A la mañana siguiente, descubrí que madrugar era mucho más desagradable cuando una tenía un plan.
El sol apenas comenzaba a iluminar la ciudad de Valeria cuando abandoné mis habitaciones, vestida con pantalones oscuros, botas de montar y una blusa blanca bajo una chaqueta. Me había recogido el cabello para evitar que estorbara y llevaba una pequeña daga escondida en la bota.
No era lo que mi madre habría elegido para una princesa.
Precisamente por eso me gustaba.
Adrián me esperaba junto a las escaleras, con dos capas sobre el brazo y una expresión que dejaba bastante claro que preferiría seguir durmiendo.
-Dime que no me hiciste levantarme antes del amanecer para perseguir a un consejero.
-Buenos días para ti también.
-Amaya.
-Sí, Adrián. Te hice levantar antes del amanecer para perseguir a un consejero.
Me entregó una de las capas.
-Algún día voy a aprender a ignorarte.
-Llevas años diciéndolo.
-Y cada año me lo pones más difícil.
Sonreí y me puse la capa sobre los hombros.
Había preguntado discretamente por lord Edric a uno de los guardias. Según él, el consejero había abandonado sus habitaciones poco antes del amanecer y se dirigía a las puertas orientales del palacio.
Aquello solo podía significar dos cosas: o tenía mucha prisa por llegar a alguna parte, o estaba intentando evitar que lo vieran.
Esperaba que fuera lo segundo. Era bastante más interesante.
Salimos por una puerta secundaria y cruzamos los jardines, procurando mantenernos lejos de los sirvientes que comenzaban sus tareas.
-¿Tienes idea de adónde vamos? -preguntó Adrián.
-A averiguarlo.
-Excelente plan. Muy detallado.
-Si tienes uno mejor, estoy escuchando.
-Sí. Volver a la cama.
-Rechazado.
Llegamos a las caballerizas justo cuando un mozo terminaba de preparar un caballo castaño.
Lord Edric estaba allí.
Llevaba una capa de viaje y una bolsa de cuero atada a la silla. Hablaba en voz baja con un hombre al que no reconocí. El desconocido vestía ropa sencilla, sin insignias ni colores que permitieran identificar a qué casa pertenecía.
No parecían estar hablando de asuntos comerciales.
El hombre entregó algo al consejero. Era pequeño y oscuro, y Edric lo guardó inmediatamente en el bolsillo interior de su abrigo.
Después montó y salió de las caballerizas.
Esperé unos segundos antes de moverme.
-¿Qué hacemos? -susurró Adrián.
-Lo seguimos.
-Por supuesto.
Mantuvimos la distancia mientras atravesábamos las calles de Valeria.
La ciudad estaba despertando. Los comerciantes levantaban las persianas de sus puestos, los pescadores descargaban cajas y el olor a pan recién hecho salía de una pequeña panadería junto a la plaza.
Por un momento, me olvidé de lord Edric.
Me gustaba aquella parte de la ciudad. Allí la gente tenía problemas reales, no discusiones sobre quién debía sentarse más cerca del trono durante una cena. Algunos me saludaban cuando me reconocían; otros estaban demasiado ocupados para prestar atención a una princesa.
Era una de las pocas cosas que me gustaban de ser quien era: podía caminar entre aquellas personas y escuchar lo que realmente pensaban del reino.
-¿Sabes? -murmuró Adrián mientras cabalgábamos-. Podríamos haberle preguntado directamente adónde iba.
-Y él podría habernos mentido directamente. Nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-A veces olvido que eres incapaz de elegir el camino sencillo.
-El camino sencillo suele ser aburrido.
Adrián negó con la cabeza.
Seguimos al consejero hasta las afueras de la ciudad, donde el camino se dividía en dos. Una ruta conducía a las tierras del interior; la otra descendía hacia el puerto.
Edric eligió el puerto.
Intercambié una mirada con Adrián.
La costa.
La nota que había encontrado la noche anterior volvió a mi mente.
Lord Edric desmontó cerca de un almacén de piedra situado junto al agua. Dejó las riendas en manos de un muchacho y entró por una puerta lateral.
Nosotros nos detuvimos detrás de unas carretas.
-No podemos entrar ahí sin que nos vean -dijo Adrián.
-No pensaba entrar.
Me miró.
-Estás mintiendo.
-Estoy considerando mis opciones.
-Eso significa que estás pensando en entrar.
Antes de que pudiera responder, la puerta del almacén volvió a abrirse.
Salieron tres hombres.
Uno de ellos llevaba una espada al cinto y una cicatriz que le atravesaba la mejilla. Otro tenía un tatuaje oscuro en el cuello. El tercero vestía una chaqueta azul gastada por el salitre.
No parecían comerciantes.
Edric habló con ellos durante unos minutos. No pude escuchar las palabras, pero vi cómo el hombre de la cicatriz señalaba hacia el mar y después golpeaba con dos dedos el pecho del consejero.
Edric retrocedió un paso.
Fue un movimiento pequeño, pero suficiente para que me diera cuenta de que estaba asustado.
El hombre de la chaqueta azul sacó un papel y se lo entregó.
El consejero lo leyó, palideció y lo guardó rápidamente.
Entonces el hombre de la cicatriz dijo algo que sí alcancé a escuchar.
-Dígale a su rey que el tiempo se ha acabado.
Sentí que el estómago se me encogía.
Mi padre.
Aquellos hombres estaban amenazando a mi padre.
Di un paso adelante sin pensarlo.
Adrián me sujetó del brazo y me arrastró detrás de la carreta antes de que pudiera hacer una estupidez.
-¿Qué haces? -susurró.
-¡Lo escuchaste!
-Sí, y también escuché cómo amenazaban al rey. Precisamente por eso no vamos a acercarnos.
Editado: 13.10.2026