El silencio dentro de la sala de reuniones era insoportable.
Julieta sostenía el sobre contra su pecho, mientras Camila Ríos permanecía frente a ella con el rostro pálido. Adrián Montenegro observaba a ambas, esperando una explicación.
—He preguntado qué está pasando aquí —repitió él.
Camila fue la primera en reaccionar.
—Señor Montenegro, esto es un malentendido. Encontré a Julieta revisando documentos que no debería tener en sus manos.
Julieta la miró indignada.
—¡Eso no es verdad! Encontré este sobre en el archivador y, cuando estaba leyendo los documentos, tú entraste y comenzaste a exigirme que te los entregara.
—¿Y qué hacías revisando un archivador que no te corresponde?
—¡Yo no sabía que había algo confidencial allí!
—Basta —interrumpió Adrián.
Su voz fue tan firme que ambas guardaron silencio.
El director extendió la mano hacia Julieta.
—Entrégueme el sobre, por favor.
Ella vaciló.
No sabía si confiar en él. Aunque era el director general de la empresa, también era el hombre que la había interrogado por los documentos desaparecidos. Además, todavía no sabía si alguien más estaba involucrado en aquella situación.
—Señor, necesito que vea lo que hay dentro —dijo finalmente—. Aparecen nombres de personas que conozco y creo que esto tiene relación con lo que está pasando conmigo.
Adrián mantuvo la mano extendida.
—Déjeme revisarlo.
Julieta le entregó el sobre.
Él sacó los documentos y comenzó a leerlos. Al principio, su expresión no cambió, pero, a medida que avanzaba, su mandíbula se tensó.
Había nombres, fechas, cantidades de dinero y anotaciones sobre movimientos relacionados con la contratación de personal.
Entonces encontró la hoja que mencionaba a Julieta.
Fase uno: conseguir que Julieta abandone su puesto.
Adrián levantó la mirada lentamente.
—¿Quién preparó esto?
Camila respondió demasiado rápido.
—No tengo idea, señor. Alguien debe estar intentando perjudicarme.
Julieta soltó una risa incrédula.
—¡Pero si hace un momento querías quitarme el sobre!
—¡Porque estabas revisando información confidencial!
—¡Y tú estabas asustada de que la leyera!
—¡Ya basta las dos! —exclamó Adrián.
El silencio regresó a la sala.
Adrián dejó los documentos sobre la mesa y miró directamente a Camila.
—¿Por qué aparece su nombre en estos papeles?
—No lo sé.
—¿Y por qué hay una anotación que menciona a Julieta y su posible salida de la empresa?
Camila tragó saliva.
—Alguien pudo haber utilizado mi nombre. Yo llevo años trabajando aquí. Jamás haría algo que perjudicara a Grupo Montenegro.
Adrián no pareció convencido.
—Eso es precisamente lo que vamos a investigar.
Se volvió hacia Julieta.
—¿Usted sabía que esos documentos estaban en el archivador?
—No, señor. Recibí un correo anónimo que me decía que revisara ese cajón. Vine porque pensé que podía encontrar información sobre mi madrastra.
Adrián frunció el ceño.
—¿Su madrastra?
Julieta dudó.
Había llegado el momento de contarle una parte de la verdad.
—Mi madrastra se llama Patricia. Encontré una fotografía en la que aparece con Camila y con un hombre llamado Ernesto. Ese hombre quiere casarse conmigo, aunque yo nunca he aceptado. Mi madrastra lleva tiempo intentando convencerme y, cuando me negué, comenzó a amenazarme.
Adrián la escuchó sin interrumpirla.
—¿Y qué relación tiene eso con su trabajo?
—No lo sé con certeza. Pero después de encontrar esa fotografía, comenzaron a suceder cosas extrañas. Primero desaparecieron unos documentos y me culparon a mí. Después recibí mensajes amenazantes. Ahora encuentro estos papeles, en los que aparece mi nombre junto al de las personas que quieren obligarme a casarme con Ernesto.
Adrián bajó la mirada hacia el sobre.
Aquello ya no parecía un simple conflicto entre empleados.
Alguien podía estar utilizando la empresa para resolver asuntos personales. Y, si los documentos eran auténticos, el problema era mucho más grave de lo que había imaginado.
—¿Tiene los mensajes que recibió?
—Sí. Los guardé en mi teléfono.
—Quiero que los conserve. No los borre ni responda a esos números hasta que sepamos quién está detrás de ellos.
Julieta asintió.
Camila observaba la escena con creciente inquietud.
—Señor Montenegro, con todo respeto, no podemos creer cualquier cosa que diga una empleada nueva. Estos documentos podrían haber sido colocados ahí precisamente para incriminarme.
Adrián se volvió hacia ella.
—Tiene razón en algo: todavía no sabemos quién preparó esto. Por esa razón, no voy a acusar a nadie sin investigar.
Camila pareció recuperar parte de su seguridad.
Pero entonces Adrián añadió:
—A partir de este momento, nadie tendrá permiso para retirar, modificar o destruir documentos relacionados con esta investigación. Y quiero una copia de los registros de acceso al archivador y a los equipos utilizados por el departamento comercial.
La expresión de Camila volvió a endurecerse.
—Por supuesto, señor.
—Puede retirarse. Julieta, usted se queda.
Camila miró a Julieta con una mezcla de rabia y temor antes de abandonar la sala.
Cuando la puerta se cerró, Adrián volvió a sentarse.
—Necesito que me diga toda la verdad, Julieta.
Ella sintió que la garganta se le cerraba.
—Señor, eso es lo que estoy intentando hacer desde el primer día.
Adrián la miró en silencio.
Por primera vez, no vio solamente a la empleada nueva que le había respondido con insolencia en el ascensor. Vio a una joven que estaba intentando protegerse mientras alguien utilizaba sus problemas familiares para amenazarla.
Y aquello le produjo una sensación incómoda.
No podía permitir que la empresa se convirtiera en un instrumento para perjudicarla.