La Primera Alianza

CAPÍTULO 5: El Peso de las Sombras

El viaje de por sí era bastante accidentado por las hostiles condiciones climáticas externas, pero el clima estaba mucho más tenso y asfixiante a bordo de la Orca.

—¡¿Cómo pudiste emborracharte en la ducha?! —le gritaba Maxus a Damian, descargando un golpe seco que hizo vibrar la mesa táctica a bordo de la aeronave.

—¿Y si no gritas? —preguntó Damian, apretándose las sienes con ambas manos—. Todo me da vueltas...

—¡¿Cómo puedes ser tan irresponsable?! —continuó Maxus, sin contener la furia en su voz.

—Créeme, es un talento natural —respondió Damian, esbozando una sonrisa cargada de arrogancia y desdén.

—No te falta nada. Estás bien servido, bien cuidado... ¡Y ya te echaron de dos divisiones! ¿Cómo es posible eso, Damian? —dijo Maxus, bajando la voz a un tono peligrosamente frío.

—Es porque ellos se esfuerzan más que yo para que siga en el ejército —soltó Damian, incorporándose a medias—. Yo no quiero estar ahí. No me interesa luchar, ni quiero. No es mi guerra ni mi problema. Tú eres el heredero, ¿no? El campeón de papá y mamá. ¡La estrella! ¡El nuevo sol Medici! ¿Y qué soy yo? —gritó Damian, perdiendo por completo la compostura—. ¡¿Qué demonios soy yo?! ¿La vergüenza de la familia? ¿El segundo siempre?

Damian azotó el puño con rabia contra la mesa táctica.

—¡Siempre fui invisible para ellos! El único Medici que no quiere ser militar, el...

—¿Y qué diablos quieres ser? —preguntó Maxus, interrumpiéndolo de golpe—. ¿Qué quieres ser? —volvió a exigir el Rey.

—Quiero ser relojero —murmuró Damian entre dientes, apretando la mandíbula.

—¿Qué dices? —preguntó Maxus, frunciendo el ceño.

—¡Quiero ser un maldito relojero! —rugió Damian a pleno pulmón.

—¿Relojero? —Maxus soltó una risa amarga—. ¿De qué sirve un don cósmico como el tuyo y ser un prodigio si lo único que quieres es reparar relojes? Ya veo por qué padre siempre te consideró una decepción.

—¡Ahhh! —gritó Damian, abalanzándose con pura furia ciega contra su hermano mayor.

Maxus, con reflejos militares perfectos, esquivó el golpe con facilidad y conectó un puñetazo certero justo en la barbilla de Damian, derribándolo instantáneamente contra el suelo de metal. En ese preciso momento, la enorme figura de Connan entró a la cabina y sujetó firmemente a Maxus por los hombros, evitando que siguiera golpeando a un ya derrotado Damian.

—Llegamos a Colombia y te vas de mi vista —sentenció Maxus, acomodándose el uniforme.

Damian escupió un chorro de sangre en el piso táctico y lo limpió bruscamente con la manga.

—No te preocupes —siseó—. Yo tampoco te quiero volver a ver.

El joven se puso la capucha de su sudadera cubriéndose el rostro, se acostó en la butaca de la nave y le dio la espalda a todos, hundiéndose en el silencio.

Una hora después, aprovechando que la cabina principal se había despejado, Malenna se acercó lentamente a hablar con Maxus.

—Él solo está perdido, pero no es malo —intercedió la boticaria con suavidad—. Solo necesita la guía que tú tuviste de tu padre. Él lo perdió a una edad muy temprana...

—¡Calla! —la interrumpió Maxus, cortando sus palabras de golpe—. Desde que lo conoces no has dejado de cuidarlo, y él no es capaz de notarlo. Aun así, sigues y sigues detrás de él... Lo amas, ¿no es así? —preguntó el Rey, fijando su mirada en la limpia lágrima que comenzaba a correr por la mejilla de Malenna.

—Sí... —respondió la boticaria en jefe, asintiendo levemente con la cabeza baja—. Lo amo. ¿Eso me hace estúpida? —preguntó con la voz completamente quebrada.

—No, mi niña —dijo Maxus, suavizando un poco la dureza de sus ojos—. Solo ingenua. Eres la única que todavía espera algo de ese inútil —añadió, levantándose de su asiento de mando—. Puedes irte con él si quieres. Lo que menos necesito es más inútiles en esta misión.

—¡No, señor! —gritó Malenna de inmediato, recuperando toda su postura militar—. ¡Capitana Rosso, a sus órdenes, Su Majestad! —exclamó, cuadrándose con firmeza y ofreciendo un saludo militar impecable.

Maxus la observó fijamente durante unos segundos antes de asentir de vuelta.

—No esperaba menos de ti, Capitana. Es por eso que siempre cuento contigo... Pero Damian se va.




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