La princesa de Érebos

Prefacio

 

EL DÍA HABÍA COMENZADO FRÍO, acompañado de una breve y fresca brisa matutina, que como de costumbre, conseguía erizar cada pelo—Por grueso que fuera—De todas y cada una las personas de la tripulación. Esa misma brisa, gélida como el hielo, arrastró por todo el barco el mismo olor a mar, orina y comida putrefacta que impregnaba las fosas nasales de aquellos hombres desde hacía meses por toda la carabela.

Pero, por una vez, en vez de sentirse asqueados, destrozados y hartos de cargar con la que parecía ser más enemiga que amiga vida, o contando los días, esperando a una señal de tierra firme que les ofreciera esperanza— Cosa que había comenzado a escasear durante las últimas semanas— Por fin, uno de los hombres, Fred, un adolescente flacucho encargado de fregar el suelo de la cubierta cada noche, había alegado ver una gaviota en grisácea según se había despertado aquella mañana.

—No me lo creo. —murmuró Jack Cort, el capitán del navío, arrastrando las palabras. Es necesario decir que el noventa por ciento de la sangre que bombeaba en su corazón era ron, no agua, por lo que no era consciente de ninguna de sus palabras, y realmente su pestilente aliento tampoco alegaba otra cosa. —No me lo creo, porque sé que tú, cabroncete, te has hartado de ser el marica que limpia la cubierta orinada de los verdaderos héroes de la historia, nosotros.

Los ojos azules de Jack brillaban con más intensidad cuando no estaba en su sano juicio, pero de ninguna manera cambiaron lo intimidante que podían llegar a ser. Por lo que el pobre Frederick cerró sus ojos color miel, apretándolos con fuerza, y los volvió a abrir, armándose a sí mismo del valor necesario para poder decir lo que quería decir.

—Si no me crees, me ofrezco a subirme a observar si hay o no tierra firme. Si no hay, me puedes lanzar por la borda si te antoja. Pero si la veo y está confirmado por Falcon, yo mismo heredaré todos tus bienes tras tu muerte, y tendré el mismo derecho a disfrutar de las indígenas como todos los demás. —acordó, con simpleza, mientras que se apartaba su pelo castaño claro sobre los hombros y articulaba una tímida sonrisa.

Jack se levantó, haciendo que los tablones decolorados del navío chirriasen, con una sonrisa de autosuficiencia. Tenía barba de tres días, mas su cabello azabache estaba recién cortado, y muy corto, lo que le daba un aspecto bastante extraño, ya que nadie jamás se lo había dejado con tan poca longitud desde hacía tiempo.

—Yo mismo te la chupo si ves tierra firme, marica. —se burló—Acepto. Falcon, llévalo arriba del todo, y confirma si hay o no tierra a la vista.

Falcon, quién estaba distraído comiendo del poco pan en condiciones que quedaba, soltó un gruñido. No era una sorpresa que le escogieran a él para una tarea como esa, debido a que tenía fama de poseer muy buena vista. Incluso parecía molesto por tal cosa, es decir, era obvio que el chico mentía, y Falcon estaba claramente muy cómodo sentado, sin ganas de perder el poco tiempo que probablemente les quedaba y despreocupándose de todo lo malo que se le venía encima, como, morir. Además, tenía una pata de palo astillosa en la pierna izquierda que le costaba mucho mover, la cual había obtenido tras haber sido amputado en una gran guerra, luchado contra Sadorm, un ex-país vecino que ya en esa época les pertenecía.

—Me debes un buen trozo de pan, chico—murmuró, con cierta pesadez, a la vez que, costosamente, movía su artificial pierna izquierda con ayuda del chico.

Al contrario del treintañero, Fred sentía una fuerte presión en el pecho. Sabía que algo bueno se le avecinaba, porque realmente decía la verdad. Un nuevo mundo. Eso significaba bastante más que tierras u oro; significaba gloria. Respeto. Poder.

Y, justo cuando Jack se terminó la botella de ron, un viejo marinero al que llamaban Falcon chilló, sin poder evitarlo;

— ¡Joder! ¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista!



Ekaterina Solokov

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Editado: 25.07.2018

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