡Pero solo dejé el currículum esta mañana!

—Pues alguien lo vio y le gustó. ¿Te das cuenta? ¡Ya tienes una oportunidad!

Me reí mientras ella me hacía dar una vuelta en medio de la sala.

Durante unos minutos olvidé las deudas, las amenazas de Patricia y el miedo que sentía por mi abuela.

Por primera vez desde que había salido del pueblo, sentí que podía conseguir algo bueno.

—Mañana tienes que ir impecable —declaró Sofía, apartándose para mirarme—. Vamos a revisar tu ropa.

—¿Mi ropa?

—Sí. No vas a presentarte con cualquier cosa. Esa empresa parece de gente importante.

—Sofía, voy a una entrevista de trabajo, no a una boda.

—Precisamente. En una boda puedes llorar si se te corre el maquillaje. En una entrevista tienes que convencerlos de que eres la mejor candidata.

Me eché a reír.

—Estás exagerando.

—Ya me lo agradecerás.

Fuimos a mi maleta y sacamos la poca ropa formal que había llevado. Al final elegimos una blusa blanca, un pantalón negro y unos zapatos bajos que todavía estaban en buen estado.




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