Julieta no podía apartar la mirada del documento que Adrián había colocado frente a ella. Allí estaba su nombre, acompañado de una hora y un registro de acceso a los archivos desaparecidos.
Era imposible.
Ella apenas estaba aprendiendo a utilizar el sistema de la empresa. No tenía motivos para entrar en documentos confidenciales y mucho menos para alterar información de un cliente.
—Señor, yo no hice eso —repitió, intentando mantener la voz firme—. Puede revisar las cámaras, preguntarle a Valeria o comprobar los documentos que entregué ayer. No tengo nada que esconder.
Adrián la observó en silencio.
Estaba acostumbrado a escuchar explicaciones de empleados que intentaban salvar sus puestos de trabajo. Algunos mentían con tanta seguridad que casi parecían convencidos de sus propias palabras. Otros se apresuraban a culpar a sus compañeros.
Julieta, en cambio, parecía más indignada que asustada.
—¿Quién más tiene acceso a su usuario? —preguntó él.
—Nadie debería tenerlo.
—No le pregunté quién debería tenerlo. Le pregunté quién puede haberlo utilizado.
Julieta se quedó pensando.
Recordó que, durante su primer día, Camila Ríos le había pedido que le entregara unos documentos. También recordó que la coordinadora se había acercado varias veces a su escritorio mientras ella organizaba los archivos.
Pero no tenía pruebas de nada.
—No lo sé —respondió finalmente—. No quiero acusar a nadie sin estar segura.
Adrián levantó ligeramente las cejas.
—Es curioso. Usted exige que no la acusen sin pruebas, pero se niega a señalar a quien pudo hacerlo.
—Porque no soy como las personas que me están acusando.
La respuesta quedó suspendida entre los dos.
Andrés bajó la mirada, incómodo con la tensión que se había formado en la oficina.
Adrián cerró la carpeta.
—Por ahora, no voy a tomar ninguna decisión definitiva. Se revisarán los registros de acceso y las grabaciones disponibles. Mientras tanto, deberá continuar con sus funciones y seguir los procedimientos de seguridad.
Julieta sintió que podía respirar un poco mejor.
—¿Eso significa que no me va a despedir?
—Significa que todavía no he encontrado una razón para hacerlo.
Ella se levantó despacio.
—Gracias por escucharme.
—No me agradezca todavía, señorita Julieta. Si la investigación demuestra que usted tuvo algo que ver, habrá consecuencias.
Julieta apretó los labios.
—Y si demuestra que alguien intentó culparme, espero que también las haya.
Adrián la miró fijamente.
Por un instante, pareció que iba a decir algo, pero finalmente señaló la puerta.
—Puede retirarse.
Julieta salió sin mirar atrás.
Cuando la puerta se cerró, Adrián permaneció inmóvil, pensando en aquella joven que acababa de desafiarlo por segunda vez.
—Quiero saber quién accedió realmente a esos archivos —le dijo a Andrés—. Y no quiero suposiciones. Quiero pruebas.
—Me encargaré de ello.
—Otra cosa. Que nadie presione a esa empleada mientras se investiga el asunto.
Andrés asintió.
Adrián volvió a abrir la carpeta.
Algo no encajaba. Y tenía la sensación de que la desaparición de aquellos documentos era solo una parte de un problema mucho mayor.
Julieta regresó a su escritorio con las piernas temblorosas.
Valeria se levantó en cuanto la vio.
—¿Qué pasó? ¿Te despidieron?
—No. Pero encontraron un registro con mi nombre y creen que entré a unos archivos que ahora están desaparecidos.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—¿Cómo es posible?
—No lo sé. Yo no hice nada.
—Te creo.
Aquellas dos palabras estuvieron a punto de hacer llorar a Julieta.
Desde que había llegado a la ciudad, sentía que tenía que demostrar constantemente que era una buena persona. En su casa, Patricia la trataba como si fuera una carga; en la empresa, Camila parecía decidida a hacerle la vida imposible. Y ahora alguien había conseguido que su nombre apareciera en una investigación.
—Tengo miedo de perder el trabajo —confesó—. Necesito este sueldo, Valeria. Mi abuela está enferma y hay pagos pendientes en el hospital. No puedo quedarme sin empleo.
Valeria le tomó la mano.
—Escúchame. No sé quién hizo esto, pero vamos a averiguarlo. Mientras no hayas hecho nada malo, no tienes por qué sentirte culpable.
Julieta asintió, aunque el miedo seguía allí.
En ese momento, Camila Ríos apareció junto a sus escritorios.
—¿Ya terminó el interrogatorio?
Julieta la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Solo me preguntaba si el director general te había explicado la gravedad del asunto.
—Me explicó que van a investigar lo ocurrido.
Camila sonrió de una manera que no le gustó en absoluto.
—Espero que estés preparada. Aquí no suelen conservar a las personas que comprometen la seguridad de la empresa.
Valeria intervino.
—Todavía no se ha demostrado que Julieta haya hecho algo.
—Yo solamente estoy diciendo lo que puede pasar.
Camila se inclinó ligeramente hacia Julieta.
—Un consejo: si tienes algo que confesar, hazlo antes de que sea demasiado tarde.
Julieta se puso de pie.
—No tengo nada que confesar. Y si sabes algo que pueda ayudar a aclarar esto, deberías decirlo en lugar de venir a amenazarme.
La sonrisa de Camila desapareció.
—Ten cuidado con la manera en que me hablas.
—Entonces deja de tratarme como si ya hubieras decidido que soy culpable.
Durante unos segundos, ambas se miraron sin decir una palabra.
Finalmente, Camila recogió los documentos que llevaba y se marchó.
Valeria soltó el aire que estaba conteniendo.
—No sé cómo haces para responderle así.
—Yo tampoco —admitió Julieta, sentándose de nuevo—. Pero no voy a dejar que me pisotee.
Sin embargo, mientras intentaba continuar con su trabajo, una duda comenzó a crecer en su interior.