Astra
La sonrisa que muestra da miedo. Apuesto a que en cualquier momento se le va a caer la quijada. Pasa los dedos por los trazos del mapa mientras los demás solo observan desde su asiento. Estan tan exahustos luego de caminar durante casi tres horas de regreso a la guarida, incluida yo. Solo quiero cerrar un rato los ojos antes de que a mi maestra se le ocurra dar la orden para ir directo a Alfheim.
—Es maravilloso—murmura Nalle en cuanto el mapa muestra una roca caer.
Por instinto busco una sombra en el bosque, pero no veo nada. Tal vez se marcho a otra zona.
—¿Qué condiciones te puso Silas?
Recargo la cabeza en el músculo de Bromar—. Nada complicado. —Cierro los ojos—. De eso me encargo después.
No quiero alterarla, mucho menos cuando lo que esta en juego es su cabeza. La corona o su vida para el rey. Malditos pactos de sangre, maldito rey Tiberias IV
—Usaste muchos elementos, ¿verdad? Es raro que tengas sueño.
Me acomodo en la silla. Estiro los brazos—. Cuida mi energía, ¿si? Mejor dí cuál es el plan para que me largue a dormir de una vez.
Suelta una risa antes de aplaudir—. De acuerdo, ya escucharon a la reina—burla—. Tharás, ¿conoces alguno de estos lugares?
El elfo observa, luego golpea con el meñique tres veces la parte de las rocas gigantes color naranja—. Es un desierto largo, con un aire violento. —Va más arriba—. Son las ruinas de Kronos—continúa Tharás—, o lo que queda de ellas.
—Qué alentador —murmuro.
Él ignora mi comentario y desliza los dedos hacia una extensión oscura que aparece al otro lado de las ruinas.
—Este bosque es más antiguo que cualquier asentamiento humano de la región. No hay caminos definidos y la vegetación cambia con las estaciones. Algunos senderos que aparecen en el mapa podrían no existir cuando lleguemos.
—¿Y los que sí existan? —inquiere Janet.
—Podrían llevarnos a la muerte.
Levanto la cabeza del hombro de Bromar—. ¿Siempre eres así de optimista o estás haciendo un esfuerzo especial por animarnos?
Jox suelta una carcajada desde el otro extremo de la mesa. Tharás, en cambio, ni siquiera parpadea.
—Prefiero que conozcan los riesgos antes de encontrarse con ellos.
—Pues yo prefiero dormir antes de encontrarme con cualquiera de ellos.
—Astra —me reprende Nalle.
—¿Qué? Estoy escuchando.
No es del todo cierto. Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por no cerrar los ojos de nuevo y dejar que mi cuerpo se desplome sobre la mesa. Si alguien me ofrece una cama en este momento, sería capaz de jurarle lealtad eterna.
Nalle se inclina sobre el mapa y señala una región que parece cubierta por una fea mancha de tinta en la esquina del mapa—. ¿Y esto?
Tharás endurece la expresión—. Es la frontera entre el territorio élfico y humano.
La palabra despierta mi atención de golpe. Por fin.
—O, como aquí la conocen; la muralla —añade—. Es la principal barrera que separa las tierras humanas de Alfheim. Custodian sus accesos, aunque no todos los puestos tienen la misma cantidad de guardias.
Conozco bien la frontera. Estuve ahí cuando, después del fuego y la sangre, ambos reinos decidieran poner un límite para evitar otra tragedia como aquella noche roja. Esos muros solo reflejan miedo y odio.
—Siempre he tenido curiosidad, ¿por qué hicieron ese muro? —pregunta Janet cruzando los brazos sobre su robusto pecho.
—Porque la muralla fue construida luego de que los dos reinos dejaran de confiar el uno en el otro. Con el tiempo, ambos lados comenzaron a vigilarla. Los humanos temen una invasión y los elfos temen que los humanos intenten atravesarla.
Más bien, ambos temen que alguno se revele.
—Una historia de amor maravillosa —comento—. Dos pueblos que se odian tanto que decidieron construir una pared para asegurarse de no extrañarse.
Esta vez, hasta Janet sonríe.
Tharás me dedica una mirada que no alcanzo a interpretar—. Cuando lleguemos, tendremos que esperar hasta la noche. No podemos permitir que nos vean cruzar. Si alguien da la alarma, los refuerzos podrían alcanzarnos antes de que encontremos un lugar seguro.
—Entonces dormimos a los guardias, escalamos la muralla y desaparecemos —resume Jox—. Sencillo.
Gruñe Bromar en aprobación siendo el más difícil que vamos a ocultar.
—Si ignoramos que estamos hablando de una muralla que se extiende durante kilómetros, guardias armados y un territorio que no conocemos —responde Tharás—, sí. Sencillo.
—Me cae bien —murmuro, mirando a Jox—. Tiene tu misma habilidad para encontrar el lado positivo de una desgracia.
—Yo soy mucho más encantador —replica él.
—Eso es discutible.
—Reina, por favor —interviene Nalle, aunque la sonrisa la delata—. Deja que el muchacho conserve algo de dignidad.
—No sabía que tuviera.
Jox se lleva una mano al pecho, fingiendo estar herido.
Por un instante, la guarida parece menos fría. Menos parecida a un escondite en el que todos estamos esperando que algo terrible suceda.
Entonces Nalle se incorpora—. Bien. Ya sabemos por dónde iremos. Ahora falta asegurarnos de que lleguemos vivos.
Abre uno de los bolsos que ha mantenido junto a su silla y comienza a sacar pequeños frascos de vidrio, varias agujas cortas y unas piezas metálicas muy puntiagudas que no reconozco. Las coloca sobre la mesa con una satisfacción que me hace desconfiar inmediatamente.
—¿Qué es todo eso?
—Lo que conseguí mientras ustedes se dedicaban a salvar inocentes, pelear contra criminales y llamar la atención de medio mundo.
—Yo no llamo la atención —protesto. Janet me mira. Bromar también. Hasta Tharás parece tener una opinión al respecto—. Traidores —murmuro.
Nalle toma uno de los frascos y lo levanta para que todos podamos verlo—. Esto nos ayudará a dormir a los guardias humanos sin matarlos. El efecto no es inmediato, así que tendremos que calcular bien el momento. También conseguí otras herramientas para inmovilizarlos si fuera necesario. —Muestra una de las pequeñas agujas.
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Editado: 25.10.2026