—¿Estás listo?
Al oír la voz de mi padre, miré el montículo de tierra que tenía delante.
—Estoy listo.
—Entonces, empieza.
Extendí la mano derecha.
Comencé a dirigir mi maná para realizar el hechizo que llevábamos varios días practicando.
Mis primeros intentos no habían salido demasiado bien. A veces apenas conseguía producir una pequeña chispa; otras, no lograba mantener la llama el tiempo suficiente.
Pero tenía la sensación de que esta vez sería diferente.
Respiré hondo.
—¡Bola de Fuego!
Una pequeña llama apareció frente a mi mano.
Creció rápidamente hasta adoptar una forma redonda, algo mayor que mi puño. Después salió disparada hacia el objetivo.
¡Lo había conseguido!
Justo cuando esperaba que chocara contra el montículo de tierra, mi padre levantó una mano.
—Muro de Tierra.
Un grueso muro de tierra se alzó del suelo y se interpuso en el camino de la bola de fuego.
La llama chocó contra él y se dispersó.
Unos segundos después, el fuego había desaparecido y ni siquiera podía ver mi objetivo.
Mi padre apareció por un lado del muro.
—Bien.
Lo miré.
—¿Bien?
—Sí.
—Has visto lo que acabo de hacer, ¿verdad?
—Lo he visto.
—¿Entonces por qué lo detuviste?
Mi padre arqueó una ceja.
—¿Esperas que me quede de brazos cruzados cuando me atacas?
—No te ataqué a ti. Ataqué al objetivo.
—Y yo protegí tu objetivo.
Miré el muro de tierra.
Luego miré a mi padre.
—Qué justo eres.
—Gracias.
No era un cumplido.
Aunque tenía que reconocerle el mérito.
Llevaba días intentando crear una bola de fuego y mi padre había detenido el hechizo sin apenas esforzarse.
La diferencia entre los dos estaba bastante clara.
—¿Quieres intentarlo otra vez? —preguntó.
Asentí.
Mi padre hizo desaparecer el muro.
El montículo de tierra volvió a quedar a la vista.
Esta vez me resultó más fácil formar el hechizo.
—¡Bola de Fuego!
La llama salió disparada hacia delante.
Mi padre no levantó la mano.
La bola de fuego impactó de lleno contra el objetivo. Una llamarada prendió brevemente sobre la tierra y enseguida se apagó.
Sonreí.
—¡Esta vez sí!
Mi padre asintió.
—Así es. También has controlado mejor la cantidad de maná.
Miré mi mano.
Crear el hechizo me había costado menos que en mis primeros intentos.
—¿Puedo hacerla un poco más grande?
—Puedes.
—Entonces…
—Pero por hoy es suficiente.
Me cortó antes de que terminara.
—¡Pero si acabo de conseguirlo!
Mi padre cruzó los brazos.
—Precisamente por eso vamos a dejarlo aquí. Que hayas conseguido lanzar un hechizo no significa que debas intentar uno más potente de inmediato.
Me quedé mirándolo un momento.
Después volví la vista hacia la tierra ennegrecida.
La verdad era que quería intentarlo una vez más.
Pero conocía esa expresión de mi padre.
No iba a cambiar de opinión.
—Está bien —dije.
Mi padre sonrió.
—Perfecto. Ahora limpiemos esto.
Miré el montículo de tierra.
Luego lo miré a él.
—Tú levantaste el muro.
—Y tú lanzaste el fuego.
—Pero el muro era más grande.
—Entonces repartamos el trabajo.
Arqueé las cejas.
—¿Cómo?
—Tú arreglas lo que has hecho y yo me encargo de lo mío.
Lo pensé un momento.
No parecía un mal trato.
—Vale.
Mi padre me observó unos instantes.
Después se echó a reír.
—¿Qué pasa?
—Nada. Antes también habrías protestado por eso.
Me encogí de hombros.
—Es que ya tengo cinco años.
Mi padre soltó una carcajada.
—Es verdad. Has crecido muchísimo.
Por fin se había dado cuenta.
Habían pasado cuatro días desde mi quinto cumpleaños.
Cumplir cinco años no había cambiado demasiado mi vida cotidiana. Seguía entrenando con mi padre por las mañanas, practicando magia con mi madre y yendo al pueblo siempre que tenía ocasión.
Pero durante los últimos meses había mejorado en algunas cosas.
Sobre todo, en el control de la magia.
Antes, cuando intentaba levantar un pequeño saliente de tierra, podía acabar usando demasiado maná y estropeando todo lo que había alrededor. Ahora me resultaba mucho más fácil darle la forma que quería.
También había avanzado un poco con la espada.
Seguía sin poder detener los ataques de mi padre.
Bueno, para ser exactos, a veces conseguía bloquear uno, pero me costaba reaccionar al siguiente.
Mi padre decía que era normal.
—Primero aprende a moverte bien —solía decirme—. La velocidad vendrá después.
Yo intentaba seguir sus consejos lo mejor que podía.
Aunque a veces perdía incluso cuando hacía los movimientos correctamente.
La explicación de mi padre era sencilla.
—La persona que tienes enfrente también sabe manejar una espada, Luke.
No hacía falta que me lo recordara.
Ya lo aprendía en cada entrenamiento.
Aun así, mis días ya no giraban únicamente en torno a las lecciones.
Habían pasado varios meses desde que conocí a Thea. No podíamos vernos cada vez que iba al pueblo, pero aprovechaba cualquier oportunidad para pasar por el taller de Daren.
Además, ya no pasaba tiempo solo con Thea.
Mira y Bram también solían estar allí.
Cuando conocí a Bram, me había parecido que lo único que le interesaba era competir.
La verdad es que todavía le gustaba.
Pero últimamente había empezado a practicar con la espada junto a Thea.
La primera vez que los vi hacerlo me sorprendí un poco.
Cuando entré en el patio que había detrás del taller de Daren, los encontré frente a frente, entrenando con espadas de madera.
Daren los observaba a unos pasos de distancia.
Thea atacó.
Bram levantó la espada y bloqueó el golpe, pero perdió el equilibrio y retrocedió tambaleándose.