Astra
Partimos antes de que el sol termine de levantarse.
No hay despedidas solemnes ni discursos sobre el destino. Solo mochilas ajustadas, armas revisadas y rostros que todavía conservan el cansancio de la noche anterior.
Nalle comprueba las provisiones por última vez. Janet distribuye las herramientas. Tharás repite las instrucciones que debemos tener en el desierto y Bromar se encarga de que nadie olvide el agua.
Jox camina a mi lado, sin mencionar nuestra conversación. Se lo agradezco. No sabría qué hacer si lo hiciera.
El terreno se vuelve cada vez más irregular conforme nos acercamos a la frontera. Los árboles comienzan a escasear y el aire adquiere un olor distinto, más seco, cargado de polvo.
Es mucho más alta de lo que recordaba. La piedra oscura se extiende hasta donde alcanza la vista, elevándose sobre el terreno como una cicatriz que los dos reinos se negaron a cerrar. Hay torres de vigilancia distribuidas a lo largo de su estructura, algunas iluminadas por antorchas y otras sumidas en la sombra. Desde nuestra posición apenas conseguimos distinguir las siluetas de los guardias que patrullan la parte superior.
Me detengo. Por un instante, vuelvo a escuchar los gritos de aquella noche. El fuego consumiendo los hogares. La sangre sobre la tierra. Los rostros de quienes no tuvieron la oportunidad de huir. Aprieto los dedos alrededor de las correas de mi mochila. No quiero recordar.
—Astra. —La voz de Nalle me devuelve al presente—. ¿Estás bien?
Asiento demasiado rápido—. Sí. Solo estoy pensando en cómo vamos a subir esa cosa sin que nos descubran.
Sigue mi mirada hasta la muralla—. Lo haremos cuando caiga por completo la noche. Hasta entonces, nos quedaremos ocultos y observaremos los movimientos de los guardias.
—¿Y si cambian los turnos?
—Nos adaptaremos.
Qué tranquilidad me inspira su confianza.
Tharás examina la estructura a lo lejos—. La puerta principal está demasiado vigilada. Tendremos que buscar un tramo donde la altura y el terreno nos permitan escalar.
Nalle observa las torres—. Esperaremos a que oscurezca un poco más. No quiero que nos vean acercarnos desde una distancia en la que no podamos escondernos.
Asiento, aunque la inquietud vuelve a instalarse en mi estómago. No es la altura lo que me preocupa. He trepado árboles, paredes y lugares bastante peores. Es lo que hay al otro lado. Alfheim. La tierra que debería conocer, aunque hace mucho no piso sus caminos. El lugar del que proceden tantas de las cosas que no comprendo de mí misma. Adicional a la corona que debemos robar.
Encontramos refugio entre unas formaciones rocosas cubiertas de maleza. Desde allí podemos observar una sección de la muralla sin exponernos demasiado. Tharás estudia los movimientos de las patrullas mientras Nalle revisa los frascos y las herramientas que consiguió.
Yo intento descansar. Lo intento de verdad. Pero cada vez que cierro los ojos, veo la altura de la muralla y pienso en lo que nos espera al otro lado.
Cuando el sol comienza a desaparecer por completo, el frío se instala entre las piedras.
Janet se frota los brazos—. La próxima vez que alguien me proponga una aventura, recuérdenme que lo golpee antes de aceptar.
—Lo recordaré —responde Jox—. Aunque probablemente te quejarías de que te golpeé demasiado fuerte.
—Podría golpearte yo a ti.
—Tendrías que alcanzarme primero.
Bromar levanta ambas manos e imita el movimiento de alguien corriendo. Después señala a Janet y a Jox, junta los puños y los golpea suavemente entre sí.
Janet lo mira, ofendida—. ¡No voy a pelear con él!
Bromi ladea la cabeza, claramente decepcionado.
Por primera vez en todo el día, me río sin sentir el peso de la muralla sobre los hombros. Pero la risa dura poco. Cuando finalmente cae la noche, Tharás nos hace una señal. Los guardias continúan recorriendo las torres. Desde nuestra posición alcanzamos a distinguir el movimiento de sus antorchas, que dibujan líneas anaranjadas sobre la piedra.
Todos revisamos las herramientas una última vez, la mayoria cargando un frasco de polvo mágico para dormir, a excepción de mí, que me encargare de la parte complicada de ser necesario. En cuanto termino de encajar las agujas de punta amarilla y roja al cinturon, mi maestra asiente.
—Recuerden: nada de enfrentamientos innecesarios. Si podemos pasar sin hacer daño a nadie, lo haremos.
—Solo si alguien se encuentra en peligro me vere en la necesidad de usar los venenos—explico—. Desde incapacitar hasta matar. Para avisarme usen esta pulsera —Envuelvo a cada uno una liana trenzada en la muñeca con un mini frasco de fuego—. Cuando lo rompan la llama al contacto con el oxígeno se tornara enorme en el cielo. Así lograre saber dónde estan e ir por ustedes.
Asienten.
Luego Nalle nos entrega unas pequeñas garras metálicas, curvadas en los extremos y sujetas a cuerdas resistentes. Cada una tiene un mecanismo que permite lanzarlas y recogerlas sin tener que acercarse demasiado a la pared. Nos explica cómo utilizarlas una última vez—. Busquen una saliente firme. Si la garra no queda bien sujeta, no confíen su peso a la cuerda. Y, sobre todo, mantengan la distancia entre ustedes. Si un guardia descubre a alguien, no quiero que encuentre al resto por culpa de una fila de idiotas trepando juntos.
—Qué manera tan bonita de inspirar confianza —murmura Janet.
—Puedo dejarte abajo.
—Retiro lo dicho.
Abandonamos el capamento a pasos precavidos hasta estar frente a frente con la muralla. Nos distribuimos a lo largo de la misma. Cada uno busca un tramo distinto, lo suficientemente separado del resto como para que una sola mirada no nos delate a todos.
Espero hasta que una patrulla se aleja y lanzo la garra cuando su alarma de cambio de turno suena. El metal golpea la piedra con un sonido seco. Se desliza unos centímetros antes de engancharse en una grieta.
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Editado: 25.10.2026