La oscuridad tras el silencio

Capítulo 16: Preguntas sin respuesta

El cuaderno permaneció abierto sobre la mesa un rato más.

Ralph volvió a mirar la línea que señalaba con el dedo. Reconocía algunas letras, pero, al juntarlas, las palabras no tenían ningún sentido. El dibujo que había justo debajo tampoco ayudaba demasiado.

—La letra de Aren siempre fue horrible —comentó.

Gareth asintió.

—Lo sé.

—Pero esto ya es exagerado.

—Eso mismo pensé yo.

Ralph examinó los pequeños símbolos amontonados en el margen. Algunos estaban tachados; otros se apretujaban tanto que era imposible distinguir dónde terminaba uno y empezaba el siguiente.

Después de intentarlo un rato, cerró el cuaderno.

—Mañana volvamos a empezar desde el principio.

Gareth no puso objeciones.

—Me parece bien. Por hoy ya hemos tenido bastante.

Y era verdad. Gareth había salido de viaje temprano aquella mañana y apenas había descansado desde su llegada. Ralph, por su parte, había pasado un día mucho más ajetreado de lo que esperaba gracias a la visita de su viejo amigo.

Ambos estaban cansados.

Además, seguir mirando aquellos signos incomprensibles no parecía que fuera a servir de mucho.

Mientras Gareth guardaba el cuaderno en su bolsa, Ralph preguntó:

—¿Ya habías revisado todas estas páginas?

—Varias veces.

—¿Y no sacaste nada en claro?

—Puedo leer algunas palabras, pero no logro entender qué intentaba decir.

Ralph asintió.

—Entonces mañana las compararemos con las demás notas. Quizá se nos haya pasado algo.

—Eso espero.

Gareth cerró su bolsa y se levantó.

—Nos vemos por la mañana.

—Buenas noches.

Cuando su amigo se retiró a su habitación, Ralph apagó la lámpara de la mesa.

Al subir las escaleras, se dio cuenta de que la puerta del dormitorio de Lucas estaba entreabierta.

Se asomó al interior.

Su hijo ya dormía. Una esquina de la manta colgaba casi hasta el suelo y, sobre la silla junto a la cama, descansaba el pequeño bolso de cuero que le había traído Gareth.

Ralph entró sin hacer ruido.

Después de acomodarle la manta, colocó bien el bolso sobre la silla. La correa casi rozaba el suelo.

Desde que lo había recibido, Lucas apenas se había separado de él. Incluso había guardado dentro, antes de acostarse, la brújula que su padre le regaló el año anterior.

Al cerrar la solapa que había quedado abierta, Ralph alcanzó a ver una esquina de la brújula.

Sonrió.

Lucas se había emocionado muchísimo al recibirla por su cuarto cumpleaños. Y ahora, al cumplir cinco, tenía un bolso donde llevarla.

Prefería no pensar en lo que pediría el año siguiente.

Lucas se movió ligeramente entre sueños.

Ralph le acarició la cabeza y le alisó el cabello.

—Buenas noches, Luke —susurró.

Después salió de la habitación.

***

A la mañana siguiente, cuando Ralph bajó, Gareth ya estaba sentado a la mesa del desayuno.

Lucas ocupaba la silla de su lado.

Parecían estar conversando. O, mejor dicho, Lucas hablaba y Gareth lo escuchaba.

En cuanto Ralph entró, oyó las palabras de su hijo.

—¡Pero ayer dijiste que me lo contarías!

Gareth asintió.

—Y pienso cumplir mi promesa.

—¿Cuándo?

—¿Quieres que te lo cuente durante el desayuno?

—¡Sí!

Ralph intervino mientras se acercaba a la mesa.

—¿Puedo saber primero qué tienes pensado contarle?

Lucas se volvió hacia él.

—¡Buenos días, papá!

—Buenos días. ¿Y ahora vas a responderme?

—Gareth me va a contar tus aventuras de antes.

—¿Solo esas?

Gareth sonrió levemente.

—De momento.

Ralph apartó una silla y se sentó.

—Esa respuesta no me tranquiliza.

Desde el otro extremo de la mesa, Elisa lo miró con una sonrisa.

—¿Te preocupa lo que pueda contar Gareth?

—No.

—Entonces no hay problema.

Ralph miró a su esposa.

Elisa bebió un sorbo de té como si nada hubiera pasado.

Lucas seguía esperando.

—¿Gareth?

—Está bien, está bien. Déjame pensar.

Gareth guardó silencio unos segundos. Después miró a Ralph y sonrió.

Ralph conocía aquella sonrisa.

—No —dijo de inmediato.

Lucas abrió los ojos, sorprendido.

—¡Pero si todavía no ha contado nada!

—No hace falta que lo cuente.

—¡Pero yo quiero escucharlo!

Gareth se rio.

—No te preocupes, Lucas. Ocurrió hace muchísimo tiempo. Tu padre ya no debería avergonzarse por ello.

—No me avergüenzo —replicó Ralph.

—Estupendo.

Gareth se inclinó un poco hacia la mesa.

—Cuando tu padre acababa de unirse a nuestro grupo de aventureros, estaba muy seguro de sí mismo.

Lucas asintió.

—Todavía lo está.

Elisa soltó una carcajada.

Ralph se quedó mirando a su hijo.

—¿Quién te ha criado para que hables así?

—Vosotros.

Gareth también se echó a reír.

Ralph negó con la cabeza.

Y la mañana apenas acababa de empezar.

Cuando Gareth logró contener la risa, retomó su historia.

—Una vez nos alojamos en una pequeña posada. Teníamos que partir temprano al día siguiente, así que Aren y yo estábamos preparando los caballos cuando tu padre decidió sacar agua del pozo.

—¿Qué tiene de malo sacar agua? —preguntó Lucas.

—Normalmente, nada. Pero a tu padre le pareció innecesario comprobar el nudo de la cuerda.

Ralph lo interrumpió.

—Lo comprobé.

Gareth lo miró.

—El resultado dice lo contrario.

—La cuerda era vieja.

—Exactamente lo que Aren te había dicho.

Lucas abrió mucho los ojos.

—¿Y qué pasó?

—Tu padre bajó el cubo al pozo y empezó a tirar de la cuerda para subirlo.

Gareth hizo una breve pausa.

—Solo que el cubo no volvió a subir.

Lucas se volvió hacia su padre, sorprendido.

—¿Se te cayó el cubo?

Ralph se encogió de hombros.

—Son cosas que pasan.




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