La oportunidad que cambió mi vida

Capítulo 8: El precio de la desesperación

Julieta no pudo dormir aquella noche.

El mensaje seguía apareciendo en su mente una y otra vez.

«Si quieres ayudar a tu abuela, deberías pensar mejor en las decisiones que estás tomando».

¿Quién podía saber lo que estaba pasando con Elena? ¿Y por qué alguien se tomaría la molestia de escribirle para recordarle que necesitaba dinero?

Se sentó en el borde de la cama y volvió a revisar el número. No tenía foto, nombre ni ninguna información que le permitiera reconocer al remitente.

Escribió una respuesta.

¿Quién eres y qué quieres de mí?

Esperó unos minutos, mirando la pantalla. No recibió nada.

—Esto no puede estar pasando —murmuró, dejando el teléfono sobre la cama.

No quería pensar en Patricia, pero era imposible no hacerlo. Su madrastra siempre había encontrado la manera de controlarla, y ahora que Julieta se había marchado del pueblo, tal vez estaba buscando una nueva forma de obligarla a regresar.

También estaba Ernesto.

Solo recordarlo le producía rechazo. Aquel hombre podía tener dinero, propiedades y todo lo que quisiera comprar, pero Julieta no estaba dispuesta a convertirse en su esposa para pagar el tratamiento de Elena.

Sin embargo, ¿qué iba a hacer si el hospital ya no podía esperar?

Se cubrió el rostro con las manos y lloró en silencio. No quería preocupar a Sofía, que había hecho demasiado por ella desde su llegada a la ciudad.

Cuando finalmente se acostó, tomó el pañuelo bordado que su abuela le había regalado y lo apretó contra su pecho.

—Te prometo que voy a encontrar una solución, abuela. No voy a dejarte sola.

Pero aquella promesa comenzaba a pesarle más de lo que podía soportar.

A la mañana siguiente, Julieta llegó al hospital antes de ir al trabajo.

Había pasado casi toda la noche haciendo cuentas. El dinero que tenía apenas le alcanzaba para los gastos básicos y todavía no sabía cuándo recibiría su primer sueldo.

En administración, una mujer revisó el expediente de Elena antes de hablar.

—Entiendo que usted está comenzando a trabajar, señorita Julieta, pero hay pagos pendientes. Necesitamos que se acerque a trabajo social para revisar qué alternativas podrían existir en su caso.

—¿Y si no consigo el dinero a tiempo?

La mujer suavizó la expresión.

—No puedo prometerle una solución inmediata. Lo mejor es que hable con ellos cuanto antes.

Julieta asintió, agradecida por la orientación, aunque seguía sintiendo un nudo en la garganta.

Antes de marcharse, pidió permiso para visitar a su abuela.

Encontró a Elena despierta, sentada en la cama y mirando por la ventana. Al verla entrar, sonrió.

—¡Mi niña! Pensé que estarías trabajando.

Julieta se acercó y le dio un beso en la frente.

—Tenía que venir a verte.

—¿Y por qué tienes esa cara? ¿Qué pasó?

—Nada, abuela. Estoy cansada, eso es todo.

Elena la observó con atención.

—No me mientas, Julieta. Te conozco desde que eras una bebé.

Julieta intentó sonreír, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Hay unos pagos pendientes y todavía no he cobrado. No sé cómo voy a hacer.

Elena le tomó la mano.

—Escúchame bien. Yo quiero seguir viviendo, mi niña, pero no quiero que destruyas tu vida por mí.

—No digas eso.

—Es la verdad. Tú tienes derecho a ser feliz. No permitas que nadie te obligue a hacer algo que no quieres por culpa de mi enfermedad.

Julieta bajó la mirada.

Su abuela no sabía que aquellas palabras le recordaban exactamente lo que Patricia había intentado hacer.

—No voy a casarme con Ernesto —dijo finalmente—. Aunque me quede sin dinero, no voy a hacerlo.

Elena apretó sus dedos.

—Entonces encontraremos otra salida. Pero prométeme algo.

—Lo que quieras.

—No dejes que el miedo decida por ti.

Julieta asintió y abrazó a su abuela. Se quedó con ella unos minutos más, hasta que tuvo que marcharse para no llegar tarde a la empresa.

Al salir del hospital, revisó su teléfono.

Tenía un mensaje nuevo del mismo número desconocido.

Todavía estás a tiempo de aceptar la ayuda que te ofrecen.

Julieta sintió que la rabia comenzaba a reemplazar el miedo.

Respondió de inmediato:

No necesito nada de ti. Déjame en paz.

Esta vez, la respuesta llegó casi al instante.

Eso dices ahora.

Julieta bloqueó el número.

No sabía quién estaba detrás de aquello, pero no iba a permitir que alguien la intimidara.

Al menos, eso intentó creer.

Cuando llegó a Grupo Montenegro, descubrió que el ambiente estaba más tenso de lo habitual.

Varias personas caminaban de un lado a otro con documentos en las manos. En recepción, una empleada hablaba por teléfono con voz nerviosa.

—¿Qué está pasando? —le preguntó Julieta a Valeria cuando llegó a su escritorio.

Valeria se acercó y bajó la voz.

—Hay una reunión importante esta mañana. Al parecer, el director general está molesto por unos documentos que no aparecen.

Julieta dejó su bolso bajo el escritorio.

—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros?

—Todavía no lo sé, pero Camila lleva media hora buscando a todo el mundo.

Como si hubiera escuchado su nombre, Camila Ríos apareció detrás de ellas.

—Julieta, necesito que vengas conmigo.

Julieta se levantó.

—¿Ocurre algo?

—Eso lo vamos a averiguar.

Camila la condujo hasta una pequeña sala de reuniones. Sobre la mesa había varias carpetas abiertas y unas hojas impresas.

Andrés, el coordinador, estaba de pie junto a la ventana. Al verla entrar, se pasó una mano por el cabello.

—Julieta, necesito que me expliques algo —dijo.

Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué sucede?

Camila señaló una de las carpetas.

—Estos documentos estaban bajo tu responsabilidad ayer. Ahora falta una parte del expediente de un cliente importante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.