La oportunidad que cambió mi vida

Capítulo 10: El enemigo estaba más cerca de lo que imaginaba

Julieta llegó a Grupo Montenegro con una mezcla de miedo y determinación.

No había dormido bien. Los mensajes amenazantes seguían guardados en su teléfono, y cada vez que los leía sentía que alguien estaba intentando controlar su vida desde las sombras.

Pero no pensaba renunciar.

No después de todo lo que había tenido que soportar para conseguir aquel empleo.

—Buenos días —saludó al llegar a su escritorio.

Valeria levantó la mirada y le dedicó una sonrisa.

—Buenos días. ¿Cómo amaneciste?

—Con ganas de que hoy sea un día normal.

—Entonces espero que hayas traído mucha suerte, porque aquí parece que se nos acabó.

Julieta soltó una pequeña risa, aunque su expresión cambió cuando vio a Camila Ríos acercándose con una carpeta.

—Julieta, el director general quiere que revises unos documentos del departamento comercial.

—¿Yo?

—¿Ves a otra Julieta por aquí?

Valeria apretó los labios para no responder.

Julieta recibió la carpeta y revisó rápidamente las hojas. No entendía por qué le estaban asignando tareas relacionadas con el mismo departamento donde había ocurrido el problema.

—¿Hay alguna instrucción especial? —preguntó.

—Solo asegúrate de no cometer otro error.

Camila se alejó con una sonrisa satisfecha.

Julieta esperó hasta que desapareció por el pasillo antes de mirar a Valeria.

—¿Por qué siento que está esperando que me equivoque?

—Porque probablemente lo está haciendo.

—¿Y qué puedo hacer?

—Revisa cada documento, guarda constancia de lo que recibes y de lo que entregas. No confíes en que todo el mundo va a actuar de buena fe.

Julieta asintió.

Esta vez seguiría el consejo al pie de la letra.

A las diez de la mañana, Adrián Montenegro recibió el informe que había solicitado.

Estaba solo en su oficina cuando abrió el archivo. Había pedido una revisión detallada de los accesos al sistema y de los movimientos relacionados con los documentos desaparecidos.

Los resultados confirmaban sus sospechas: alguien había utilizado las credenciales de Julieta para acceder a la información, pero la operación había sido realizada desde otro equipo.

Eso significaba que el registro que la señalaba como responsable no contaba toda la historia.

Adrián volvió a revisar los datos.

La copia de los documentos había sido enviada a una carpeta interna vinculada al departamento comercial.

Y el acceso estaba relacionado con el usuario de una coordinadora.

Camila Ríos.

Adrián se reclinó lentamente en su silla.

No quería sacar conclusiones precipitadas. Camila llevaba tiempo trabajando en la empresa y conocía los procedimientos. Podía tratarse de un error administrativo, de una contraseña compartida o de algo mucho más serio.

Pero necesitaba respuestas.

Pulsó el botón del teléfono de su escritorio.

—Andrés, venga a mi oficina.

Unos minutos después, el coordinador entró y cerró la puerta.

—¿Me llamó, señor?

Adrián giró la pantalla hacia él.

—Quiero que revise esta información. Los documentos no desaparecieron por accidente. Alguien los copió y utilizó las credenciales de la nueva auxiliar para desviar la atención.

Andrés examinó los datos con preocupación.

—¿Está seguro?

—Estoy seguro de que hay irregularidades. Todavía no sabemos quién es responsable.

—¿Qué quiere que haga?

—Revise los accesos, los permisos y las grabaciones disponibles. No confronte a nadie hasta que tengamos pruebas suficientes.

Andrés asintió.

—¿Y qué hacemos con Julieta?

Adrián guardó silencio unos segundos.

—Ella continuará trabajando. No voy a permitir que la perjudiquen por algo que todavía no se ha demostrado que hizo.

Andrés se disponía a salir cuando Adrián añadió:

—Y mantenga esta investigación en estricta confidencialidad.

—Entendido.

Cuando se quedó solo, Adrián volvió a mirar el nombre de Julieta en el informe.

Recordó la expresión de indignación con la que había defendido su inocencia.

Quizá había juzgado demasiado pronto a aquella mujer.

Y, aunque todavía no estaba dispuesto a admitirlo, quería saber por qué alguien se había tomado tantas molestias para perjudicarla.

Mientras tanto, Julieta trabajaba concentrada en los documentos que Camila le había entregado.

Anotó la hora en que recibió la carpeta, contó las páginas y guardó una copia de la lista de archivos que debía revisar.

No quería cometer errores, pero tampoco quería que alguien pudiera acusarla nuevamente de algo que no había hecho.

Poco antes del mediodía, Camila regresó.

—¿Terminaste?

—Estoy revisando los últimos documentos.

—Necesito que me los entregues ahora.

Julieta levantó la mirada.

—Todavía no he terminado de comprobar las cifras. Prefiero entregarlos cuando esté segura de que todo está correcto.

Camila dejó la mano extendida sobre el escritorio.

—Te estoy dando una instrucción.

—Y yo estoy haciendo mi trabajo. No quiero entregar algo que después tenga errores.

La expresión de Camila se endureció.

—Parece que tienes una respuesta para todo.

—No. Solo intento evitar otro problema.

Camila se inclinó hacia ella.

—Escúchame bien, Julieta. No eres tan importante como crees. Estás aquí porque alguien decidió darte una oportunidad, y las oportunidades también se pueden perder.

Julieta sintió un nudo en el estómago, pero no apartó la mirada.

—Lo sé. Por eso estoy trabajando para conservarla.

Camila tomó la carpeta de golpe.

—Entrégamela cuando termines. Y procura que esta vez todo esté en orden.

Se marchó furiosa.

Valeria, que había presenciado parte de la conversación, se acercó a Julieta.

—No sé cómo haces para mantener la calma.

—No estoy tan tranquila como parezco.

—Pues lo disimulas muy bien.




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