La Primera Alianza

Capítulo 2: El Rey de Florencia

El sol se asomaba entre los tejados de terracota de Florencia. Abajo, en las calles principales, los mercaderes abrían sus puestos con el murmullo perezoso de una mañana de verano. Pero en el corazón de la ciudad, la realidad era otra. La Ciudadela Medici operaba como un fuerte autónomo, una red de plazas y villas resguardadas por sistemas de alta tecnología que la aislaban del flujo turístico italiano.

En el centro del complejo se alzaba la Torre de Marfil. Ciento cincuenta metros de ingeniería moderna construidos por el padre del actual monarca en la década de 1930, una época oscura donde los clanes necesitaron levantar murallas verticales.

En la cumbre de la estructura, dentro del Observatorio Medici, Maxus ocupaba el trono dorado. Pese a su juventud, los hombros anchos y las facciones aristocráticas del monarca cargaban con un cansancio evidente, marcado por las líneas de expresión que daban testimonio de sus primeras batallas. Detrás de él, los estandartes azul imperial mostraban el emblema de la casa: una lechuza con las alas desplegadas y un astrolabio dorado en el pecho, sobre la inscripción Semper Vigilans.

El único sonido en la sala era el golpeteo de los dedos de Maxus sobre el teclado de su terminal táctil. Las órdenes se procesaban en pantallas translúcidas hasta que un zumbido interrumpió su rutina. Era un correo cifrado de su red de satélites.

Maxus amplió las capturas. Las primeras imágenes mostraban el dosel verde de una selva sudamericana; las siguientes, en alta resolución, enfocaban al comandante de una célula insurgente colombiana rodeado de hombres armados. El equipo táctico de los guerrilleros mostraba un nivel tecnológico anómalo para una milicia rural. Junto al oficial andaba un viejo conocido: Lucas Santiago, un fugitivo que los Medici daban por enterrado.

Al hacer zoom en los rifles automáticos de los rebeldes, Maxus distinguió un relieve geométrico reconocible. Grabado en el receptor de metal de las armas destacaba el sello industrial de los Moloty.

Sin perder un segundo, el monarca de Florencia enlazó una frecuencia segura hacia los Urales. A los dos minutos, la pantalla principal devolvió la señal con el rostro de Viktor Moloty. El líder ruso vestía su uniforme blanco de gala con hombreras doradas, el cabello rapado al estilo militar y un gesto severo que endurecía sus facciones jóvenes.

—Explícate, Maxus —dijo Viktor, con su marcado acento siberiano.

—¿Por qué esa guerrilla tiene fusiles de pulso Moloty? —Maxus deslizó los archivos analíticos hacia la pantalla compartida.

Viktor desvió la mirada un segundo hacia sus propios registros antes de responder.

—Hace dos meses saquearon uno de nuestros almacenes fronterizos. Mis oficiales siguen investigando la cadena de mando en la zona. No hay sobrevivientes del personal de seguridad.

Una alerta interrumpió la videoconferencia. Connan MacFarlane solicitaba acceso prioritario desde las tierras altas de Escocia. Al unirse, la enorme silueta del Rey Oso ocupó el tercer cuadrante de la pantalla. Sus ojos recorrieron a los otros dos líderes.

—Viktor. Maxus —saludó Connan, con voz de grava—. Espero que tengan una respuesta para lo que acaba de pasar en la cordillera colombiana. Un contingente con armaduras ligeras de corte florentino y armamento pesado de los Urales acaba de arrasar uno de mis puestos de avanzada en la selva.

Maxus se enderezó en el trono, apoyando las manos en el escritorio.

—¿Desertores Medici operando con tu arsenal, Viktor? Esto ya no es un robo de almacén.

—Necesitamos cruzar información en un mismo punto —sentenció Connan, enviando una última fotografía tomada por las cámaras térmicas del puesto destruido—. Miren el perímetro. Lucas Santiago estaba coordinando el repliegue de los atacantes.

La mención del nombre dejó un silencio pesado en la línea.

—Saben lo que eso significa —continuó Connan—. Ese bastardo no es un insurgente cualquiera. Es un parásito de los ancestrales. Y no queremos a uno de ellos financiando una guerra civil con tecnología de nuestros clanes.

—Los ancestrales no se han movilizado desde el origen de la tregua —añadió Maxus, contemplando los mapas térmicos—. Su poder biológico es demasiado inestable. Si Santiago está ahí, alguien mucho más grande le está abriendo las puertas en el continente.

Viktor asintió, ajustándose los guantes de cuero negro.

—Me pondré en marcha en este momento. Estaré en Florencia antes del anochecer.

—Yo salgo en una hora —concluyó Connan—. Prepara la pista de la Ciudadela, Maxus. Nos vamos a Colombia juntos.

Las tres pantallas se fundieron a negro. Maxus se puso en pie, caminó hacia el ventanal del observatorio y contempló Florencia mientras el calor del día comenzaba a levantar el vapor de las calles. Sabía que la paz de la Ciudadela acababa de expirar.




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