El decaimiento de la dictadura del insaciable "yo" rebajó considerablemente la titánica sombra del ego que había dominado su juventud y por ende su peso agotador, devolviéndole su tamaño natural, más acorde con su función de simple instrumento para manejarse en la lucha diaria, que de forma evidente o soterrada, según los casos, conforma la vida y no el de aquél insolente gigante que la tenía esclavizada con sus interminables exigencias y que le provocaba una ansiedad insostenible. Y se sintió absuelta de la pesada carga de la lucha constante por alcanzar el éxito, sin haber tenido nunca una idea muy clara de en que consistía éste exactamente y libre de la imperativa obligación de ser feliz.
El ideal de perfección incesantemente perseguido y nunca alcanzado, se había desvanecido como un espejismo dejando al descubierto su falsa consistencia y ya no tenía sentido esforzarse en reunir los pedazos con lo que toda aquella energía desperdiciada en la consecución de una quimera volvió a ella y se limitó a existir en la liviandad de su ser. Pero a la vez su bienestar le provocaba un ineludible sentimiento de culpabilidad, no porque no lo mereciera tras todo el sufrimiento, sino porque se preguntaba si era lícito sentir felicidad mientras en el mundo seguía habiendo sufrimiento, siendo imposible diluirla en una total homogeneidad para que alcanzara hasta el último rincón del universo.
Y se acordó de aquella historia que tanto le había impresionado en su adolescencia de una mujer muy bella que tras la muerte de un ser querido, reparando en la insustancialidad del mundo, se sintió movida a dejarlo todo y se hizo monja budista y al pedirle a su maestro consejo sobre la forma de actuar para alcanzar prontamente la iluminación, el sabio le dijo que ella lo tenía muy difícil porque su belleza era un auténtico estorbo para alcanzarla y tras aquella revelación, con una determinación inquebrantable se quemó la cara desfigurando su rostro para que su hermosura no fuera un obstáculo en su camino hacia la Verdad.
Y Ascensión se sintió muy pequeñita y pensó que ella no había sido tan valiente y en lugar de destruir su belleza se había limitado a esperar a que fuera el paso del tiempo el que lo hiciera lo que le pareció una cobarde indecisión y muy poco meritorio y recordó lo que un día le había dicho su amiga Susi en un enfado ( que es cuando se suele decir la verdad sin remilgos ni cortapisas), de que ella no era la persona espiritual que creía ser sino una simple "mística de salón" y volvió a sentir aquella sensación de esterilidad no solo en lo relativo a su maternidad inconclusa, sino una más vasta que abarcaba todos los estadios de su ser y pensó que su amiga tenía razón y que su pretendida actitud contemplativa que ella identificaba con la "mejor parte" de la que hablaba Jesús confrontando a Marta era pura e inactiva inutilidad incapaz de dar fruto y percibió la existencia como un continuo derrumbarse y levantarse hasta que uno caía exhausto en los brazos de la muerte.
CONTINUARÁ