### Perspectiva de Soly
—Podéis empezar cuando estéis listos.
Dos estudiantes se encontraban frente a frente en el centro del campo de entrenamiento.
Detrás de uno de ellos había dos blancos de madera separados por varios metros. La tarea del otro era acertar en aquellos blancos, mientras que el defensor debía impedir que los ataques los alcanzaran.
Para el ejercicio de hoy había impuesto una sola restricción: el estudiante que defendía únicamente podía utilizar un Escudo de Tierra durante todo el enfrentamiento.
El atacante comenzó a recitar el encantamiento.
El agua se reunió frente a él, se alargó y empezó a adoptar una forma puntiaguda.
Cuando la Lanza de Agua estuvo lista, la lanzó hacia el blanco de la izquierda.
Su oponente ya había preparado su propio hechizo.
El Escudo de Tierra flotaba en el aire y se desplazaba en la dirección que le indicaba el estudiante.
El escudo se deslizó hacia la izquierda e interceptó la lanza.
El agua se dispersó tras el impacto.
Mientras el atacante preparaba su segundo hechizo, el defensor llevó el escudo de nuevo al centro.
Esta vez el ataque se dirigió al blanco de la derecha.
El escudo se movió rápidamente y detuvo también la segunda lanza.
—Continuad —dije.
El atacante recitó el encantamiento por tercera vez.
Sin embargo, esta vez no lanzó la lanza de inmediato. Esperó unos segundos y observó los movimientos de su rival.
El defensor tampoco se precipitó. Mantuvo el escudo entre los dos blancos, a la espera de ver en qué dirección llegaría el ataque.
Finalmente, la lanza salió disparada hacia el blanco izquierdo.
El Escudo de Tierra se movió para interceptarla.
La lanza chocó contra el borde del escudo y se deshizo. Sin embargo, parte del agua superó la defensa y salpicó el blanco de madera.
—Suficiente —dije.
Ambos estudiantes terminaron sus hechizos.
Cuando se interrumpió el flujo de maná que mantenía el Escudo de Tierra suspendido, este perdió su forma y se desmoronó sobre el suelo.
—¿Ha sido una defensa satisfactoria? —pregunté.
Respondió el estudiante que había utilizado el escudo.
—Detuve por completo los dos primeros ataques. También paré el tercero, pero una parte alcanzó el blanco.
—¿Por qué?
El alumno pensó unos instantes.
—No moví el escudo lo bastante rápido.
—Sí lo moviste. La velocidad no fue el único problema.
Señalé la tierra que había quedado en el suelo.
—Cuando detuviste el primer ataque, tu escudo era bastante sólido. En el último, en cambio, te costaba mantener la forma de los bordes.
—Sí, profesora.
—Intentaste conservar la misma densidad del escudo durante los tres ataques. Y mientras lo movías, seguiste gastando la misma cantidad de maná.
El estudiante asintió.
—No quería reducir su resistencia.
—No siempre es una mala decisión. Pero también puedes aprovechar el tiempo entre ataques. Prueba a gastar menos maná mientras cambias de posición el escudo y a reforzar la defensa justo cuando reciba el impacto.
El alumno miró el lugar donde había estado el escudo.
—Así podría defenderme durante más tiempo.
—Exacto. Es especialmente importante cuando no sabes cuánto durará un combate.
Después me volví hacia el atacante.
—¿Qué opinas de tus ataques?
—Con el tercero conseguí superar su defensa.
—Solo en parte. ¿Qué hiciste de manera diferente respecto a los dos primeros?
—Esperé en lugar de atacar enseguida.
—Y tu rival también esperó. En lugar de intentar adivinar la dirección del ataque, prefirió observar tus movimientos.
El estudiante asintió.
—Pero aun así le costó colocar el escudo a tiempo.
—Sí, porque para cuando llegó el tercer ataque, su control del maná ya no era tan bueno como al principio. Me alegra que lo hayas notado. Sin embargo, en los próximos intentos debes prestar atención no solo a la defensa de tu rival, sino también a tu propio consumo de maná.
Les indiqué a ambos que regresaran a sus puestos.
Los estudiantes del tercer nivel habían aprendido los hechizos básicos hacía mucho tiempo. De hecho, muchos ya dominaban varios tipos de magia con bastante soltura.
Pero lanzar hechizos uno tras otro no era lo mismo que utilizarlos con la misma eficacia durante un combate prolongado.
Durante el resto de la clase hice que los demás alumnos se enfrentaran por turnos.
Algunos interpretaban bien los movimientos de sus oponentes; a otros les costaba mantener el control del maná frente a ataques inesperados.
Cuando terminó el último enfrentamiento, reuní a los estudiantes.
—Eso es todo por hoy. En la próxima clase cambiaré las parejas. Esta vez practicaréis contra rivales que utilicen otros hechizos.
Los alumnos asintieron.
—¡Entendido, profesora!
—Podéis marcharos.
Empezaron a recoger sus cosas.
Dos de ellos se acercaron a mí.
—Profesora, ¿tendremos las mismas restricciones en la próxima clase?
—No. Pero eso no significa que vaya a ser más fácil.
Los dos se miraron.
—¿Ha preparado algo más difícil?
—Lo descubriréis en la próxima clase.
Sonriendo, volvieron con sus compañeros.
Después de supervisar la recogida del material, me dirigí a mi despacho.
Llevaba años enseñando en la Academia de Rotass. Ver cómo progresaban mis alumnos, especialmente cuando lograban dominar aquello que al principio les resultaba difícil, era una de las partes de mi trabajo que más me gustaban.
Los estudiantes de tercer nivel de este año también tenían mucho talento. Ya sentía curiosidad por saber cuáles de ellos se graduarían al final del curso.
Cuando me acercaba al final del pasillo, uno de los empleados me llamó.
—¡Profesora Soly!
Me volví.
—¿Sí?
El empleado se acercó y me tendió un sobre.
—Ha llegado una carta para usted.