La Primera Alianza

CAPÍTULO 6: Fuego en la Selva

Tres horas después del amargo altercado a bordo de la aeronave, la Orca finalmente llegó a territorio colombiano. Al sobrevolar la última ubicación confirmada de Lucas Santiago, el grupo de Maxus decidió que lo más prudente era comenzar un reconocimiento por tierra. Connan maniobró el transporte para aterrizar a unos dos kilómetros de la ubicación registrada. Luego de armarse y preparar meticulosamente sus respectivos equipos tácticos, el grupo de los Tres Reyes se internó en la densa y húmeda vegetación de la selva.

Caminaron durante un tiempo abriéndose paso entre la maleza hasta que, finalmente, llegaron a la aldea donde Santiago se había reunido previamente con el comandante rebelde.

—Está abandonada —informó Malenna, mientras escaneaba la zona con un sensor táctico.

Viktor la secundó de inmediato, operando un sonar conectado a un sistema satelital remoto.

—No hay movimiento en muchos kilómetros a la redonda. Parece que seguimos una pista falsa —concluyó el rey alquimista.

—Algo no está bien —interrumpió Connan, deteniéndose en seco.

—¿Por qué lo dices? —preguntó la joven Alessandra, ajustando su equipo.

—Porque tampoco hay animales salvajes. Y eso en esta selva solo significa una cosa... —Connan desenvainó su pesada arma—. ¡Depredadores!

Apenas terminó la frase, el enorme escocés lanzó un hachazo fulminante a sus espaldas, partiendo el aire y derribando a un zoántropo con marcados rasgos de simio que pretendía caerle encima. El impacto fue la señal que detonó el caos. De inmediato, decenas de criaturas ocultas a su alrededor bajo capas de lodo y rocas salieron de sus escondites, rompiendo el silencio con gritos salvajes.

—¡Emboscada! —gritó Maxus, desenvainando su espada heráldica.

Viktor Moloty desenfundó sus dos armas de mano con movimientos fríos y precisos. Tras cargarlas, comenzó a abrir fuego contra los atacantes; las municiones eléctricas de su propia invención dejaban los cuerpos de los simios completamente quemados al impacto. Maxus se lanzó al frente liderando el contraataque con su esgrima dorada, mientras Olga y Connan pegaron sus espaldas, convirtiéndose en una muralla impenetrable que comenzó a aplastar oleada tras oleada de enemigos con pura fuerza bruta.

—¡¿De dónde salieron tantos?! —preguntó Alessandra en voz alta, usando una pistola de mano para defenderse de los flancos.

Malenna, moviéndose con agilidad quirúrgica, blandió sus dos espadas gemelas dotadas con un sistema que inyectaba veneno molecular, terminando con la vida de dos enemigos más.

—¡No lo sé! —le respondió a Alessandra—. ¡Ten cuidado y no te separes!

En ese momento, la intensidad del combate subió. Cuatro imponentes hombres jaguar saltaron al claro de la aldea acompañados por tres enormes hombres toro, decididos a aplastar al grupo de Reyes. Los simios sobrevivientes se hicieron a un lado para dejar que este destacamento de muerte detuviera a los invasores. Sin embargo, Connan interceptó al primero de los hombres toro y, usando un solo brazo, le quebró el cuello con un crujido seco. Olga hizo lo propio con otro que iba en dirección para cornear a Maxus, deteniéndolo con su rodela y atravesándolo con su lanza. El rey de Florencia solo asintió con la cabeza, agradeciendo el oportuno apoyo de la escudera.

Pero justo cuando lograban hacerlos retroceder, el sonido de cerrojos metálicos resonó en el perímetro. Un grupo de unos 40 hombres armados con rifles AK-47 emergió de la espesura, rodeando por completo al grupo en un círculo perfecto.

—¡Ríndanse! —gritó un hombre en español desde una posición segura. Era el comandante rebelde en persona. —Sé que pueden contra hombres bestias pero... ¿son a prueba de balas? —preguntó con una sonrisa burlona.

—Joaquín Rojas —dijo Maxus, reconociéndolo de inmediato y manteniendo la calma—. Aún estás a tiempo para rendirte.

El comandante soltó una carcajada estridente.

—Tú debes ser "Máximo"... no... Maxus. Sí, Maxus "Meditzi".

—¡Medici! —lo corrigió Alessandra con rabia desde el grupo.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo Rojas, paseando su mirada libidinosa por las filas enemigas—. Diversión para mis chicos y para mí. Eres muy generoso al traer mujeres... y a esta diosa —añadió, lanzándole un beso descarado a Olga. La escudera escocesa no pudo esconder su asco y le lanzó un gesto de profundo desprecio.

—Creo que no entienden, ¡están rodeados! —sentenció Rojas, recuperando la seriedad—. Ríndanse o muchos de ustedes no verán un nuevo día. Tú decides, "Meditzi".

Quince minutos antes, en la cabina de la Orca, Damian despertaba pesadamente en la butaca. Al notar el silencio absoluto y ver que no había nadie a bordo, comenzó a preparar su equipaje para marcharse definitivamente de allí. Sin embargo, consciente de que se encontraba en territorio hostil y desconocido, decidió llevar consigo sus dos espadas.

Apenas había avanzado unos metros fuera de la rampa cuando divisó a lo lejos a un gran número de soldados humanos que avanzaban con cautela entre los árboles, como si estuvieran cazando a una presa. Damian dedujo de inmediato que se trataba del grupo del comandante guerrillero al que su hermano buscaba. Activando su especial sigilo, comenzó a seguirlos desde las sombras de la selva sin hacer el más mínimo ruido.

Al llegar al claro de la aldea abandonada, Damian vio la escena: el ejército de Rojas tenía completamente acorralado a su hermano y a sus aliados. Sin perder un segundo, se deslizó entre la vegetación y comenzó a cazar a los soldados desde atrás, llevándoselos uno a uno al silencio de la selva de forma sistemática.

Para cuando los guerrilleros en el frente se percataron de que algo andaba mal, solo quedaban unos 15 soldados apuntando con sus rifles. Sabiendo que el factor sorpresa de largo alcance había terminado, Damian decidió revelar su ubicación. Lanzó un silbido agudo que hizo que todos los hombres de Rojas voltearan asustados. Al darse cuenta de que sus filas habían sido diezmadas a menos de la mitad, el pánico se apoderó de los rebeldes, quienes comenzaron a abrir fuego frenéticamente contra el joven Medici.




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