La oportunidad que cambió mi vida

Capítulo 6: Mi primer día y una enemiga inesperada

El domingo pasó más rápido de lo que esperaba.

Entre organizar mis documentos, ayudar a Sofía con algunas cosas del apartamento y llamar a mi abuela, apenas tuve tiempo de pensar en lo que me esperaba al día siguiente.

El lunes comenzaría mi primer trabajo en Grupo Montenegro.

Todavía me parecía increíble.

Hacía apenas unos días había salido de mi pueblo con una maleta, unos cuantos ahorros y el miedo de no conseguir nada. Ahora tenía una oportunidad que podía ayudarme a cambiar mi situación.

Sin embargo, también sabía que no podía confiarme. Estaba en una ciudad desconocida, tenía una responsabilidad enorme con mi abuela y no podía permitirme perder aquel empleo.

—¿Otra vez revisando la ropa? —preguntó Sofía desde la puerta de la habitación.

Me giré con dos blusas en las manos.

—No sé cuál ponerme mañana.

—La blanca.

—Me la puse para la entrevista.

—¿Y qué tiene que ver? Nadie va a pensar que tienes una sola blusa.

—¿Y si piensan que no tengo dinero para comprar otra?

Sofía me miró con una expresión de incredulidad.

—Julieta, vas a trabajar, no a participar en un concurso de belleza.

Solté una carcajada.

—Ya sé, pero quiero causar una buena impresión.

Ella entró en la habitación y tomó una de las blusas.

—Escúchame. Tú vas a llegar, vas a saludar, vas a aprender lo que tengas que aprender y vas a hacer tu trabajo. No necesitas vestirte como una millonaria para demostrar que eres buena en lo que haces.

—Tienes razón.

—Por supuesto que tengo razón. Siempre la tengo.

—Eso último no es verdad.

—No arruines mi momento.

Las dos nos echamos a reír.

Al final elegí una blusa azul claro, un pantalón negro y los zapatos bajos que había llevado a la entrevista. Dejé todo preparado sobre una silla y coloqué mi bolso junto a la puerta.

Antes de acostarme, llamé a mi abuela.

—¿Estás nerviosa por mañana? —me preguntó.

—Un poquito.

—Es normal, mi niña. Recuerda que nadie nace sabiendo. Si cometes un error, aprende de él y sigue adelante.

Sonreí al escucharla.

—Voy a hacerlo bien, abuela.

—Yo sé que sí.

Nos despedimos después de hablar unos minutos. Me acosté pensando en sus palabras y, por primera vez desde que había llegado a la ciudad, conseguí dormir sin despertarme a cada rato.

No sabía que mi primer día de trabajo estaría lleno de sorpresas.

Y tampoco imaginaba que alguien ya había comenzado a verme como una amenaza.

El lunes me levanté antes de que sonara la alarma.

Me bañé, me vestí y recogí mi cabello. Después preparé un desayuno rápido y revisé por última vez que llevara todos los documentos solicitados.

Sofía apareció en la sala mientras yo guardaba una manzana en el bolso.

—¿Ya estás lista?

—Sí.

—¿Tienes los documentos?

—Sí.

—¿El teléfono?

—Sí.

—¿Dinero para el transporte?

—Sí, Sofía.

—¿Y las ganas de conquistar el mundo?

La miré con una sonrisa.

—Esas también.

Ella se acercó y me acomodó el cuello de la blusa.

—Entonces ve y demuestra lo que vales.

La abracé con fuerza.

—Gracias por todo.

—No me des las gracias todavía. Primero consigue tu primer sueldo y después me invitas a comer algo rico.

—¡Qué interesada!

—Una tiene que pensar en el futuro.

Salí del apartamento riéndome.

Durante el trayecto hacia la empresa, repetí mentalmente que debía mantener la calma. No quería llegar tarde ni dar la impresión de que no sabía lo que estaba haciendo.

Cuando finalmente llegué al edificio de Grupo Montenegro, miré la fachada de cristal y respiré profundamente.

—Aquí vamos —murmuré.

Entré y me dirigí a recepción.

—Buenos días. Soy Julieta. Hoy comienzo mi periodo de prueba en el departamento administrativo.

La recepcionista revisó su computadora.

—Sí, señorita. La están esperando en el piso doce. Puede subir.

Le agradecí y caminé hacia los ascensores.

Mientras esperaba, vi a varios empleados entrar apresuradamente al edificio. Algunos llevaban cafés en las manos; otros parecían preocupados por sus reuniones.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entré y presioné el botón del piso doce.

Esta vez no había ningún hombre antipático que me hiciera comentarios.

Por suerte.

Laura me recibió en el departamento de Recursos Humanos y me llevó hasta una oficina donde me esperaba Andrés, el coordinador administrativo.

—Buenos días, Julieta. ¿Lista para comenzar?

—Buenos días. Sí, señor.

—Me alegra. Hoy te explicaremos cómo funciona el departamento y cuáles serán tus responsabilidades. Al principio trabajarás acompañada de una empleada que te enseñará los procedimientos.

Me entregó una carpeta con varios documentos.

—Necesito que leas estas instrucciones y firmes aquí para confirmar que recibiste el material.

Revisé las hojas y firmé donde me indicó.

Andrés me presentó a varios empleados y finalmente me llevó hasta un escritorio cerca de una ventana.

—Este será tu puesto por ahora. Tu supervisora directa es Valeria. Ella te explicará las tareas del día.

Una joven de cabello castaño, aproximadamente de mi edad, se acercó con una sonrisa.

—Hola, soy Valeria.

—Mucho gusto. Soy Julieta.

—Bienvenida. Ven, te voy a enseñar dónde están los archivos y cómo utilizamos el sistema.

Durante la primera hora, Valeria me explicó cómo registrar documentos, organizar solicitudes y actualizar algunos datos. Me habló con paciencia y respondió todas mis preguntas.

Por primera vez desde que había entrado al edificio, comencé a sentirme tranquila.

Quizá aquel trabajo no sería tan difícil como había imaginado.

—¿Y qué te parece la empresa? —me preguntó Valeria mientras me mostraba una carpeta.

—Es enorme. Todavía siento que voy a perderme en cualquier momento.




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