Esa noche, la cena transcurrió con una normalidad casi ofensiva.
Mi madre hablaba sobre una recepción que se celebraría dentro de unos días, mencionando nombres de nobles y posibles invitados. Mi padre escuchaba en silencio, interviniendo únicamente cuando ella le pedía su opinión.
Yo apenas probé la comida.
Observaba a ambos, buscando una señal, una mirada o una palabra que confirmara mis sospechas.
-Estás muy callada esta noche -comentó mi madre.
Levanté la vista.
-Estoy pensando.
-Eso puede ser peligroso -respondió con una sonrisa delicada-. Sobre todo cuando una piensa demasiado en cosas que desconoce.
Dejé los cubiertos sobre la mesa.
Mi padre miró a mi madre. Fue una mirada rápida, pero suficiente para que mi atención se aferrara a ella.
-¿Hay algo que quieran contarme? -pregunté.
Mi madre inclinó ligeramente la cabeza.
-¿A qué te refieres, querida?
-A lo que ocurrió esta mañana. A Lord Edric. A los hombres del puerto. A todas esas conversaciones que se detienen cuando entro en una habitación.
Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos perdieron parte de su calidez.
-Has estado escuchando conversaciones que no te corresponden.
-Entonces tal vez deberían dejar de hablar de mí cuando creen que no estoy cerca.
El silencio cayó sobre la mesa.
Mi padre dejó su copa con más fuerza de la necesaria.
-Basta, Amaya.
-Solo quiero saber la verdad.
-Y yo quiero que comprendas que no todo está destinado a ti -respondió mi madre con una serenidad que me irritó todavía más-. Serás reina algún día, pero eso no significa que debas conocer cada secreto de este reino.
-¿Y qué pasa con los secretos de nuestra familia?
Por primera vez, mi madre no respondió de inmediato.
Sus dedos se cerraron alrededor de la servilleta. Mi padre permaneció inmóvil, aunque vi cómo se endurecían sus facciones.
Entonces lo entendí.
No necesitaba que me confesaran nada. No necesitaba que admitieran sus mentiras.
Su silencio era suficiente.
-Buenas noches -murmuré, levantándome de la mesa.
-Amaya, siéntate -ordenó mi padre.
Pero esta vez no obedecí.
Salí del comedor sin mirar atrás.
No conseguí dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba al hombre de la cicatriz pronunciando aquellas palabras: Dígale a su rey que el tiempo se ha acabado.
¿Quiénes eran? ¿Qué querían de mi padre? ¿Y por qué Lord Edric, uno de sus consejeros más cercanos, se reunía con ellos a escondidas?
Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana. Desde allí podía distinguir las luces del puerto a lo lejos, pequeñas llamas temblando en medio de la oscuridad.
Entonces vi algo.
Una luz se encendió en una de las torres exteriores del palacio. No era extraño que hubiera guardias durante la noche, pero aquella torre llevaba semanas cerrada por reparaciones.
La luz parpadeó dos veces.
Después se apagó.
Fruncí el ceño.
Tal vez no significaba nada. Tal vez estaba buscando señales donde no las había.
Pero, cuando me disponía a apartarme de la ventana, distinguí una figura cruzando el jardín inferior. Llevaba una capa oscura y caminaba con demasiada prisa para ser un guardia haciendo su ronda.
La figura se detuvo junto a una puerta lateral.
Alguien salió a su encuentro.
Incluso desde aquella distancia reconocí su silueta.
Lord Edric.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
El consejero intercambió unas palabras con el desconocido y le entregó algo pequeño. El otro hombre lo guardó bajo su capa antes de desaparecer por la puerta.
Edric permaneció allí unos segundos, mirando a su alrededor.
Luego levantó la cabeza.
Directamente hacia mi ventana.
Me aparté de golpe, conteniendo la respiración.
No sabía si me había visto. No sabía qué acababa de entregar ni a quién.
Pero sí sabía una cosa: mi padre me había ordenado mantenerme alejada del puerto, no del resto del palacio.
Y si todos estaban empeñados en ocultarme la verdad, tendría que encontrarla por mi cuenta.
Me puse una bata sobre el camisón y tomé una pequeña daga del cajón de mi escritorio. Después abrí la puerta de mi habitación con cuidado.
El corredor estaba vacío.
Avancé en silencio, con la daga escondida entre los pliegues de la tela, intentando recordar por dónde había visto desaparecer a Edric.
No tenía un plan. No tenía pruebas. Y, si me descubrían, probablemente terminaría castigada durante semanas.
Pero mientras caminaba por los pasillos oscuros del palacio, una pregunta no dejaba de repetirse en mi cabeza.
¿Qué había hecho mi familia para que alguien quisiera destruirla desde dentro?
Todavía no sabía que, antes de que amaneciera, descubriría algo mucho peor que una reunión secreta.
Descubriría que el peligro no estaba esperando fuera de las murallas de Avelia.
Ya estaba dentro.
Editado: 13.10.2026