Eran aproximadamente las once de la mañana en las calles de Florencia y el clima agradable comenzaba a sentirse un poco más cálido de lo normal. Entre las calles de la ciudadela Medici, una joven avanzaba a paso firme. Vestía una bata de cuero blanca donde el símbolo del caduceo y el astrolabio —la insignia oficial de los boticarios Medici— ocupaba con orgullo el centro de la espalda de la prenda táctica. Debajo de la bata, llevaba un uniforme de batalla impecable y, cruzado en el hombro, un bolso pesado, atiborrado de medicamentos, pociones y municiones para su rifle de combate.
Se trataba de Malenna Rosso, miembro de la tercera familia del clan Medici. Talentosa boticaria desde muy temprana edad, Malenna conocía a Maxus y a su familia desde que eran niños, habiendo entrenado toda su vida junto a la primera y segunda familia. Su brillante desempeño tanto en la curación como en el frente de batalla la hizo ascender rápidamente en los rangos de la Armada Dorada Medici, hasta convertirse en la boticaria en jefe y curadora personal del mismísimo rey Maxus.
Malenna caminaba con prisa, adentrándose en los callejones más oscuros y profundos de la ciudadela, hasta detenerse frente a una casa de mala muerte. El aroma a suciedad y fluidos corporales que emanaba del lugar era sencillamente insoportable. Sin embargo, la situación apremiaba y el tiempo corría. El portero del recinto dio un paso al frente e intentó detenerla, pero Malenna se limitó a señalar la insignia dorada que brillaba en su pecho. Al reconocer el rango de la alta oficial, el hombre palideció y retrocedió de inmediato, abriéndole paso.
Tapándose la boca con su mascarilla táctica para no vomitar por el aire contaminado que la rodeaba, Malenna avanzó hacia las gradas. Subió al segundo nivel y se topó con un pasillo de varias puertas. Tras abrir un par de ellas sin éxito, finalmente encontró su objetivo.
En el interior de la lúgubre habitación yacía un joven delgado, semidesnudo y con el cabello largo y alborotado cubriéndole el rostro. Babeaba la almohada y roncaba profundamente. Su rostro, pese a reflejar los estragos de la decadencia y los excesos, conservaba intactos sus rasgos aristocráticos; su atractivo físico era indudable. Era Damian Medici, el hermano menor del rey Maxus.
Malenna se acercó lentamente a la cama.
—Despierta —le dijo con ternura al oído.
Damian ni siquiera abrió los ojos; se limitó a esbozar una sonrisa boba.
—Deja, María... aún no es medio día —balbuceó el joven, acomodándose en las sábanas.
Aquello borró cualquier rastro de paciencia en Malenna. Enfurecida, la boticaria divisó una cubeta de madera en la esquina del cuarto. Contenía un líquido rancio que solo el universo sabía qué era, aunque en su mayoría parecía agua. Sin dudarlo, lo tomó y se lo aventó con fuerza en la espalda.
Damian se levantó de golpe, soltando un grito ahogado mientras el frío y la inmundicia lo traían de vuelta a la realidad.
—¿¡Qué demonios te pasa!? —rugió, desorientado.
—¿María? —replicó Malenna, con el rostro encendido de pura furia.
—Nooo... Malenna... ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí? —dijo Damian, bajando drásticamente el tono de su enojo al reconocerla y tratando de calmar la voz.
El joven parpadeó repetidamente, tratando de reaccionar. La resaca lo estaba matando y la luz del día que se colaba por la ventana le curtía las retinas.
—Tu... tu hermano... —comenzó a decir Malenna. Al verlo ponerse de pie por completo y notar la absoluta ausencia de ropa, sus mejillas se sonrojaron intensamente. Volteó la mirada hacia la pared de inmediato—. Tu hermano te mandó a llamar —continuó, recuperando la compostura y la rigidez militar—. Tenemos una emergencia y necesita que te presentes en la Torre de Marfil inmediatamente. He venido a escoltarte. Y por favor... ¡ponte ropa!
Damian, quejándose entre dientes, se vistió a regañadientes. Se puso los pantalones, las botas pesadas y una camisa de tela muy floja. Tras echarse un poco de agua limpia en la cara para espabilar el mareo, le indicó que estaba listo. Ambos salieron de la casa de mala muerte y emprendieron la marcha.
Mientras caminaban a paso apresurado de regreso hacia la zona central de la Torre de Marfil, Malenna rompió el silencio, mirándolo de reojo.
—Por favor, dúchate en cuanto puedas. Apestas.
—Si no me hubieras lanzado esa porquería encima, no olería así —rezongó Damian de mala gana, acomodándose el cabello enmarañado.
—Damian —dijo Malenna, deteniendo sutilmente el paso y mirándolo con una profunda preocupación en los ojos—. Sabes que desde que éramos muy pequeños siempre te he cuidado. Siempre me he preocupado por ti. Pero ahora veo que, desde la muerte de tu padre, no haces nada más que beber y perder el tiempo. Debes empezar a tomar mejores decisiones en tu vida.
Damian la miró de reojo, reflejando una soberbia gélida en su postura.
—Nadie te ha pedido nada, y tampoco un consejo —soltó con amargura—. Lo que haga con mi vida no debería importarte. A nadie debería importarle.
Las palabras calaron en la boticaria. El rostro de Malenna se endureció.
—Tienes razón —respondió ella, borrando todo rastro de cariño de su voz—. No debería importarme. Pero tienes un deber para con tu familia y para con tu hermano. Deberás cumplir con él... o largarte de la ciudadela de una vez por todas —sentenció con una seriedad implacable.
Damian soltó una risa seca, cargada de autocompasión.
—Tal vez lo haga uno de estos días. Así los libraré a todos del patético y tonto hermano menor del gran campeón de la familia.
—Ah, ¡buuu...! —se burló Malenna, imitando con desdén los lloros del joven Medici—. ¡Madura ya!
Se dio la vuelta y reanudó la marcha a paso militar, guiándolo firmemente hacia la entrada de la gran Torre de Marfil, donde los soberanos ya aguardaban.
—¡Y báñate, carajo! —le ordenó en voz alta sin mirarlo—. No olvides que en la Armada, yo soy tu superior.
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Editado: 28.10.2026