La lluvia caía con la fuerza de un muro en la selva, reduciendo la visibilidad a unos cuantos pasos. El agua golpeaba las hojas pesadas y ahogaba el ruido de las botas de la patrulla insurgente. A pesar de la tormenta, los hombres avanzaban sin prisa, compartiendo una botella de ron barato entre risas apagadas. Uno de ellos se desvió unos metros del sendero, bromeando con el resto mientras se desabrochaba el pantalón para orinar contra un tronco podrido.
Un rugido corto y seco cortó el viento.
Antes de que el soldado pudiera gritar, una silueta de tres metros saltó desde la copa de los árboles. No era un felino común. El pelaje era negro como el carbón, pero el cuerpo se sostenía sobre patas traseras digitígradas y terminaba en unos hombros anchos, rematados por brazos humanos cubiertos de garras. La patrulla reaccionó tarde. El tintineo de los fusiles al armarse fue sepultado por las ráfagas ciegas que rasgaron la maleza. Los fogonazos iluminaron el barro, pero el jaguar negro ya se había disuelto en la maleza.
El silencio volvió, denso y caliente.
A la espalda del grupo, una segunda sombra alargada surgió sin hacer ruido. Dos hombres fueron arrastrados hacia los matorrales sin tiempo para soltar el gatillo. Uno a uno, los soldados comenzaron a desaparecer entre los helechos gigantes, tragados por la espesura.
En menos de tres minutos, solo quedó el comandante.
El hombre giró sobre su propio eje, apuntando el cañón de su arma hacia la nada, con el agua corriendo por las líneas de su rostro. Le temblaban las rodillas.
—¡Sal de ahí, maldito! —gritó, con el miedo rompiéndole la voz—. ¡Muéstrate!
Las hojas se abrieron a su izquierda. El hombre jaguar negro dio un paso al frente, agitando la cola con una parsimonia densa.
—Aquí me tienes. Hablemos —dijo la criatura. La voz sonaba ronca, torpe, arrastrada por la forma de un hocico que no estaba diseñado para la fonética humana.
Frente a los ojos del oficial, los huesos del felino comenzaron a crujir y a recolocarse bajo la piel. El vello grueso se retrajo, los hombros bajaron y los colmillos se acortaron hasta que un hombre joven, de facciones curtidas, se quedó de pie bajo la lluvia, sonriendo con desprecio.
—Como te decía... hablemos —repitió.
—¿Qué... qué diablos quieres? —consiguió articular el comandante, sin bajar el fusil.
—Mi nombre es Lucas. Lucas Santiago —se presentó el zoántropo, dándole la espalda al arma sin pizca de preocupación—. Me pidieron que viniera a platicar con ustedes. ¿Tienes un mapa?
El comandante, con los dedos entumecidos por el frío y el pánico, hurgó en la bolsa principal de su mochila táctica y extrajo un pliego de papel arrugado y húmedo. Al estirar la mano, Lucas dio un paso al frente y clavó una uña larga sobre unas coordenadas específicas del mapa, rajando ligeramente la celulosa.
—Tienen doce horas para llegar a esta ubicación —sentenció Lucas, y la sonrisa desapareció de su rostro—. De lo contrario, los voy a cazar como a cerdos. No falten.
Antes de recibir respuesta, el cuerpo del hombre volvió a tensarse, la mandíbula se estiró en un parpadeo y el jaguar negro saltó de regreso a la vegetación, perdiéndose en el follaje.
El comandante se quedó solo unos instantes, escuchando únicamente el golpeteo de los goterones. Poco a poco, los soldados de su patrulla comenzaron a salir de los arbustos. Estaban vivos. Se tambaleaban, frotándose la nuca y los costados, quejándose por los golpes sordos que los habían dejado inconscientes en el barro.
—¿Comandante? —preguntó uno de los insurgentes, cojeando—. ¿Qué carajos era esa cosa?
—¡Debemos largarnos de aquí ya mismo! —exclamó otro, limpiándose la sangre de la frente.
—¡No! —cortó el comandante, doblando el mapa con manos torpes y metiéndolo a presión en la mochila—. Tenemos que ir a otro lado. Solo tenemos medio día.
Recogió su equipo del suelo, acomodándose la correa del arma en el hombro húmedo.
—¡Nos movemos! —ordenó.
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Editado: 28.10.2026