Los problemas de la costa no eran simples rumores. Y, por alguna razón, yo acababa de convertirme en parte de ellos.
No esperé demasiado antes de dirigirme a los aposentos de mi padre. Si había algo que había aprendido de él, era que las noticias importantes debían entregarse de inmediato. Aunque, considerando lo mucho que disfrutaba ocultándome información, dudaba que fuera a agradecer mi visita.
Los guardias me permitieron entrar después de anunciarme. Encontré a mi padre inclinado sobre un mapa extendido en su escritorio, con varios documentos esparcidos a su alrededor. A su lado había una copa de vino intacta y una espada apoyada contra la pared.
-¿Qué ocurre, Amaya? -preguntó sin levantar la mirada.
Cerré la puerta detrás de mí.
-Necesito hablar contigo sobre Lord Edric.
Eso bastó para que alzara los ojos.
-¿Qué sucede con él?
Me acerqué al escritorio, procurando que mi expresión no revelara demasiado.
-Lo vi salir esta mañana. Lo seguí hasta un almacén del puerto y allí se reunió con tres hombres. Uno de ellos dijo que debían comunicarte que el tiempo se había acabado.
El silencio que siguió me resultó incómodo.
Mi padre dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
-¿Quién te acompañaba?
-Adrián.
-¿Te das cuenta de lo imprudente que fue seguir a un consejero real sin saber con quién podía estar reuniéndose?
-Sí, padre. Por eso estoy aquí, contándotelo, en lugar de fingir que no vi nada.
Su mandíbula se tensó.
-No vuelvas a hacerlo.
-¿Eso es todo? -pregunté, incrédula-. ¿No vas a preguntarme quiénes eran esos hombres? ¿O por qué uno de ellos parece estar amenazándote?
-No necesito que investigues asuntos que no comprendes.
Solté una risa breve, sin humor.
-Qué conveniente. Cada vez que pregunto algo, resulta que no lo comprendo.
-¡Amaya!
Su voz resonó por la habitación. Cualquier otra persona habría bajado la cabeza. Yo, en cambio, me quedé mirándolo.
-No soy una niña -dije-. Algún día tendré que gobernar este reino. ¿Cómo esperas que lo haga si ni siquiera confías en mí para contarme qué está pasando?
Por un instante, algo cambió en su expresión. No fue exactamente enojo. Parecía más bien preocupación, una que intentó esconder tan rápido que casi dudé de haberla visto.
-Precisamente porque algún día gobernarás, necesito que aprendas a obedecer cuando no tienes toda la información.
-¿Y cuándo tendré toda la información? ¿Cuando sea demasiado tarde?
Mi padre se puso de pie.
-Esta conversación ha terminado.
Lo conocía lo suficiente para entender que no conseguiría nada más aquel día. Me di la vuelta, pero antes de alcanzar la puerta, su voz volvió a detenerme.
-Amaya.
Miré por encima del hombro.
-Mantente alejada del puerto. Y no vuelvas a seguir a Lord Edric.
-Por supuesto, padre.
No era una promesa. Los dos lo sabíamos.
Adrián me esperaba al final del corredor, apoyado contra una de las columnas. Tenía los brazos cruzados y una expresión que me hizo sospechar que llevaba un buen rato allí.
-Por tu cara, supongo que la conversación salió de maravilla -comentó.
-Si por maravilla entiendes que me han prohibido hacer exactamente aquello que necesito hacer, entonces sí.
Adrián soltó una pequeña risa.
-Al menos sigues teniendo la cabeza sobre los hombros.
-Dame tiempo.
Se separó de la columna y comenzó a caminar a mi lado.
Adrián conocía mis cambios de humor, mis silencios y hasta esa forma particular que tenía de apretar los dedos cuando estaba intentando no perder la paciencia. A veces me molestaba que pudiera leerme tan fácilmente. Otras veces, agradecía no tener que fingir delante de él.
-¿Te dijo algo más? -preguntó.
-Me dijo que me mantuviera alejada del puerto.
-Entonces deberíamos hacerle caso.
Me detuve en seco.
-¿Perdón?
Adrián también se detuvo.
-He dicho que deberíamos hacerle caso.
-Te escuché perfectamente. Solo quería darte la oportunidad de arrepentirte.
Él suspiró y se pasó una mano por el cabello.
-Amaya, no sabemos quiénes eran esos hombres. Ni siquiera sabemos si te vieron.
-Había alguien observándonos desde una ventana. Llevaba un anillo plateado.
La expresión de Adrián cambió.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero lo noté. Su mirada se apartó de la mía durante un segundo antes de regresar a mi rostro.
-¿Estás segura?
-Tengo una vista excelente, gracias por preguntar.
-No estoy bromeando.
-Yo tampoco.
Adrián guardó silencio. Por primera vez desde que salimos de los aposentos de mi padre, parecía realmente preocupado.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-Nada.
Entrecerré los ojos.
-Adrián.
-No sé quién era -respondió finalmente-. Pero si alguien los estaba vigilando desde el almacén, tenemos que asumir que también pudo verlos a ustedes.
-Eso ya lo había pensado.
-Entonces también habrás pensado que podría seguirte hasta el palacio.
No contesté.
Porque sí, lo había pensado.
Y porque una parte de mí comenzaba a sospechar que aquello no había sido un simple encuentro secreto entre unos hombres sospechosos.
Alguien estaba moviendo las piezas de un juego que yo ni siquiera sabía que existía.
Y mi familia parecía conocer todas las reglas menos yo.
Editado: 13.10.2026