La oportunidad que cambió mi vida

Capitulo 11- Una verdad que nadie quería revelar

Julieta no podía dejar de mirar la fotografía que Sofía le había mostrado.

Allí estaba Patricia, sonriendo junto a Ernesto, como si fueran una pareja feliz. A su lado aparecía Camila Ríos, la mujer que desde su llegada a Grupo Montenegro parecía empeñada en hacerle la vida imposible.

¿Qué tenían en común aquellas personas?

Y, sobre todo, ¿por qué Patricia conocía a la mujer que estaba intentando perjudicarla en su nuevo trabajo?

—Necesito que me expliques cómo encontraste estas fotografías —dijo Julieta, mirando a su amiga.

Sofía se sentó a su lado y abrió nuevamente la publicación.

—Estaba buscando información sobre Camila Ríos. Después de lo que me contaste sobre los documentos desaparecidos, pensé que sería bueno saber un poco más de ella. Encontré su perfil y, entre sus publicaciones antiguas, apareció esta fotografía.

—¿Y la de Patricia?

—Estaba etiquetada en la misma publicación. Por eso seguí buscando.

Julieta volvió a observar la imagen.

—Mi madrastra nunca me dijo que conociera a Camila.

—¿Crees que se trate de una coincidencia?

Julieta negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé. Pero después de la llamada que recibí ayer, ya no creo que nada sea una coincidencia.

Recordó las palabras de Patricia. Su madrastra había mencionado que perdería el trabajo y que terminaría aceptando la ayuda de Ernesto.

En ese momento, Julieta todavía pensaba que Patricia solo estaba intentando asustarla.

Ahora empezaba a preguntarse si sabía algo más.

—¿Y si ellos están detrás de lo que está pasando en la empresa? —preguntó Sofía.

—Entonces voy a descubrirlo.

—Julieta, ten cuidado. No sabemos hasta dónde pueden llegar.

—Lo sé. Pero no voy a permitir que destruyan la única oportunidad que tengo de ayudar a mi abuela.

Sofía le tomó la mano.

—Prométeme que no vas a enfrentarte a ellos sola.

Julieta la miró con gratitud.

—Te lo prometo.

Sin embargo, ninguna de las dos sabía que, mientras hablaban, alguien más estaba observando aquella misma fotografía.

Y esa persona no estaba dispuesta a permitir que Julieta descubriera la verdad.

A la mañana siguiente, Julieta llegó a la empresa decidida a comportarse con normalidad.

No quería que Camila notara que había descubierto su relación con Patricia. Si aquella conexión tenía algo que ver con los problemas que estaba enfrentando, necesitaba averiguar más antes de hacer cualquier movimiento.

Saludó a Valeria, dejó su bolso junto al escritorio y encendió la computadora.

—Buenos días —dijo su compañera.

—Buenos días.

Valeria la observó durante unos segundos.

—¿Te ocurre algo?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tienes cara de haber pasado toda la noche pensando.

Julieta soltó una pequeña risa.

—¿Tan evidente es?

—Bastante.

Julieta dudó antes de responder.

—Ayer encontré algo extraño sobre Camila. Creo que conoce a mi madrastra.

Valeria abrió los ojos.

—¿Tu madrastra? ¿La misma de la que me hablaste?

—Sí.

—Eso es bastante raro.

—Lo sé. Pero todavía no tengo pruebas de que estén relacionadas con lo que está pasando aquí.

Valeria se acercó un poco más.

—Entonces no te precipites. Observa, escucha y guarda cualquier información que pueda ayudarte. Pero no hagas nada que pueda ponerte en peligro.

Julieta asintió.

Justo cuando iba a responder, Camila Ríos apareció en el departamento.

—Julieta, necesito que vengas a mi oficina.

La joven sintió que el estómago se le encogía.

—¿Para qué?

Camila la miró con frialdad.

—¿Ahora tengo que explicarte cada cosa que te pido?

—Solo quiero saber qué necesitas.

—Entonces deja de hacer preguntas y ven conmigo.

Julieta respiró profundamente y se levantó.

Mientras caminaba detrás de Camila, recordó la fotografía y el comentario sobre aquella supuesta gran familia.

Tal vez había llegado el momento de averiguar qué estaba ocurriendo.

La oficina de Camila era pequeña, pero estaba decorada con fotografías de eventos empresariales y reconocimientos profesionales.

Julieta se quedó de pie junto a la puerta.

—¿Qué necesitas de mí?

Camila cerró una carpeta que tenía sobre el escritorio.

—Quiero hablar sobre el problema de los documentos.

—Ya respondí todas las preguntas que me hicieron.

—No he terminado.

Julieta guardó silencio.

Camila se levantó y caminó lentamente alrededor del escritorio.

—Mira, Julieta, voy a ser sincera contigo. No creo que estés preparada para trabajar aquí.

—Eso no depende de lo que tú creas.

Camila se detuvo.

—¿Perdón?

—Estoy cumpliendo con mis funciones. Si tienes alguna queja sobre mi trabajo, puedes presentarla con las pruebas correspondientes.

Camila apretó la mandíbula.

—Tienes demasiada confianza para alguien que acaba de llegar.

—Y tú tienes demasiadas ganas de verme fracasar.

Por un instante, ninguna de las dos habló.

Después, Camila soltó una risa seca.

—¿De verdad crees que eres tan importante como para que yo me preocupe por ti?

—No. Pero tampoco soy tan ingenua como para no darme cuenta de cómo me estás tratando.

Camila regresó a su escritorio y tomó unos documentos.

—Puedes retirarte.

Julieta se dirigió hacia la puerta.

—Una cosa más —añadió Camila.

Ella se volvió.

—¿Conoces a Patricia?

La pregunta tomó a Camila completamente por sorpresa.

Aunque intentó disimularlo, Julieta alcanzó a notar cómo su expresión cambiaba.

—¿Qué Patricia?

—Patricia, mi madrastra.

Camila dejó los documentos sobre la mesa.

—No sé de qué estás hablando.

Julieta la observó con atención.

—Qué extraño. Porque encontré una fotografía en la que aparecen juntas.

Camila guardó silencio durante unos segundos.




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