La princesa mística

Capítulo 10

Astra

El destello azulado de la magia de Tharás iluminó la muralla durante un instante. El elfo del viento retrocedió, sorprendido por la descarga que acababa de interponerse entre él y Bromar. La electricidad serpenteó por la piedra antes de desaparecer, dejando un olor a tierra quemada y aire húmedo.

Aproveché aquel segundo para dirigir mi aguja. El viento la impulsó hacia el elfo, pero esta vez no apunté a su cuello ni a su pecho. La clavé en el brazo que utilizaba para controlar las corrientes. Soltó un gruñido y perdió el equilibrio. Su barrera de aire se deshizo de inmediato.

—¡Ahora! —ordene.

Bromar tiró de la cuerda con todas sus fuerzas.

Janet terminó de trepar y, cuando por fin alcanzó el borde superior, se dejó caer sobre la piedra con un quejido. Yo apenas tuve tiempo de apoyar una rodilla en la superficie antes de que Bromar me sujetara del arnés y me ayudara a subir. Caí a su lado, respirando con dificultad debido al fuerte abrazo.

—Estoy empezando a odiar las alturas —murmuró Janet, todavía aferrada a su cuerda.

—¿Apenas estás empezando? —pregunté, intentando recuperar el aliento.

Me dedicó una mirada asesina. No pude evitar sonreír. Pero la sonrisa se desvaneció cuando escuché un movimiento a unos pasos de nosotras.

Tharás seguía frente al elfo del viento. Nuestro enemigo se encontraba de rodillas, con una mano apoyada en la piedra y la otra sujetándose el brazo herido. Sus ojos viajaron de las agujas que llevaba yo en el cinturón al elfo que acababa de lanzar un relámpago.

La confusión de su rostro fue reemplazada por algo mucho más cercano a la incredulidad—. ¿Por qué? —preguntó.

Tharás no se movió—. ¿Por qué un ser como tú ayudaría a unos humanos a cruzar la muralla?

El silencio que siguió me pareció más extraño que el ruido de las flechas. El elfo miraba a Tharás como si acabara de descubrir algo imposible. No parecía estar preguntando por qué un elfo ayudaba a los humanos. Había algo más en su voz, una certeza que no alcanzaba a comprender.

Tharás mantuvo el rostro sereno. No respondió.

—Tú sabes lo que hay al otro lado —insistió el otro—. Sabes lo que hicieron. ¿Y aun así…?

No terminó la pregunta, pues un frasco se estrelló contra su cabeza. El sonido fue tan seco que todos volteamos al mismo tiempo. El elfo parpadeó, aturdido, mientras una nube de polvo se extendía alrededor de su rostro. Después miró lentamente por encima del hombro.

Jox estaba detrás de él, con las manos acusadoras. Retrocedío un poco.

—¿Qué? —preguntó el elfo confundido, con los párpados a medio cerrar—. ¿Qué es esto? —Señalo el polvo. Arroje la aguja, haciendo que se quejara un poco del dolor en el cuello. Cruzamos miradas—. ¿Humana?

Me lleve la mano a la cabeza. Me faltaba la capucha. El elfo intentó incorporarse, pero sus piernas no parecieron estar de acuerdo. Se tambaleó una vez y cayó de costado sobre la piedra.

Jox lo observó con una expresión satisfecha durante dos segundos. Luego bostezó—. Creo que usé demasiado polvo.

—¡Jox! —exclamé.

—¿Qué?

—¡Tú también lo respiraste!

Miró el frasco, después al elfo y finalmente a mí—. Ah.

Sus ojos comenzaron a cerrarse—. No te atrevas a dormirte ahora —le advertí.

—No estoy dormido. —Bostezó de nuevo—. Solo estoy… descansando los ojos.

—¡Levántate, idiota! —Nalle apareció a su lado y le dio un golpe en el hombro.

—¡AU! —Jox se enderezó de inmediato—. ¿Qué demonios te pasa?

—¡Que estamos en una muralla llena de guardias y tú estás a punto de quedarte dormido!

—¡Podrías despertarme sin intentar arrancarme el brazo!

—Y tú podrías no dormirte mientras intentamos que no nos maten.

—¡No me estaba durmiendo!

Nalle abrió la boca para contestarle, pero un grito procedente del otro lado de la muralla nos recordó que no teníamos tiempo para aquella discusión. El efecto del polvo no duraría para siempre. Lo mismo ocurriría con mis agujas. Y, a juzgar por los sonidos que llegaban desde abajo, los guardias estaban empezando a recuperarse del desconcierto.

—¡Las cuerdas! —ordenó Nalle—. ¡Tenemos que bajar antes de que vuelvan a alcanzarnos!

Bromar ya estaba de pie. Se acercó al borde y comenzó a sujetar las cuerdas que Nalle iba preparando para el descenso.

Janet se incorporó, todavía algo temblorosa, y se sacudió el polvo de la ropa—. La próxima vez que alguien diga que una misión será sencilla, voy a golpearlo antes de salir.

—Haz una lista —le sugerí mientras guardaba las agujas sobrantes—. Creo que todos tenemos candidatos.

—Tú vas primera.

—Qué honor.

Por un instante, casi pareció que estábamos en cualquier otro lugar, lejos de los guardias, las flechas y aquella maldita muralla. Entonces una voz gritó desde abajo.

Nalle dejó de sonreír—. ¡Muévanse!

No hizo falta que lo repitiera. Tharás fue el primero en acercarse a las cuerdas. Antes de seguirla, volví la mirada hacia el elfo del viento.

Seguía inconsciente. Me pregunté qué había visto en Tharás para hacerle aquella pregunta. Qué sabía de él. Y por qué había hablado como si nuestro compañero fuera algo que no encajaba en el mundo que conocía.

No tuve tiempo de averiguarlo. Me deslicé por la cuerda, procurando no mirar demasiado hacia abajo. Bromar se aseguró de que descendiéramos sin contratiempos y después comenzó a bajar él mismo, mientras Nalle comprobaba que ninguna cuerda quedara enganchada en los salientes de la piedra.

Jox fue el último en acercarse al borde—. Sigo pensando que no necesitabas golpearme —protestó mientras Nalle lo empujaba hacia la cuerda.

—Y yo sigo pensando que debí golpearte más fuerte.

—¡Qué carácter!

—¡Baja!

Jox obedeció, refunfuñando. Cuando finalmente pusimos los pies en tierra firme, la muralla quedó a nuestras espaldas. Y delante de nosotros se extendía un paisaje completamente distinto.




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