La oportunidad que cambió mi vida

Capítulo 7: Una amenaza inesperada

El despertador sonó a las seis de la mañana, pero Julieta llevaba varios minutos despierta. Había pasado gran parte de la noche pensando en la llamada del hospital y en las palabras de Patricia.

No podía permitir que su abuela se quedara sin tratamiento. Todavía no. Elena era la única persona que siempre había estado de su lado, incluso cuando todos los demás parecían empeñados en verla fracasar.

Julieta se levantó, se arregló el cabello frente al espejo y se puso la ropa que había dejado preparada la noche anterior.

—Hoy tiene que ser un buen día —murmuró, tratando de convencerse.

Cuando salió de su habitación, encontró a Sofía preparando café en la pequeña cocina.

—¡Buenos días, empleada del mes! —exclamó su amiga, levantando una taza.

Julieta soltó una pequeña risa.

—No te burles. Apenas llevo un día y ya tengo una compañera que parece odiarme.

—¿Camila Ríos?

—La misma. No sé qué le hice, pero me mira como si yo le hubiera quitado algo.

Sofía dejó la taza sobre la mesa y la observó con curiosidad.

—¿Y no será que le molesta que hayas llegado con ganas de trabajar? Hay personas que se sienten amenazadas cuando aparece alguien nuevo.

—Pues conmigo no tiene por qué preocuparse. Yo solo quiero hacer bien mi trabajo, cobrar mi sueldo y ayudar a mi abuela.

—Entonces no permitas que nadie te saque de tu camino.

Julieta asintió. Se terminó el café, tomó su bolso y salió con Sofía rumbo a la empresa.

Todavía no sabía que ese día iba a descubrir que sus problemas no se habían quedado en el pueblo.

Cuando llegó a Grupo Montenegro, Julieta saludó a la recepcionista y se dirigió a su puesto. Valeria ya estaba allí, revisando unos documentos.

—Llegaste temprano —comentó Valeria.

—Prefiero llegar con tiempo. Todavía estoy aprendiendo cómo funciona todo.

—Eso está bien. Aunque te daré un consejo: aquí no basta con trabajar duro. También tienes que saber con quién puedes confiar.

Julieta levantó la mirada.

—¿Lo dices por Camila?

Valeria miró discretamente hacia el pasillo antes de responder.

—No quiero meterme en problemas, pero Camila tiene mucha influencia en esta empresa. No sé exactamente por qué, pero varios empleados prefieren darle la razón antes que discutir con ella.

Julieta recordó la expresión de su compañera el día anterior.

—Yo no pienso discutir con nadie. Solo quiero hacer mi trabajo.

—Ojalá todos pensaran como tú.

En ese momento, Camila apareció con una carpeta bajo el brazo y una expresión que no anunciaba nada bueno.

—Julieta, necesito que me prepares un informe con estos documentos antes de las diez.

La joven recibió la carpeta.

—Claro. ¿Hay algún formato que deba utilizar?

Camila arqueó una ceja.

—¿También necesitas que te explique cómo se abre un archivo?

Valeria dejó de escribir.

Julieta sintió que las mejillas le ardían, pero se obligó a mantener la calma.

—No. Solo quiero asegurarme de entregarlo como lo necesitas.

—Pues asegúrate de hacerlo bien. No tengo tiempo para corregir errores de una principiante.

Camila se marchó sin esperar respuesta.

Valeria negó con la cabeza.

—No le hagas caso. Si necesitas ayuda con el informe, aquí estoy.

—Gracias. Pero quiero intentarlo sola.

Julieta abrió los documentos y comenzó a trabajar. Había cifras, nombres de clientes y contratos que debía organizar con mucho cuidado. Aunque estaba nerviosa, se concentró en cada detalle.

A las nueve y cuarenta y cinco, terminó el informe.

Lo revisó dos veces antes de levantarse y dirigirse a la oficina de Camila.

—Aquí tienes el informe.

Camila lo tomó sin agradecerle. Pasó varias páginas, buscando algún error que pudiera utilizar en su contra.

—¿Esto lo hiciste tú?

—Sí.

—¿Estás segura? Porque parece demasiado ordenado para alguien que ayer no sabía ni dónde estaban los archivos.

Julieta respiró hondo.

—Seguí las instrucciones que me dieron y revisé todo antes de entregártelo.

Camila cerró la carpeta de golpe.

—Ya veremos cuánto te dura esa seguridad.

Julieta regresó a su puesto sin responder. No quería problemas, pero empezaba a comprender que Camila no necesitaba una razón para tratarla mal.

Lo que Julieta no vio fue la manera en que Camila apretó los labios mientras observaba el informe.

No había encontrado ningún error.

Y eso la molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

A media mañana, Julieta recibió un mensaje de Sofía.

¿Cómo va el segundo día? ¿Sigues viva o ya te echaron?

Julieta sonrió y respondió:

Por ahora sigo viva. Pero creo que mi compañera quiere verme fuera de aquí.

La respuesta de Sofía llegó enseguida.

Que lo intente. Tú no te fuiste de tu pueblo para rendirte por una mujer amargada.

Julieta guardó el teléfono, sintiéndose un poco mejor.

Sin embargo, su tranquilidad duró poco.

Cuando regresó de llevar unos documentos al departamento de contabilidad, encontró a Camila esperándola junto a su escritorio.

—Necesito que lleves esta carpeta a la oficina del director general.

Julieta miró el reloj.

—¿Ahora?

—No, el próximo año —respondió Camila con sarcasmo—. Claro que ahora.

Julieta tomó la carpeta.

—¿Debo entregársela directamente?

—Si logras llegar hasta su oficina sin perderte, sí.

Camila soltó una risita y se alejó.

Julieta no tenía idea de dónde quedaba la oficina del director general. Preguntó a una secretaria, quien le indicó el piso correspondiente.

Al llegar, encontró un pasillo elegante y silencioso. Había una puerta de madera oscura al fondo y una asistente revisando unos documentos.

—Buenos días. Vengo a entregar una carpeta para el director general.

La asistente levantó la mirada.

—Déjela aquí. Yo me encargo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.