La noche anterior no había podido dejar de pensar en la entrevista.
Me había acostado temprano, pero cada vez que cerraba los ojos recordaba las preguntas de Laura, la encargada de Recursos Humanos, y me preguntaba si había respondido lo suficiente para conseguir el puesto.
También recordaba al hombre del ascensor.
Su expresión seria, su manera tan fría de hablar y aquella respuesta tan desagradable cuando recogimos mis documentos.
—Qué hombre tan antipático —murmuré, acomodándome bajo la manta.
—¿Qué dijiste? —preguntó Sofía desde su habitación.
Me incorporé de golpe.
—¡Nada!
—¡Pues deja de hablar sola y duérmete! ¡Mañana tienes que madrugar!
Me tapé la cara con la almohada.
—¡Buenas noches, señora mandona!
Escuché su carcajada desde la habitación y finalmente sonreí.
A pesar de todas mis preocupaciones, vivir con Sofía estaba haciendo que me sintiera un poco menos sola.
Sin embargo, mi tranquilidad duró muy poco.
A las seis de la mañana, mi teléfono comenzó a sonar.
Lo busqué a tientas entre las sábanas y contesté sin mirar quién llamaba.
—¿Aló?
—Buenos días, Julieta. ¿Cómo amaneciste?
Reconocí la voz de mi abuela inmediatamente.
—¡Abuela! ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor?
Hubo un pequeño silencio antes de que respondiera.
—Estoy bien, mi niña. No te preocupes por mí.
Conocía demasiado bien aquella frase. Mi abuela siempre decía que estaba bien, incluso cuando apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama.
—Abuela, dime la verdad. ¿Te duele algo?
—Un poquito, pero ya sabes que soy fuerte.
Me senté en la cama y apreté el teléfono contra mi oído.
—Ojalá pudiera estar ahí contigo.
—No, Julieta. Tú tienes que hacer lo que fuiste a hacer. No quiero que abandones tus sueños por estar pendiente de mí.
—No son mis sueños lo que me preocupa. Es tu salud.
—Y precisamente por eso tienes que seguir adelante.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Ayer tuve la entrevista —le conté—. Todavía no me han dado una respuesta, pero creo que me fue bien.
—¡Esa es mi niña! Yo sabía que podías hacerlo.
Su entusiasmo me hizo sonreír.
—Estoy esperando que me llamen.
—Y mientras esperas, desayuna bien, descansa y no te olvides de que tú también importas.
—Te quiero muchísimo, abuela.
—Y yo a ti, mi vida. Más de lo que imaginas.
Nos despedimos después de unos minutos.
Me quedé sentada en la cama, mirando el teléfono.
Necesitaba ese trabajo. No solamente por el dinero, sino porque quería demostrarme que podía salir adelante sin tener que aceptar las condiciones de Patricia.
No iba a casarme con un hombre al que no amaba.
No iba a permitir que decidieran mi futuro.
Y, sobre todo, no iba a abandonar a mi abuela.
Cuando salí de la habitación, encontré a Sofía preparando café.
—Buenos días, dormilona —dijo, colocando una taza sobre la mesa.
La miré sorprendida.
—¿Dormilona? ¡Si me desperté antes que tú!
—Detalles sin importancia.
Me senté y tomé un sorbo de café.
—Me llamó mi abuela.
Sofía dejó de sonreír.
—¿Cómo sigue?
—Dice que está bien, pero no sé si creerle.
—Es normal que quiera tranquilizarte. No debe ser fácil para ella saber que estás lejos.
Bajé la mirada.
—A veces siento que soy egoísta por haberme ido.
Sofía se sentó frente a mí.
—Julieta, mírame.
Levanté la cabeza.
—Tú no te fuiste para divertirte ni para olvidarte de tu familia. Te fuiste porque necesitabas una oportunidad para ayudarla. No confundas luchar por tu futuro con abandonar a alguien.
Sus palabras me hicieron sentir un poco mejor.
—Gracias por escucharme siempre.
—Para eso estamos las amigas. Aunque también estamos para decirnos las verdades que no queremos escuchar.
Fruncí el ceño.
—¿Qué verdad?
—Que necesitas dejar de mirar el teléfono cada treinta segundos.
Le lancé una servilleta y las dos terminamos riéndonos.
Por primera vez en mucho tiempo, pude desayunar sin sentir que el miedo me apretaba el pecho.
Pero aquella tranquilidad estaba a punto de terminar.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
Un número desconocido apareció en la pantalla.
Lo miré fijamente.
—¿Vas a contestar? —preguntó Sofía.
—¿Y si es una llamada equivocada?
—Entonces le dices que se equivocó. ¡Contesta!
Tomé el teléfono y respondí.
—¿Aló?
—Buenos días. ¿Hablo con la señorita Julieta?
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Sí, soy yo.
—Le llamamos de Grupo Montenegro. ¿Tiene unos minutos para hablar?
Me levanté tan deprisa que casi derramé el café.
—Sí, claro.
Sofía abrió los ojos y me hizo señas para que pusiera el altavoz. Negué con la cabeza, indicándole que no podía hacerlo.
La mujer continuó hablando.
—Hemos revisado su perfil y queremos informarle que ha sido seleccionada para continuar en el proceso de contratación. Nos gustaría que se presentara hoy a las diez de la mañana para una segunda entrevista.
Me llevé una mano a la boca.
¡Una segunda entrevista!
—¿Hoy? —pregunté, intentando mantener la calma.
—Así es. ¿Tiene disponibilidad?
—¡Sí! Por supuesto. Allí estaré.
—Perfecto. Puede dirigirse directamente al departamento de Recursos Humanos. En recepción tendrán registrada su visita.
La mujer me dio las indicaciones y terminó la llamada.
Me quedé inmóvil durante unos segundos.
Sofía me observaba expectante.
—¿Y bien? ¡Habla!
La miré con una sonrisa enorme.
—¡Me llamaron! ¡Quieren que vaya a una segunda entrevista!
Sofía gritó tan fuerte que el vecino de arriba golpeó el suelo.
—¡LO SABÍA!
—¡Sofía, vas a despertar a todo el edificio!
—¡Que se despierten! ¡Mi amiga va a conseguir trabajo!