Cuando llegué a mis habitaciones, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
-Perfecto -murmuré-. Mi familia esconde secretos, los consejeros parecen estar a punto de sufrir un infarto y yo tengo que preocuparme por una recepción.
Me quité los guantes de entrenamiento y los dejé sobre el tocador. Después me acerqué al espejo.
Tenía el cabello desordenado, una pequeña marca roja en el brazo y la expresión de alguien que estaba considerando seriamente abandonar el palacio por una semana.
Quizá dos.
Pero no podía hacerlo. No todavía.
Mi madre había dicho que yo no sabía nada. Lo había dicho con tanta seguridad que casi habría podido creerle.
Casi.
Llamaron a la puerta.
-Adelante.
Adrián entró con una bandeja en las manos. Llevaba el uniforme oscuro de los sirvientes reales, aunque la espada que colgaba de su cintura recordaba que sus obligaciones iban más allá de servir comidas y abrir puertas. También era uno de los guerreros encargados de mi seguridad.
-Te traje algo de comer -dijo, dejando la bandeja sobre la mesa-. Considerando tu humor de esta mañana, supuse que no habías desayunado lo suficiente.
Lo miré con desconfianza.
-¿Mi humor?
-El mismo que hace que los guardias se aparten cuando te ven venir.
-Qué exagerado.
-Claro. Y yo soy el rey.
Solté una pequeña risa antes de poder evitarlo.
Adrián me conocía desde que éramos pequeños. Había estado presente durante tantas lecciones, discusiones y castigos que a veces olvidaba que no tenía la misma libertad que yo. Con él podía hablar sin tener que medir cada palabra, aunque eso no significaba que siempre estuviéramos de acuerdo.
-¿Qué ocurrió? -preguntó.
Tomé una fruta de la bandeja.
-Nada.
-Amaya.
-Adrián.
Me sostuvo la mirada.
Odiaba cuando hacía eso. No porque me intimidara, sino porque casi siempre conseguía que terminara hablando.
-Escuché a mi madre conversando con uno de los consejeros -admití finalmente-. Estaban hablando de algo que ocurrió y de una verdad que no debería descubrir.
Su expresión cambió ligeramente.
-¿Qué verdad?
-Si lo supiera, no estaría aquí preguntándome qué significa.
-¿Y se lo preguntaste a tu padre?
-Sí. Me dijo que dejara de hacer preguntas.
Adrián permaneció callado unos segundos.
-Quizá deberías tener cuidado.
Fruncí el ceño.
-¿Eso es todo? ¿Que tenga cuidado?
-Es mejor que lanzarte de cabeza contra algo que no entiendes.
-No necesito que me protejas de una conversación.
-No intento protegerte de una conversación. Intento evitar que termines metida en un problema del que no puedas salir.
Dejé la fruta sobre la mesa.
-A veces olvido lo mucho que disfrutas decirme qué hacer.
-Y yo a veces olvido lo mucho que disfrutas no escucharme.
Nos miramos durante un instante antes de que ambos apartáramos la vista.
-Necesito que averigües algo por mí -dije.
Adrián suspiró.
-Sabía que terminaríamos aquí.
-Quiero saber por qué ese consejero estaba tan preocupado y qué ocurrió para que mi madre reaccionara de esa manera.
-Amaya, si tus padres quieren mantener algo en secreto, probablemente tengan sus razones.
-¿Estás de su lado?
Su rostro se endureció.
-Estoy de tu lado. Precisamente por eso te digo que pienses antes de actuar.
No respondí. Una parte de mí sabía que tenía razón, pero jamás se lo habría admitido tan fácilmente.
-No te estoy pidiendo que robes documentos ni que interrogues a nadie -dije-. Solo quiero que prestes atención.
-Eso suena sospechosamente parecido a pedirme que robe documentos e interrogue a alguien.
-Qué bueno que nos entendamos.
Adrián negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
-No prometo encontrar nada.
-No te pedí que prometieras nada.
-Y tampoco prometo impedir que hagas alguna estupidez.
-Nunca te lo pediría.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió para mirarme.
-Amaya, una cosa más.
-¿Qué?
-Si descubres algo, no lo enfrentes sola. No importa lo que sea.
Por alguna razón, aquella frase me incomodó más de lo que debería.
Quizá porque estaba acostumbrada a que todos esperaran que yo pudiera resolverlo todo por mi cuenta.
-Lo tendré en cuenta -respondí.
Adrián me miró como si supiera que probablemente no lo haría y finalmente salió de la habitación.
A las seis en punto, los sirvientes terminaron de prepararme para la recepción.
Llevaba un vestido negro con detalles dorados, ajustado en la cintura y con mangas que caían delicadamente sobre mis brazos. Mi cabello estaba recogido parcialmente, dejando algunos mechones sueltos alrededor de mi rostro.
Me observé en el espejo.
Parecía una princesa.
Eso era precisamente lo que se esperaba de mí.
Al entrar al salón principal, las conversaciones disminuyeron durante unos segundos. Varias personas inclinaron la cabeza a modo de saludo y yo respondí con una sonrisa cuidadosamente practicada.
La reina Seraphine estaba junto a mi padre, recibiendo a los invitados. Ambos parecían completamente tranquilos, como si aquella mañana no hubiera ocurrido absolutamente nada.
Era irritante lo bien que podían fingir.
-Amaya, querida -dijo mi madre cuando me acerqué-. Estás preciosa.
-Gracias, madre.
-Recuerda que esta noche representas a nuestra familia.
-Lo recuerdo todos los días.
Editado: 13.10.2026