Y un día que acompañó a Susi a visitar a una amiga que tenía un gatito , quizás por la misma ceguera de su anhelo, el maullido lastimero del felino se le antojó casi una réplica del llanto de un bebé, lo que unido al gracejo infantil en sus poses y movimientos la acabaron de convencer para adoptar una hermosa minina a la que por la suavidad ingrávida de su pelaje bautizó como "Pelusa" y con la que alcanzó tal grado de complicidad y cariño que casi "vinieron a ser las dos una sola carne" desplazando en cierta forma, quizás de manera insana según la consideración de algunos, muchas de sus relaciones humanas. Pero lo cierto fue que Pelusa superó con creces cualquier expectativa que a nivel emocional hubiera podido tener, desterrando de raíz todo resquicio de sus frustradas ansias de maternidad.
Y cuando no mucho tiempo después, "aterrizó" en la inexorable y temprana materialización de un diagnóstico que le anunciaba una menopausia precoz, quizás motivada por sus problemas hormonales, ( extremo éste que ni siquiera se molestó en indagar rehusando amablemente la sugerencia del médico de su seguro privado), se percató con grata e insospechada sorpresa de que lo que para la mayoría iba asociado al ocaso y a la decadencia para ella era sinónimo de liberación, pues veía con una claridad cristalina que los mismos deseos condicionados que la habían servido de impulso durante toda su vida se convertían ahora en lastres que la impedian volar y los dejó atrás con la misma facilidad con la que una oruga convertida en mariposa abandona la asfixiante estrechez del capullo, inservible ya para alojarla y se lanza a la inmensidad del cielo.
Un momento tan temido se convirtió en una etapa vital de lo más gratificante. Perdida la belleza de la juventud se sintió inusitadamente ligera pues con ella se fueron también los sacrificios y los fastidiosos cuidados para retenerla.
La ausencia de miradas masculinas la confirmaba que nunca la habían querido por ella misma, pues el mismo atributo que antes la hacía acreedora de la atención de sus congéneres "de signo contrario", la convertía ahora tras su "caducidad", en un ser invisible para el otro sexo, y se dio cuenta de que no había nada que lamentar pues lo ilusorio de su periferia no había pertenecido nunca a su esencia.
Despojada ya de todos los convencionalismos atribuidos a su rol femenino decidió cambiar las flores y la vaya blanca que habían poblado sus sueños juveniles inducidos de manera determinante por los arquetipos imperantes en la época, por el campo abierto y la vegetación salvaje del inhóspito desapego.
(CONTINUARÁ)