Regresé al salón con la intención de terminar la noche sin provocar ningún desastre.
Una intención bastante razonable, considerando que todavía me quedaban dos horas de sonrisas falsas y conversaciones aburridas.
Busqué a Adrián entre los sirvientes que atendían a los invitados. Lo encontré cerca de una de las columnas, sosteniendo una bandeja mientras escuchaba discretamente la conversación de dos hombres.
Cuando nuestras miradas se encontraron, levantó ligeramente una ceja.
Lo conocía lo suficiente para saber que estaba preguntándome qué hacía mirándolo de esa manera.
Le hice una señal para que se acercara.
Adrián esperó a terminar su tarea antes de dirigirse hacia mí.
-¿Qué ocurre? -preguntó en voz baja.
-Necesito que averigües quién era el consejero que habló con mi madre.
-¿No acabamos de hablar de esto?
-Sí. Y he decidido que tenías razón.
Me miró con desconfianza.
-Eso ha sido demasiado fácil.
-No te acostumbres.
Adrián suspiró.
-Se llama lord Edric. Es uno de los consejeros de tu padre y lleva años trabajando en asuntos militares y comerciales.
-¿Y por qué parecía tan preocupado?
-No lo sé.
-Qué decepcionante. Pensé que eras bueno en esto de prestar atención.
-Lo soy. También soy bueno reconociendo cuándo una princesa está a punto de meterme en problemas.
Sonreí.
-Entonces estamos de acuerdo.
Antes de que pudiera responder, un sirviente pasó junto a nosotros con una bandeja vacía. Adrián se apartó para dejarle espacio y aprovechó para acercarse un poco más a mí.
-Escuché algo mientras atendía a los invitados -murmuró-. Lord Edric se marchará mañana temprano.
-¿Adónde?
-No lo sé. Pero parecía tener prisa.
Miré hacia el otro extremo del salón.
Lord Edric conversaba con mi padre. Su rostro había recuperado la serenidad, aunque sus dedos apretaban con fuerza la copa que sostenía.
-Quiero saber adónde va -dije.
-Amaya...
-No te estoy pidiendo que lo sigas hasta el fin del mundo.
-Todavía.
Tuve que contener una sonrisa.
-Mañana por la mañana -le dije-. Averigua lo que puedas.
Adrián me observó unos segundos antes de asentir.
-Mañana por la mañana.
No le di las gracias. Él tampoco las esperaba.
La recepción terminó poco después de las diez.
Me despedí de los últimos invitados y subí a mis habitaciones, agotada por una noche en la que no había conseguido ninguna respuesta y, sin embargo, tenía más preguntas que antes.
Me quité las joyas y las dejé sobre el tocador. Estaba a punto de llamar a una doncella cuando escuché voces al otro lado de la puerta.
Reconocí la de mi madre.
-No podemos seguir aplazándolo -decía.
Otra voz respondió, demasiado baja para que pudiera entender las palabras.
Me acerqué a la puerta, pero los pasos se alejaron antes de que lograra escuchar algo más.
Abrí apenas una rendija.
El pasillo estaba vacío.
Mi madre no solía caminar por aquella zona a esas horas. Sus habitaciones se encontraban en el ala opuesta del palacio, y no recordaba haberla visto dirigirse hacia la antigua galería desde que era niña.
La curiosidad pudo más que el sentido común.
Salí al pasillo.
Conocía el palacio lo suficiente para moverme sin necesidad de lámparas. Había pasado buena parte de mi infancia explorando sus rincones, escondiéndome de mis tutores y buscando lugares donde nadie pudiera encontrarme.
La antigua galería estaba al final de una escalera estrecha, cerca de una sección del palacio que apenas se utilizaba.
Allí encontré una puerta entreabierta.
Dentro había una pequeña sala con muebles cubiertos por sábanas y varios cuadros antiguos apoyados contra las paredes. No vi a mi madre, pero una lámpara seguía encendida sobre una mesa.
Y junto a ella había un sobre.
Me acerqué.
El sello de cera estaba roto y el papel mostraba una marca oscura en una de sus esquinas. No había ningún nombre escrito en el exterior, solo un símbolo que reconocí de los documentos militares de mi padre: una corona atravesada por una espada.
No debería haberlo tocado.
Lo hice de todos modos.
Dentro encontré una hoja con unas pocas líneas escritas a mano.
La costa ya no es segura. Los hombres han comenzado a moverse y no podremos mantenerlos alejados por mucho tiempo.
Debajo había una fecha de hacía tres semanas.
Volví a leerla.
"Los hombres habían comenzado a moverse."
¿Quiénes eran esos hombres? ¿Y por qué alguien estaba informando a mi familia de una amenaza en la costa?
Escuché un ruido en el pasillo.
Doblé la hoja rápidamente y la guardé en la manga de mi vestido.
-¿Hay alguien ahí?
Era la voz de un guardia.
Me quedé inmóvil.
Los pasos se acercaron a la puerta.
Por un segundo, consideré esconderme detrás de uno de los muebles. Pero si me encontraban allí a medianoche, tendría que inventar una explicación bastante mejor que la verdad.
Así que hice lo único que se me ocurrió.
Salí de la habitación con la barbilla en alto.
El guardia se quedó paralizado al verme.
-Princesa...
-¿Hay algún problema?
-No, alteza. Creí haber escuchado algo.
Miré la puerta detrás de mí.
-Entonces le recomiendo que compruebe sus oídos antes de despertar a medio palacio.
El hombre inclinó la cabeza, avergonzado.
Pasé junto a él sin darle tiempo a hacer más preguntas.
Editado: 13.10.2026